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De madrugada en su habitación

Era la quinta madrugada en la que el crujido surgía puntual, a las dos. Sonaba como si alguien que tuviera todo el tiempo del mundo estuviera aplastando un saco lleno de coral fosilizado.

Solo yo lo oía en aquel suburbio desierto, de calles sucias y embarradas, dominadas por la iluminación del letrero de mi hotel. En el interior ella. Se materializaba siempre a la misma hora delante de mi cama.

El ruido era el chirriar de mi cráneo al comprimirse, pero yo no sabía qué causaba esa presión sobre mi cabeza. ¿Era el miedo que me atenazaba cuando asimilaba que la chica estaba muerta? ¿El mero miedo que me apretaba desde cada línea de aire, que me corroía cuando comprendía que esa forma femenina que ocupaba un lugar propio en la pequeña habitación, que se hacía fuerte, sin esfuerzo, en un espacio tan delimitado como el de una actriz en un escenario, estaba muerta? ¿Simplemente el miedo o acaso la reacción la provocaba una energía involuntaria, o voluntaria, de ella? Nunca llegaría a descubrirlo.

A mi alrededor las paredes sudaban por efecto del vapor de agua que ella traía. Ella: larga y con reflejos de luces azules: las del cartel del hotel, que entraban a intervalos. Se movía a mitad de su manifestación para abrir la cortina, bañarse en el neón unos segundos, cerrarla y volver a su puesto. Se repetía cada vez el guion, noche tras noche.

Ella era un remolino estático y silencioso que atraía el aire del cuarto. Me absorbía a mí también, aunque la chica no sabía que yo estaba allí.

La aparición duraba veinte minutos. Al terminar lo que fuera que había venido a hacer, se iba andando por la puerta de pronto abierta. El espectro salía y giraba hacia la izquierda, con paso indiferente y seguro, como si no hubiera cámaras en el pasillo. Sus pies se alejaban unos metros y la puerta se cerraba. La estructura de mi cabeza aún sufría un minuto más tras quedarme solo. Después el hueso se destensaba.

Después me dormía rápidamente y tenía una pesadilla, siempre la misma y siempre la recordaba, en la que yo caía hacia las praderas del océano. Había saltado desde un acantilado. Desde las paredes de roca, unos pequeños ojos de mujer seguían mi vuelo. Mientras soñaba, mi cuerpo producía un parpadeo espasmódico tumbado en la cama doble de la opresiva habitación del hotel.

Esa fue la quinta noche. Siempre a las dos.

—Seguro que quiere venganza.

Es lo que sin mucho sentido dijo Sally, mi compañera de trabajo, cuando le conté que una chica se me aparecía. Será un sueño recurrente, respondí. Ella estaba segura de que le tomaba el pelo, pero mis sudores y ojeras convertían la broma en siniestra.

Sally era escocesa y trabajábamos juntos en una multinacional con sede en Shenzhen. Controlábamos la calidad de las manufacturas encargadas por la compañía en el sur de China. Visitábamos fábricas para inspeccionar y repasar procesos, dar formación a través de una intérprete, examinar detalles de la materia prima y el producto final. En la ciudad cada uno teníamos nuestro apartamento individual, en el mismo bloque, yo en la planta veinticuatro y ella en la catorce, con el alquiler pagado por la empresa. Desde las ventanas veíamos el río, allá abajo, bordeado por miles de edificios. Yo a menudo me quedaba mirándolo durante unos minutos antes de acostarme. Pero pasábamos mucho más tiempo en hoteles que en nuestros pisos, así que no se podía decir que tuviéramos un espacio propio; en esto, como mínimo, éramos inferiores a la chica.

—Esta noche pregúntale qué quiere. Siempre quieren que hagas algo por ellas.

—Llevarle un mensaje a su madre, desenterrar sus huesos, dejarle flores y venderle a un periodista la historia de su asesinato —dije en inglés. Al terminar la frase me di cuenta de que alguna de esas situaciones podía ser cierta.

