¿Cómo suicidarte? Hay distintos métodos a tu disposición.

Lo importante es el cómo, el porqué no tienes ni que planteártelo. Si llega ha llegado. Lo sabrás cuando llegue. ¿Ya? ¿Y ahora? ¿Ha llegado ya? Si te lo preguntas es que no, ni se te ocurra acabar con tu vida cuando todavía sobrevive la duda.

Primero imagina ese momento, lo que pensarás (quiero decir: pensarías) en ese momento. Lo que sentirías, cómo te verías a ti mismo ante el hecho de que no estás dudando y de que, sí, lo vas a hacer, estás a punto. Te vas a suicidar. Cómo mirarías el mundo, lo escucharías como un vampiro recién convertido. Cada vibración parecería nueva, completa, abierta para ti, cada crujido. Pero ese asombro ante la maravilla del universo sería tardío. Poco tendría que ver contigo a esas alturas la belleza del mundo, la que no se niega nunca.

Antes de esa última epifanía habrás (olvidado el condicional) considerado distintos métodos. O no, impulsivo de ti, elegirás simplemente el que tengas más a mano, todos serán más rápidos que tu muerte natural, así que no importará tanto la manera, nada importa al fin y al cabo y es por eso que decides marcharte, o porque todo importa más de lo que puedes soportar. O no elegirás cómo suicidarte porque todo sucederá en un momento en el que quieras morir y nada más, como sea, rápido, cuanto antes, un pie fuera y otro pie y saltaste y sucedió. Quiero decir que sucederá o que podría suceder.

Pero hay distintos métodos.

¿Cómo suicidarte? Puedes ahorcarte. Nunca pasa de moda y da hasta para juegos infantiles como el ahorcado. El ahorcado, que serías tú en este caso, se debe primero despejar la nuca y dejar lugar para la cuerda. ¿Es de esparto o de qué es? El futuro ahorcado, tú tal vez, se pregunta también si morirá con una erección y derramará semen y, de darse esto, si le parece buena idea que le encuentren así, húmedo y duro. Orgasmo y muerte, cómo no, pártete el cuello en la caída y de lo que siga nada se sabe. O ata el nudo de otra manera y ahógate, que sea un poquito más lento, pásalo bien.

¿Y las ahorcadas? ¿Derraman algo? ¿Se suicidan, las mujeres? Solo con pastillas, ¿no? ¿No es así? Alguna salta pero ninguna se ahorca, ¿no? [Solo las institutrices de las películas de terror se ahorcan, o son ahorcadas.] La soga es demasiado fálica y grosera. El nudo sí es femenino pero en vida.

Cuánto cliché en el suicidio.

Otro método es dispararte. Muy feo y tecnológico. No te lo recomiendo, ¡admite al menos que todavía eres humano, que tienes piel y no eres la sección terminal de una cadena de montaje! Solo lo llevarán a cabo aquellos del todo desesperados y alienados. Ah, la modernidad. La pistola o la escopeta son el último intermediario, son un método fácil, difícil, indoloro por su velocidad y doloroso, ¿y si fallas y tienes que andar con la mandíbula al aire hasta la próxima oportunidad?, y de cobardes que no se atreven a sentir su cuerpo al final, porque es tan rápido que solo se siente el dedo que aprieta el gatillo, solo sientes el arma y no te percibes a ti mismo. No todos los suicidas son cobardes. Algunos, quizá tú, se ven os veis te ves como los valientes definitivos eres un valiente, pero reventarse la estructura craneal (hueso, piel, algo de ojo, carne, toda la sopa y fabada del cerebro) es de cobardes a los que no importa dejar atrás un estropicio tan horroroso que podría inducir al suicidio a sus seres queridos, si lo vieran. Algunos, quizá tú, preferirían preferirías que los seres queridos lo vieran. O que hubiera seres queridos para verte, reventado.

No desperdicies la última oportunidad («para cada cosa hay una vez… que es la última, la última»). Hazte esta ofrenda antes del sacrificio: sé una vestal y un héroe y fíjate en tus percepciones finales. Date el gusto antes de dejar de existir para siempre. Para siempre.

Más. Salta por la ventana, o desde un puente. Es como salir a correr, es accesible a todo el mundo y solo hace falta querer hacerlo. Desplazar unos centímetros un pedazo de cristal, metal y plástico y lanzarse al vacío, de cabeza o dejarse caer. O buscar un puente, uno lo bastante alto y trepar a la barandilla, mirar arriba y abajo, y abajo, alzarse hacia el espacio, estirar los brazos, o no, y saltar. El suicida no grita al caer, ni de miedo ni de felicidad. Aunque sienta ambas.

