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Ataurique de luz

Una oscuridad incompleta cubre la habitación del karaoke. No diré por qué estoy aquí, ya que nada tengo que ver con la chica encerrada en este lugar.

El volumen de las voces es altísimo. Los estridentes agudos con reverb causan el mismo efecto que el humo del tabaco en teoría prohibido; todo contribuye por igual a hacer irrespirable la atmósfera.

Entre la bruma veo brillar la pantalla, a cierta distancia de mi asiento, incrustada en un mueble que ocupa toda la pared situada frente a los sofás dispuestos en U. El mueble es un armazón de madera lacada que enmarca un cristal. De él, es un él y no solo un el, emana la luz.

Tan real es ese resplandor tenue como el fósforo de los LEDs que lo producen, o como la llama que aparece en la cerilla que prende el cigarro de uno de los médicos con los que he venido, el médico que hace diez minutos luchó para abrirse paso por la fuerza hasta el interior de la boca de la doctora al borde del coma etílico.

Hay colores en las tinieblas. La luz del mueble varía y es roja, luego verde, luego azul y luego rosa, antes de volver a ser roja. Roja al principio y al final, forma un círculo de rojo con rellenos cromáticos sin importancia. La secuencia es vertida por una miríada de diodos, habitantes de un microcosmos eléctrico entrelazado con el cristal como la sangre se mezcla con barro seco.

Como la sangre que un día se vertió en esta habitación.

El cristal tiene arabescos engastados, un ataurique menos vulgar de lo que se podría esperar en un sitio así. Son ramas estilizadas que sobresalen medio milímetro, lo mínimo para poder notar su relieve al pasar la yema del meñique. Estos diseños son negros; su negrura solo se altera cuando absorbe los últimos límites del halo de luminiscencia LED. Están hechos de metal, brotes de falso ónice pegados sobre el vidrio, el cual queda atrapado entre los caminos que dibujan estos esquejes y los diodos, detrás. Parecen tatuajes tribales baratos portados por una mujer que ha vivido mucho. La luz es roja, verde, azul, añil o rosa, roja.

Dejo de cantar mi canción, que sigue sin mí. Nadie se da cuenta de mi silencio. En la segunda estrofa, la secuencia de luces se difumina y percibo únicamente el rojo intermitente.

Durante ese momento de abstracción, pienso en las chicas de compañía del karaoke, que tienen sexo en el mismo sofá en el que estoy ahora, al mismo tiempo que limpiadoras cincuentonas descifran desde el exterior la semiótica del pañuelo en el pomo de la puerta. La mayoría de las azafatas son chinas, otras rusas, las hay camboyanas, un ladyboy tailandés, ucranianas. Son minifaldas y son escotes.

Dedos refulgentes desabrochan botones y cremalleras y se meten debajo de la blusa, de las bragas, como las ramas de una zarza tomada por el demonio violan a una joven en un parque suburbial. Las lenguas de los hombres salen de sus orificios.

Los clientes del local y de las prostitutas bajan las medias, algunos les quitan los zapatos, siempre de tacón, y otros no. A veces ella se los ha quitado ya, sin preguntar. Cae la pedrería, excepto los pendientes, que conserva bien amarrados a las orejas que se le infectaron tras la primera perforación.

Desenvuelta la mercancía por el comprador, la prostituta se aleja. El dibujo del mueble es estable y le facilita una vía de escape. Sus ojos se pierden en los entramados, barrotes por los que se evade la luz en la que ella quisiera entrar. Algunos de los relieves, desnudos de hojas de acanto, se retuercen en volutas que se niegan a abrirse al mundo, a proyectarse al cielo. Son tallos que acaban en punta roma, aunque una punta no significa necesariamente un final: al llegar a uno de los vértices, el paseo visual vuelve a empezar, recorriendo la misma ruta pero en sentido inverso. El viaje de ida y vuelta se repite una y otra vez, sin ritmo.

Y debe repetirse, porque ella necesita esa luz.

Porque sin la luz vería la cara viscosa del hombre de negocios japonés, la del peluquero adolescente de origen rural y ropa apretada, un polo estampado de tosca tracería futurista, la del marido del barrio cuya esposa sabe lo que pasa cada vez que va al karaoke a entonar clásicos cantoneses de la época en la que ambos se conocieron. La cara que surge de entre la camisa impecable de su proxeneta.

Los rostros de esos hombres no cambian de color, ni siquiera cuando reflejan los LEDs del mueble.

Ni ella ni yo apreciamos cambios en ellos.

Todos tienen el mismo aspecto y es constante. Son expresiones mojadas, idas a la vez que presentes, pálidas, gelatinosas y desgeometrizadas y, cuando liberan su fuerza, desdeñosas para todo lo que no son los mismos hombres.

Ella culmina en un teatro de veinte segundos. Al terminar la función, la débil luz no se enciende porque nunca se había apagado.

El ataurique del mueble rememora aquella existencia. La de ella. ¿La mía?