Descansábamos a media mañana. La intérprete china se las arreglaba para dormir, con los brazos cruzados y la boca entreabierta, en el sillón más incómodo de la oficina en la que estábamos esa semana. Sally y yo comíamos galletas tan edulcoradas que después solo podíamos pensar en beber más y más agua. El dueño de la fábrica preparaba el té en su tablero eléctrico. Nos lo sirvió en tacitas, con una sonrisa muda que demandaba ser apreciada como si no hubiera otra cosa en la habitación, lo que acabó con nuestra conversación ya reptante.

Pasamos el día manoseando telas y estirando cueros, fotografiando salidas de incendios y enchufes. Todo lo que encontramos fue la habitual infestación de cucarachas en un recodo manchado de óxido y humedades. Yo tenía a la chica en mi cabeza, constantemente.

Cuando terminó la jornada, un taxi ilegal nos esperaba en el patio de la fábrica.

—Después de cenar empieza la fiesta —dijo Sally, y Wind, nombre inglés de la intérprete, asintió con una sonrisa triste.

Ya se habían quejado sin éxito al hotel del escándalo de la discoteca que había en el segundo piso, justo debajo del suyo, cada noche, hasta la una o más allá. Yo, en la quinta planta, oía la música apenas como un eco filtrado y lejano que me reconfortaba. Como un faro que me recordaba que seguía en este mundo. Cuando se apagaba y la noche se callaba, cerrada en banda, yo corría hacia el baño en busca de un sonido familiar —el mecanismo del grifo, mi mano golpeando el líquido—, lo que fuera que acabara con el silencio previo a su llegada, a las dos en punto. Y de pronto me encontraba esperándola sin querer.

Casi anochecía cuando llegamos en el coche pirata al South China International Business Hotel. El hotel era de nivel medio, un edificio no del todo en decadencia con desconchados en el papel verde azulado de las paredes. La pelusa se acumulaba en las esquinas y a primera hora de la mañana se solía encontrar uno o dos artrópodos muertos en los pasillos. El ascensor se cerraba demasiado rápido y siempre olía a tabaco. Habíamos estado en sitios mucho peores; en algunos mejores.

Lo particular de este era que la mayor parte de la actividad orbitaba en torno a su discoteca. En el exterior, los carteles del club que anunciaban chicas DJ eran más grandes que los del nombre del hotel. En un stand, dos trabajadoras del bar custodiaban la entrada a los ascensores. No era necesario que entregaran los flyers con descuentos; los hombres que franqueaban ese paso se los quitaban de las manos, algunos con fuerza, bruscos y alegres.

Nos sentamos juntos en el comedor para cenar. Sally y yo no queríamos ni ver el arroz, epicentro de nuestra dieta en las fábricas. Señalamos el pescado más vivo del acuario y nos lo hicieron al vapor, servido, sumergido, en un estanque de salsa de soja donde parecía haberse ahogado. Escupimos espinas. Wind comió el último pedazo. Rompió el silencio del cansancio.

—Llévate el jengibre. Los cantoneses dicen que a los fantasmas no les gusta —dijo, con una sorna desconocida en ella hasta ese momento.

—La chica podría ser una de la discoteca, una que me manda el hotel cuando cierran.

—Bueno, yo me lo llevo por si acaso —dijo Wind. Y así hizo, creo que como burla, cuando dimos la cena por terminada. Metió las tiras de jengibre mojado en una servilleta y la servilleta en su bolso. Arregló la factura de la cena y se fue al aseo.

—Ahora tú y yo nos quedamos de sobremesa, espérame —me amenazó Sally apuntándome con el dedo, y acompañó a Wind. La sobremesa significaba, en nuestro chiste privado, ir a beber.

Durante esos minutos a solas en el restaurante, el agotamiento, unido a la sombra del recuerdo del horror, me alejó del mundo. El persistente dolor craneano me impedía dejar de pensar en la figura del espectro resaltada por la oscuridad, oculta y sin embargo tan presente; la mirada de la chica, que nunca apuntaba hacia mí. Su mecánico procedimiento dividido en fases, diariamente idéntico, en hora. Y la sal: se diría que transpiraba sal.

Se atenuó pronto mi angustia. Volvieron juntas y Wind se despidió con cara de sueño. Sally y yo nos fuimos a la discoteca en busca de un daiquiri. Era jueves, nuestra sexta noche en el hotel y necesitábamos desconectar. Un paseo por la playa habría sido mejor y el mar quedaba a pocos kilómetros, pero las playas de la ciudad eran sitios bastante inhóspitos.

