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5 estilos de la escritura de terror

5 estilos de la escritura de terror

Thomas Ligotti tiene un texto llamado «Notes on the Writing of Horror: A Story», publicado en su antología Songs of a Dead Dreamer (1986). Es un falso ensayo de un imaginario escritor de terror, que incrusta la deconstrucción de un relato dentro de una aproximación teórica al género, probablemente suscrita por el propio Ligotti. El autor inventado considera que hay cinco estilos puros de la escritura de terror, a escoger para cada caso según lo que el escritor pretenda y su propio temperamento:

 

1. Realista

El objetivo es demostrar que lo irreal es real. Convencer al lector de que el principio fantástico que sostiene el relato es creíble. Esto no se puede conseguir, porque lo irreal no es real, pero hay algunas cosas que pueden suavizar la paradoja hasta hacerla digerible y disfrutable.

Primero, conocer bien el mundo real —el de la razón científica y la verdad cotidiana compartida por una sociedad— y dar por sentado que es real, que es el bueno, el cierto, el indiscutible, el común. El relato de terror realista no cuestiona ese mundo real, sino que su fuerza estaría en meter al lector dentro de él para que se sienta en un lugar familiar y reconocible. Así, cuando aparece el horror, es sorprendente sin dejar de ser cercano, forma parte del propio contexto del lector.

Segundo, para obviar o minimizar la irracionalidad o estupidez del principio fantástico que sostiene la historia, el autor tiene que sugerir de vez en cuando que, en este caso, es aceptable creer lo increíble. Pienso que es probable que este sea el campo de juego puro de la suspensión de la incredulidad, porque no parte de un contrato previo en el que se acepta lo fantástico antes de empezar, sino que el lector exige que el relato particular le convenza de que tiene que entregarse al horror, abandonando la razón.

Tercero y último, el recurso más eficaz para aceptar lo sobrenatural sería contarlo mediante la causa y el efecto. Es una técnica tramposa pero que, bien usada, funciona para simular una explicación que en realidad no existe porque, entre otras cosas, es imposible. El muerto viviente que despierta por un derrame tóxico, el dinosaurio traído a la vida por un invento genético, la mano que perteneció a un estrangulador y ahora vuelve a matar en el cuerpo del hombre al que se le ha trasplantado.

 

2. Gótico

Para el autor de «Notes on the Writing of Horror», sea quien sea, lo gótico es una experiencia (romántica) del mundo, innata en algunas personas. Oscuridad, lluvia y barro, lugares encantados, presencia de la muerte, intensidad de la sensación irracional. Es una cosmovisión inherente a algunas sensibilidades y que, dice el texto, podría incluso estar en el origen de los mitos, en su mayor parte góticos en este sentido universal. A diferencia del estilo realista, el gótico no necesita convencer de su verdad. No tiene la obligación de parecer real, solo de percibirse como real en la carne y en la sangre, en el corazón. De hecho, la lógica es una amenaza a la potencia de lo fantástico y lo increíble en un mundo gótico.

Esta escuela, más bien tendencia de la que no puede escapar quien la posee, tendría dos ventajas para el escritor de terror. La primera es que los sucesos sobrenaturales aislados no parecen tan absurdos como en el realismo, ya que la premisa es admitirlos y, más aún, exigirlos. El autor no tiene que esforzarse tanto para justificarlos, más allá de su encaje en el tono de cada relato concreto. Es cierto que, por muy logrado que esté, es un estilo que puede parecer ridículo a algún lector, pero no por la naturaleza del propio estilo sino por filias y fobias de ese lector.

La segunda ventaja es que el terror gótico “bien hecho” cala hasta los huesos al lector, se mete bajo su piel de forma más insidiosa que otros estilos. No puedo decir que esté de acuerdo con esto, porque la intensidad del impacto es el objetivo común de todo el género, por distintas formas e intenciones que tome. Aunque es posible que lo gótico parta con una ventaja de base, la de tener predispuesto al lector.

Pero para crear terror gótico el autor tiene que estar un poco loco —al menos cuando escribe—. Dice Ligotti que esta manera de escribir terror son

«las velas del alma del artista gótico llenándose con los vientos de una histeria estática. Y estos vientos, sencillamente, no soplarán en un alma cuyo clima está controlado por un aparato de aire acondicionado.»

 

3. Experimental

Los dos primeros serían los estilos mayoritarios, los más comunes, por tradición y por la forma en que se suele entender lo que es el género de terror. Pero Ligotti añade tres más que, por cierto, creo que son los menos explorados y los que tienen más potencial para el escritor contemporáneo.

Uno de ellos es el experimental. El pseudoensayo de Ligotti defiende que una obra terminada no se puede considerar un experimento, opinión que yo suelo suscribir. El experimento y el ensayo-error tienen lugar en el taller del creador, pero cuando algo se presenta en público como finalizado ya no es experimental. Es una realidad creativa fruto de distintas decisiones creativas, más o menos originales o convencionales. Por supuesto, esto se puede matizar, por ejemplo ante el arte que se vende como work in progress o como análisis o juego del proceso de creación, pero en la mayoría de casos es válido.