Quizá hayas oído (leído) que el saltar es una mala idea. Primero porque el vértigo puede venderte frente al último paso al aire, cuando ya hay un pie flotando y el otro está a punto, preparado. ¡Dos pies flotando! ¿No quieres experimentarlo? Ponte en esos zapatos, en ese momento, la ingravidez, la promesa de ingravidez. Magia. ¡Hasta yo quiero sentirlo! Sin embargo, la intensidad del vacío no seduce a todos los suicidas y bastantes se rajan justo antes de abandonar la estructura que los sostiene. Segundo porque de seguro acabarás espachurrado pero quizá no lo suficiente. Si vivir con un cuerpo funcional era duro, ¿cómo soportarás convivir a todas horas con una carcasa descuajaringada? Pero (tercero) el fallo que más temo, quizá tú también, es el del corazón. Por la emoción y la tensión, por el puro miedo, el cuerpo se independiza de tu voluntad y decide por sí mismo que no, que no eres tú quien lo tiene que decidir. Que es cosa suya y antes de estamparte contra el asfalto el corazón se acelera y se para, y te mata. Un último fracaso, ni en tus últimos segundos tendrías derecho a ser feliz. ¿Lo sabría el forense? ¿Quieres una autopsia? ¿Importa que la quieras para que te la hagan o no?

Decir una secuencia de palabras. Hay una serie de tres frases, algo similar a frases que, si son pronunciadas en voz alta y con el estado de ánimo apropiado, procuran la muerte instantánea y hasta una elevación mística que, algunos dicen, continúa más allá de la muerte, en ese lugar en el que ya no es posible pensar en suicidarse porque ya estás muerto. ¿Querrías tú como suicida habitar el paraíso si supieras que allí serías feliz para siempre? Este método fue popularizado por la tradición hermética y con el paso de los siglos se olvidó. ¿Por qué? ¿Por qué se perdieron las palabras? Te serían tan útiles.

¿Es posible suicidarse por falta de sueño? Decidir que se acabó la cama, que ya no se duerme más y que cuando el cuerpo colapse ha colapsado. Tres o cuatro días después, las últimas horas aguantando despierto… ¿tendrán algo de lucidez? ¿Te arrepentirás del plan y te replantearás la vida o, al contrario, querrás adelantarlo para acabar con el sufrimiento y las alucinaciones? Imagina las pesadillas convertidas en realidad para tus sentidos, le puede pasar a cualquiera, es así como está construido el ser humano, no será un delirio causado por ti puto loco. Es la biología. Le puede pasar a cualquiera. Enloquecer hasta el suicidio en un breve periodo de tiempo como método de suicidio.

Cortarse las venas, pero hacerlo bien. El más romántico y humano, esteticismo y amor propio. El clásico agua templada en la bañera, velas, tu canción favorita (¿en repeat? ¿cuánto tardas en perder el conocimiento? ¿más de 3 o 4 minutos?). Podrías hasta grabarlo o retransmitirlo y te pondrían un titular clickbait. Resumen de tu vida: se suicidó y alimentó un clickbait durante un día. Lástima que cada vez menos casas tengan bañera. También podrías inyectarte aire en las venas. Yo solo digo.

Tus últimos días, tus últimas horas. En qué pensarás. Piensa en estas palabras: último, final, terminar, acabar, adiós, definitivo. Suicidio, suicidio, suicidio, suicidio («para cierta cosa hay una vez»). Los demás. Tú. Muerto. Sobre todo: tú, muriendo. Tú sin morir, ¡lo impensable!

Los tres últimos métodos van a ser las buenos, los del suicida inteligente y sensible. Rajarte la muñeca en una bañera tiene un pase, pero nada como envenenarte. Este es mi favorito y, aunque espero no suicidarme, no estaría mal poder elegir exactamente cuándo y cómo morir y que fuera con unas pastillas adormecedoras y que me hicieran sentir que vuelo, que me estoy yendo poco a poco. Hasta con una sonrisa. Qué final. Discreto y limpio. Quizás dejaríamos las sábanas sucias, pero bah.

Saber que no hay vuelta atrás después de ingerir las pastillas. Esos minutos…

Gas. Monóxido de carbono, has leído. Has leído: la favorita de los suicidas. No tan obvia como la de las medicinas, pero el abrir tus pulmones en un coche o en un horno para recibir aire tóxico asegura que no habrá un lavado de estómago posterior en caso de fracasar. Es un método casi infalible si se planifica bien. Aunque ten cuidado de no explotar. Y piensa en lo bueno, te dará tiempo a escuchar un disco entero o al menos una buena selección de tus hits preferidos. Sí, tenías preferencias; sí, no estabas por completo muerto por dentro. Pronto estarás muerto y por tu propia mano. Eso es lo bueno, que vas a estar muerto.

El frío. La muerte más dulce, la comunión con lo sublime. La congelación, la muerte más bella. En el bosque, en la tundra, desnudo sobre la superficie irregular de un iceberg. Despacio, despacio, hacia el infinito, mira hacia el cielo estrellado y acuérdate de los primigenios y los dioses exteriores, que no existen, acuérdate de tus miembros entumecidos y sueña con volar hacia allá arriba y no volver nunca. Es mentira, ¿sabes?

El frío.

Pero no te suicides. O sí, tú sabrás. Yo te recomiendo que no; no todavía. Espera al frío.