Me hubiera gustado profundizar con ella en mis temores, mis emociones, mientras recorría sentado a su lado el camino a la medianoche. Explicarle el dolor en detalle y quizá confesarle que la chica estaba muerta.

Pero la conversación con Sally tenía pocas variaciones y no dejaba grietas. Tela, cuero, élitros y mosquitos, otras intérpretes previas o las que vendrán. Nos abrimos: tan lejos la familia y los amigos, tan lejos. Pero enseguida: trabajo, trabajo, trabajo. A las once sintió que no podía más, así que tres horas antes de las dos de la madrugada se retiró a dormir y me deseó suerte con un chiste atroz, que olvidé al minuto, sobre fantasmas femeninos.

—Nos vemos mañana, ten cuidado —dijo, refiriéndose tanto a la chica de mi habitación como a las de la discoteca.

El local estaba casi vacío y los bajos reverberaban en las paredes acolchadas. Ninguna mujer intentaba comunicarse conmigo. Yo no quería pensar en lo que iba a pasar a las dos, en mi habitación, y bebí.

Había una chica que calzaba agresivos tacones bajo falda de falsa piel, la más barata; era mi trabajo reconocer esos tejidos y, además, había aprendido qué tipo de mujer los llevaba. Se acercó a mí, pero solo para acompañarme hasta la puerta.

—Vamos a cerrar ya, vuelve mañana si quieres —imagino que dijo en mandarín.

Pero yo lo que quiero es quedarme en el bar, me habría gustado decirle. Quiero seguir huyendo de mi habitación.

Bajé al vestíbulo y me asomé a la calle. Me acobardé. Una despiadada tormenta de la que no había tenido noticias en el interior sin ventanas de la discoteca no me dejaba pisar la acera, sobre la que se agitaban los reflejos de neón atrapados dentro de los charcos. El agua que salpicaba mi cara me hizo evocar las lejanas olas del mar, en realidad no tan lejanas. El azote del viento me devolvió al vestíbulo.

Mi habitación: debía volver. No era solo una capitulación; algo me animaba a volver. Quizá ella me gustaba, quizá la admiraba y la envidiaba por tener un lugar en el que desarrollar una rutina. Un espacio propio. Una vida con propósito.

Intenté convencerme de que casi estaba acostumbrándome a la chica, al dolor. A la destrucción progresiva de mi cráneo por su imagen.

En el ascensor luché para no mirar el reloj del teléfono. Mis ojos decidieron comprobar por su cuenta si habían pasado las dos, pero a tal velocidad que fracasaron y solo se llevaron una impresión borrosa. Terminé apagándolo sin saber si la hora del espectro había quedado atrás.

Con ritmo y postura de marcha fúnebre salí a mi planta y vomité en el cenicero de pie, delante de una cámara tan vieja que no era posible que funcionara. Crápulas con prostitutas, insectos subtropicales, espectros que emergen de una puerta que se abre: pasara lo que pasara en el pasillo, solo quedaría registrado en la memoria de quien lo viera en persona.

Entré en la habitación con el corazón acelerado. Encendí todos los interruptores y me escabullí detrás de la cortina, miré hacia la calle y mi rostro adoptó el color de la luz artificial que atravesaba el cristal por el círculo que había trazado en el vaho. En el exterior seguía lloviendo sobre la periferia de la megalópolis, inagotable, de límites indistinguibles incluso así, iluminada y expuesta por la madrugada. Grandes gotas caídas de las nubes querían pasar y golpeaban la ventana. Era el único sonido que quedaba en el mundo.

Aparté la cortina, me giré y vi la cama hecha. Hoy ya solo restaba apagar la luz y meterme dentro. Tenía que hacerlo, estaba convencido de que no había alternativa y de que, por qué no, era lo mejor que podía hacer. Sentía que ya lo había intentado todo y debía abrazar mi derrota, sentía que no había intentado nada porque yo no había querido. Que estaba donde quería estar.

