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Cerebro cocido por el calor

Cerebro cocido por el calor

Es en ese momento cuando puedes considerar que tienes un cerebro cocido por el calor. Cuando el aceite sale por los orificios de tu cabeza: nariz, boca, oídos y también ojos, que son un agujero pese a estar protegidos por materia cerrada.

El calor ya ha entrado por las líneas que rodean los rectángulos de la ventana. Creías que impedían el contacto con el mundo exterior, pero no, claro que no. Esto pasa a su través. Nada puede detener al calor cuando se lo propone. Que es siempre, si es verdadero calor.

Mientras tu cerebro cocido se deshace sobre las manos que ahora tratan de mantener sujeta la cabeza al tronco, con el cuello convertido en un pie de barro por secar, mientras todo se derrite el aire penetra el aire. El espacio no puede considerarse como tal, al ser una masa densa de espesor puro, con la temperatura superando su condición de número hasta, éxito para ella, haber mutado en volumen. Pesa y la llevas encima. No leas la app del tiempo (tampoco puedes hacerlo con tu vista en proceso de extinción, los ojos casi licuados). No tengo que decírtelo yo, porque lo sabes, lo sientes. Aunque te lo dijera, tampoco podrías escucharlo con tus oídos tapados por la materia gris que los inunda.

La gente local se queja del calor, como hacías tú mismo hasta hace unos minutos. No puedes seguir lamentándote en voz alta, pues tus cuerdas vocales se han destensado. Parecen las fláccidas lombrices que emergerán tras la tormenta que se posará sobre ti cuando el prólogo escrito por el infierno de fuego termine. Parecen más bien esos mismos gusanos que alguien habrá pisado, sin querer hacerlo, una hora después de haber salido a la superficie. Miden hasta cincuenta centímetros, como recuerdas de la vez pasada, en la que sobreviviste. Recuerda: no podrás verlas nunca más, pues tu humor vítreo es, en estos momentos, una parodia del vinagre.

Será peor. Todavía no hay lluvia y el calor sigue creciendo. Con tus sentidos hundidos, te paseas por la casa con las manos de frente, para tocar lo que sea que tengas delante. ¿Qué te importa lo que sea? Tú ya has tomado otra ruta y este camino es para los vivos, para los fríos. Además, las yemas de tus dedos son como las del huevo, los nervios rotos. Quedan restos suficientes para que sepas que has tropezado con la nevera, que arde. Tus muñones se incendian con el contacto y se convierten en ceniza que, desesperado, recoges para guardar un recuerdo de ti mismo.

Tu cerebro cocido podría ser un buen aderezo a ese obsceno bol de fideos que no podrás desayunar mañana. Flotaría bien entre el trigo hecho serpiente.

El calor no desaparecerá con la noche, como sí te pasará a ti. Pero llega a su punto máximo al atardecer, cuando el sol, sardónico, decide ocultarse entre un par de nubes formadas para la ocasión. La visión del atardecer que luce como una explosión nuclear es un hermoso símbolo de lo que ha pasado estos días. Los rayos negros se disparan hacia arriba y hacia ti, el horizonte desaparece mientras desapareces. La simultaneidad de ambos hechos es azar. Él volverá mañana.

Tú no perteneces a este mundo. No eres nada. El mundo es del fuego de la tierra y del cielo, del aire que viene del aire, del agua que viene del agua. El mundo es del infierno.

Empieza a llover.

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