Según «Notes on the Writing of Horror», un relato “experimental” es aquel en el que el autor busca y obedece las “órdenes” (commands) de la historia hasta sus últimas consecuencias. Es decir, la imaginación del escritor no dependería tanto de sus decisiones conscientes, sino más bien de un dejarse llevar intuitivo y no preocupado por las convenciones. Lo “experimental” puede estar en una estructura enrevesada, vocabulario infrecuente, ruptura de los tópicos del género, etc.

Tiene dos vertientes. Por un lado, puede abrir a toda la extensión del mundo la celda en la que está encerrado con el relato de terror. Por otro, al contrario, construir muros impenetrables para quedarse a solas con las palabras. Es decir, dejar hacer al mundo o dejar hacer al lenguaje, pero manteniéndose al margen de las decisiones. No deja de ser una visión romántica y algo ingenua de la escritura, aunque tiene su gracia y su parte de validez.

 

4. Fenomenológico / Metafísico

Otro estilo es el que, entiendo, practica el propio Thomas Ligotti en su literatura de terror. Su pseudoensayo no lo bautiza y yo dudo entre llamarlo fenomenológico o metafísico. Aunque parezcan términos algo enfrentados, este estilo es tanto una fenomenología del terror como una exploración de su metafísica, por lo que la narrativa en sentido convencional suele pasar a un segundo plano.

En esta escritura, el horror de la historia no está en el drama individual de lo que le sucede al personaje, sino en su misma existencia en el mundo, un mundo horrible aunque sea ficticio. Prima la profundización poética y filosófica de lo oscuro, del mal y del miedo, su descripción extrema, forzada hasta los límites de las palabras.

Es un estilo sin estilo, dice (ingenuamente) el autor. Sería

«un estilo que no tenga nada que ver con lo normal o lo anormal, un estilo mágico, atemporal y profundo… y uno de gran horror, el horror de un dios. Los personajes de la historia serían la Muerte misma hecha carne, el Deseo con pantalones nuevos, los hermosos ojos de la Aspiración y los abominables orbes de la Pérdida. Y unidos mano a mano con estos terribles poderes estarían los aún más terribles de la Fortuna, el Destino y todos los súbditos misceláneos de la Fatalidad.»

Pese a estas palabras, no hay que entenderlo como un estilo alegórico. Al contrario, sería una revelación de la naturaleza de la terrible realidad, la visión del mundo iluminado por la noche como el horror que es.

 

5. Confesional

Por último, Ligotti hace referencia a un estilo más concreto, el confesional, el del manuscrito encontrado, que además sería la culminación de todos los anteriores, la manera perfecta de escribir terror. Se puede entender como una especie de subestilo o derivación particular del anterior, y se explica —todo lo bien que puede explicarse— en esta cita:

La verdad es que ni siquiera yo estoy seguro de cuál es en realidad la voz del horror. Pero a lo largo de mi carrera de escuchar a escondidas a los muertos y los condenados, sé que la he oído […] La mayoría de las veces me suena simplemente como una voz llamando en mitad de la noche, una única voz sin cualidades particulares. A menudo es un sonido ahogado, como la voz de un pequeño insecto pidiendo ayuda a gritos desde el interior de un ataúd sellado; y otras veces el ataúd se rompe, como un exoesqueleto quebradizo, y de su interior surge un chillido penetrante y cristalino que lacera la negrura de la madrugada […] En otras palabras, el estilo más adecuado al horror es en realidad el de la confesión personal, y ninguna más que: manuscritos hallados en lugares solitarios […] Esto es especialmente cierto cuando el narrador que se confiesa tiene algo que debe sacar urgentemente de su pecho y sale con esfuerzo desde debajo de su propio peso pesadillesco al mismo tiempo que está contando la historia.

Idealmente, el personaje tendría que ser a su vez un escritor de terror para justificar mejor las licencias estilísticas, aunque no es necesario. Y, en todo caso, lo que confiesa tiene que ser algo horrible, que encaje en una cosmovisión del mundo como horror defendida por el personaje.

De nuevo, con todo esto Ligotti se refiere a su propia manera de ver la vida y afrontar la escritura. Por eso, este estilo es la culminación de la escritura de terror… para él. Para sus intenciones y su temperamento. Sin embargo, pienso que el grado de compromiso exigido puede servir como punto de apoyo para escribir otros conceptos del horror. Cada autor tiene —o debería tener— el suyo y tendría que llevarlo al límite y, cuando se sienta seguro allá, traspasarlo sin mirar atrás. Escribiendo en una bajada a tumba abierta al corazón del miedo.

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