Me quité la ropa a trompicones y me pareció ver algo a mi izquierda y salté desnudo bajo el edredón. El lugar era el correcto, el suyo, pero me atreví a mirar y no había nada. Seguro que había pasado la hora.

Mi brazo salió desde dentro de la cama para apagar la última lámpara.

No conseguía cerrar los ojos. La tiniebla se aclaró por la luminiscencia que se alzaba desde el suelo, junto a la ventana.

Había parado de llover. Todo lo que se oía ahora era mi respiración, fuerte y lenta por el alcohol. El aparato de televisión por cable estaba encendido. Marcaba la hora. Aparté la mirada, pero ya lo había visto. El reloj cambió de 1:59 a 2:00.

No estaba y al instante sí estaba.

Se coló encerrada en un haz de la luz de la calle. Retorcía un poco los dedos, de manera independiente a los espasmos de sus codos y hombros, que temblaban quizá por el esfuerzo de mantenerse en una dimensión que no era la suya. La cara no la veía, aunque el cabello se desplegaba a su alrededor. Intuí su cuerpo sin saber cómo entenderlo. Parecía desnudo, moteado de vello, a contraluz sin que hubiera un foco detrás. El estómago, o el pecho, hinchado como el de una embarazada o un ahogado. Respiraba, o al menos emitía ruidos de respiración. Olía a algas y se desplazaba como una lapa en un rompeolas. Al recibir su presencia se recibía el agua, la que salta al mar en la explosión de una gran tubería, agua con vestigios del tono agradable de la sal diseminada por la arena. Su hálito de ultratumba, apabullante como el horizonte visto desde la orilla, multiplicaba su intensidad al rebotar en las paredes de la habitación, más aislada del mundo exterior cuando ella estaba.

Cientos de nudos recorrían mis tobillos y muñecas, abrían mis piernas y estiraban mis brazos, me apretaban el cuello hasta el penúltimo punto seguro antes del estrangulamiento total.

Sin mirarme, por primera vez se dio cuenta de que no estaba sola.

En ese momento, algo me impulsó a ignorar mi instinto de protección para levantarme de la cama, acercarme a ella. Acariciarla. Pegar mi nariz a su nuca, detrás de sus orejas y aspirar fuerte. Recuperar su infancia y la mía en el malecón, jugando sobre las rocas húmedas tras una tormenta de verano. Y recordar juntos lo que pasó allí doce veranos después.

Nada de esto tenía sentido para mí.

El dolor atroz de cada madrugada, más real que las terminaciones nerviosas que me obligaban a sufrirlo. Sentía odio y miedo. Quería gritarle a la chica y decirle que se fuera, que se callara, que parara o que impidiera el crujido, el aplastamiento, que no volviera, que me matara si iba a ser cada noche así. Que la compadecía; que la respetaba. Ella se había ido. En el reloj, las 2:21.

La puerta se cerró. Mis manos agarraron con fuerza mi cabeza, apreté los ojos y abrí la boca hasta casi desencajar la mandíbula como si quisiera pedir ayuda, como si nadara perdido, agotado, entre una playa y una isla, en el lugar equidistante a ambas, allí donde nadie te oirá si gritas pero debes intentarlo porque estás a punto de morir devorado por el mar. Golpeé mi cuerpo contra la cama para intentar apaciguar el persistente dolor. Me detuve. Encendí y descubrí que la almohada estaba mojada con mi sangre, que salía de mis oídos, de mi nariz. De mi boca. ¿De mis ojos?

Me desmayé. Mi cuerpo comenzaba a prepararse para un nuevo día de trabajo en la fábrica.

·

—Hoy sí que tienes mala cara —dijo Sally.

—Anoche volvió —dije, ya sin ganas de seguir fingiendo que todo podía ser una broma. Wind me observaba incómoda y desviaba los ojos cuando la miraba.

—Vamos a cambiar de hotel ya. Me está matando la música.

Les dejé hacer. Wind llamó a nuestra compañía para que lo gestionaran. Respondieron quince minutos después, con una pésima noticia: no podían hacer nada. Durante dos días coincidían por allí una feria internacional de lámparas y otra de productos para el pelo, así que estaba casi todo completo en la zona y, desde luego, no quedaba ninguna habitación libre en los alojamientos que aceptaban extranjeros. Debíamos seguir en el mismo hotel.