El ataurique del mueble es el espectro de una prostituta que murió y que se manifiesta mediante sus ornamentos.

Que murió donde estoy sentado.

Que observa el espectáculo de la carne como penitencia por el mal que hizo, el mal que toleraba sobre su propio cuerpo y le satisface cumplirla.

Que murió por el botellazo en parte fortuito de un cliente, por un botellazo que ensució su pelo lacio.

Que murió, días después del impacto, en esta misma habitación, la G09, por una hemorragia tan retardada que no se pudo relacionar con su causa, entre espasmos como los que le habían acompañado en las noches previas, causados por el daño cerebral. Su boca olía al arroz húmedo del buffet del KTV; su boca se quedó abierta en el cadáver lleno de semen y entero, excepto por tres dientes menos perdidos por el golpe.

Al minuto de su último suspiro, los dientes adyacentes a las encías vacías hicieron crecer su tejido mineral para rellenarlas.

Pero en la dimensión en la que ella se encuentra desde entonces hay dinámicas peculiares. Un sitio no siempre es el mismo sitio y un material no tiene por qué ser un material. Los viejos dientes no dieron lugar a nuevos dientes, como era su intención, sino que brotaron en otra parte, en forma de ramas metálicas. Así, el fósforo se desplazó al mueble y allí generó tramas inéditas que se enroscan y que curvan las raíces que ahora veo.

Primero creí, quiero decir que creyó, que esa red de extensiones de hierro no era ella misma, sino que surgió por el deseo incontenible de vida de un feto que llevaba en su matriz. Pero no era verdad, no existía tal bebé: había muerto sola.

El ramaje sobre el mueble pertenecía a una única alma doliente. Un espíritu que fue mujer y que me comunica que los humanos estamos hechos de giros sinuosos y de espirales, no de ángulos.

Ella, una acumulación de fractales.

Sin embargo, para su asesino, para todos sus clientes, era un ser de líneas.

Los hombres la miraban y veían rayas que apuntaban hacia ellos en el remolino de un ombligo, de un ano. Una retícula tan manejable como la de unas medias de rejilla recién estrenadas.

Si descubrían un punto, estaban convencidos de que era una línea contemplada de frente. Por eso, aunque sus sentidos percibían una vagina o un pezón irregular saliente como conjuntos informes de puntos, los hombres estaban seguros de que eran piezas lógicas en sus partes, de que eran líneas y líneas apiladas y vistas desde atrás.

Y trataban de doblarlas. Arañarlas, rasparlas, desgarrarlas.

Lo siguen haciendo cada noche en esta habitación y en todas las de este laberinto de pasillos. Lo siguen haciendo cada noche, con otras mujeres.

Continúa la música. El tempo acelera.

Los graves de las canciones invocan al rojo y alimentan la palpitación del ataurique.

El rojo, el rojo, otra vez el rojo. ¿No había pensado ya en esto? Se pierde el sentido de la realidad aquí dentro.

El rojo tan similar al intenso rojo de una lengua herida. Como la que había quedado colgando fuera de la boca mellada del cadáver, la lengua custodiada por los huecos de los dientes rotos. Ahora más oscuro, coagulado, es su mismo tono de rojo el que se ilumina sobre el cristal cada pocos segundos.

Y lo entiendo al fin: cada vez que ella quiere hablar es el interior de su paladar, su lengua y la sangre que la baña, lo que sale a nuestro mundo, convertido en luz roja. La luz roja no es más que una estilización de su verdad desconsolada, adaptada al entorno y los modos de percepción de la habitación G09.

El rojo-lengua late sobre el arabesco-diente.

Y, sin embargo… la luz roja que veo no coincide exactamente con los impulsos de necesidad comunicativa del fantasma.

El proceso sinestésico tiene una falla: su voz está condenada a manifestarse siempre y solo en las mismas fases, inicial y final, del patrón lumínico circular, según el cual cada color se muestra estrictamente en el momento y durante el lapso de tiempo preestablecido por el fabricante.

Por eso, cada una de esas veces que ella quiere hablar, que se dan con una frecuencia irregular pero masiva, hace cola detrás de la vez anterior, esperando su turno para poder aparecer en los rojos de la siguiente ronda de la secuencia de luces del mueble.

Solo puede expresar su dolor cuando el mueble lo permite.

Su existencia es insoportable.

Estoy exhausto. No queda más deseo.

·

El karaoke cerrará dentro de unos quince años, cuando acabe por completo la moda que empezó en los 80.

La luz del mueble se apagará para siempre al desenchufarla por última vez, el proxeneta de la prostituta morirá atropellado porque la luz roja de un semáforo se fundió una noche. Los médicos seguirán cantando; yo no. Y su asesino, inconsciente de serlo, se jubilará y viajará mucho por los pueblos renovados para los turistas, distribuidos por todo el país, en los que habrá todavía karaokes para borrachos nostálgicos, con nuevas chicas salidas de una colmena inagotable, chicas vestidas de rojo y una de ellas, la última que verá, mostrará un temperamento indomable.

Chicas muertas