Yo estaba desesperado, aunque todavía no había sobrepasado mi límite. Me convencí de que todavía podía aguantar una noche más, empujado por cierta curiosidad irracional ante el enigma, esperando quizá que la situación por fin avanzara hacia una resolución, y hasta animado por un tenue deseo de volver a ver a la chica. Solo una vez más y mañana alegaría estar enfermo o simplemente me iría, desaparecería. Pero esa última noche soportaría su venida. Un reto, una necesidad. Una elección.

Paseábamos con el dueño por la parte más industrial de la fábrica, donde había pocos hombres y las máquinas crecían en tamaño. De pronto, sentí unas náuseas más intensas que las del resto de la mañana. Había un pequeño pasillo entre dos grandes cubetas de acero y corrí hasta allí para vomitar. Cuando estaba terminando, levanté la cabeza. Sally y Wind se asomaban.

—Resaca. Necesito un momento solo.

Gotas de sangre expulsadas por mi nariz tomaban formas vagamente circulares al tomar tierra y se mezclaban con el polvo del suelo. Las motas que flotaban sobre el engrudo de mis fluidos casi brillaban; el espacio estaba dominado por enormes ventanales, en un inusual día de primavera sin nubes y con una intensa luz. Me incorporé, miré alrededor secándome las lágrimas. Me vigilaban los dos cilindros de formas redondeadas. Parecían pequeñas embarcaciones construidas con tubos. Olían a aceite y de sus estómagos salía el inequívoco sonido de los retortijones, solo que metalizado. Una sensación de hiperrealidad comenzaba a abrumarme y entonces la vi, iluminada en diagonal por un rayo de sol incrustado en la arenilla volátil. La vi.

Me habló a través de su mirada. Había venido hasta aquí para decirme que se aparecía en la habitación del hotel por sus propios motivos, que nada tenían que ver conmigo. Yo no era especial y no me había elegido, no me deseaba ni me necesitaba. Compartíamos el espacio por casualidad. Pero la noche anterior me había descubierto y ya no podía ignorarme. Ahora que sabía que yo estaba, me explicaban sus pupilas hipertrofiadas, ella debía actuar en consecuencia.

No entendí por qué me avisaba aquí, en este momento, afuera donde el dolor era insoportable para ella, pero me hizo comprender que la habitación era su pequeño atolón, su única propiedad, no por voluntad propia, y yo era un intruso.

Calló apartando de mí los ojos negrísimos. Se fue, sin cerrarlos. El sangrado de mi nariz se disparó. Una ruptura recorrió mi cuerpo y escuché mis huesos sonar como un cangrejo bajo la presión creciente de una bota.

Estaba vivo, pero Wind y Sally no lo sabían cuando volvieron, corriendo, después de oír mis gritos y me encontraron tirado sobre el polvo en una postura inconcebible.

Apenas podía hablar cuando desperté unos minutos más tarde en el sofá de madera del despacho principal, con la cara hundida en el agua caliente de una toalla. Mi masa encefálica parecía haberse contraído y cerrado sobre sí misma. El cuero cabelludo me apretaba muchísimo, la piel estirada al límite de lo soportable. Mientras Wind estaba al teléfono, dando indicaciones a la ambulancia que llegó poco después, Sally, muy nerviosa y comprensiva, aprovechó que nadie nos prestaba atención para susurrarme algo.

—Creo que la he visto —y me abrazó, me abrazó sin fuerza porque entendió.

·

Pasé la tarde en un hospital y después me llevaron de vuelta al South China International Business Hotel.

Así fueron mis últimos dos días.

No sé qué pasará esta noche. Ahora estoy solo. Pienso en Sally. Ojalá estuviera conmigo pero, después de acompañarme a la clínica, ha tenido que volver a la fábrica por una urgencia. No la esperaré.

Veo gente yéndose con su equipaje; el hotel se está vaciando. Creo que podré cambiar de habitación. A mi derecha el ascensor se abre y sale Wind. En menos de un minuto, con las mínimas palabras necesarias, logra sustituir mi llave-tarjeta por otra diferente. Sí, dormiré en otra habitación.

Después trata de huir espantada de mi aspecto, de mi enfermedad, de mi historia que ya no oculto, pero la detengo con un abrazo que la paraliza. Al zafarse de mí, cuando le permito hacerlo, Wind se marcha a la calle sin mirar atrás. Deja la puerta abierta y observo que el sol ha empezado a caer.

Claro que va a volver, me digo. Es una habitación distinta, y está lejos de la suya, pero también lo estaba la fábrica y acudió. Desquiciado por el recuerdo de la chica, por la anticipación y por el dolor puramente físico, abro la nueva puerta y me doy cuenta de que ya es de noche. Decido seguir solo.

En el hospital me han dado una pastilla para dormir. Empieza a funcionar mientras el agua de la ducha limpia restos de sangre seca en el interior de mis oídos y enredada en mi pelo. Al salir no me seco ni me visto, sino que lanzo las zapatillas de plástico contra la pared mientras caigo sobre la cama boca abajo, empapado. Estoy dormido. Son las 22:30.

Son las 2:01. Estoy despierto, con los párpados disparándose en todas direcciones. Mi cráneo se está agrietando. Ella está ahí, delante de la cama; aquí.

Nuestro encuentro en un mismo espacio ya no es casual. Hace lo que tiene que hacer y defiende, por instinto, un territorio que nunca quiso. Ella no entiende que yo no iba a volver nunca más a su habitación. Esta noche ella se va a quedar mientras yo esté. Hasta que yo no esté: esta noche yo me iré antes. Acepto sus ojos, tan despiertos.

Pero intento bajar de la cama para escapar y piso una moqueta encharcada. El grifo se había quedado abierto todas estas horas. La sensación de humedad abotarga mi estómago, mis genitales, sobre los que pierdo el control y se derraman ante la chica muerta. El suelo retumba por el ritmo de la orgía en la segunda planta. Los graves distorsionan el perfil de la chica, como si le causaran interferencias. Ella es material y es inmaterial, ella es el agua, el agua de un río contaminado por una sustancia incolora, todo lo que está fuera de su cauce, su habitación, es la piedra que cae y la penetra. Soy las piedras sin erosionar que caen y la penetran.

No debo bajar de la cama. Si me acerco al espectro, si se siente amenazada, reventaré antes de tiempo. Mis pies mojan las sábanas. Envuelto en ellas paso la noche, atrapado, temblando, entre el miedo y la hipotermia, ante la mirada de la chica y sus espasmos, ya no tan leves. Pasan las horas.

Más tarde. Entran las primeras luces del día. Con un gran esfuerzo, logro mover el brazo y poner la mano sobre mi frente. La descubro abollada. La nuca está abombada, las sienes ondean como una ola de plomo fundiéndose.

Entonces se abre la puerta y ella se va.

Respiro con el sonido de un globo deshinchándose. Noto mi tráquea. Tengo la tranquilidad de alguien que se dirige hacia un coma inevitable del que nunca va a despertar.

La puerta esta vez no se ha cerrado tras ella. Desacostumbrada a las tareas, a salir de su manifestación rutinaria y solipsista, la chica había olvidado que esta vez tenía algo que hacer, y se había ido antes de tiempo, y vuelve; reaparece en el umbral. Se prepara para cerrar el círculo. Quiere acabar cuanto antes, ella también cruje, ella, como yo, está de visita en un espacio ajeno en un momento hostil.

Entra en la habitación, sigue sin ser la suya, corriendo y gritando, con la boca abierta, dientes ennegrecidos en sus puntas, los brazos contorsionados y las manos delante del pecho, como garras de las que caen gotas de agua, grandes piedras de sal sucia en las uñas. Se detiene en su puesto, a los pies de la cama.

El crepitar que recorre mi interior agota su caudal, desemboca por última vez en el aire y, por fin, mi cráneo cede. Ella se acerca de un salto, me muerde en el pómulo con suave firmeza. Puede que sea así como los espectros dan los besos de despedida a los vivos, o de bienvenida a los muertos. Me agarra y se asegura. Se marcha y me abandona en la que será mi habitación.

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