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Cuando no escribo

Cuando no escribo

Cuando no escribo pienso en la muerte. Pasan días y semanas sin una palabra salida de mis dedos y el vacío acecha. Nada quedará de mí si no queda mi texto. Si no escribo, ¿para qué la vida? ¿Acaso para vivirla? ¿Quién es el ingenuo que cree que una vida no escrita es una vida buena? La perspectiva es una lápida vigente para el mundo durante tres o cuatro décadas; después, otra lápida invisible más, muerta. Necesito que mi legado perdure. No: necesito que exista la posibilidad de que mi legado perdure. Si no escribo, ¿qué es posible que quede de mí? ¿Qué habré dado de mí, de todo lo que tenía que dar? Tengo tanto que decir, hay tanto que dar.

Cuando no escribo pienso en que la muerte vendrá y me encontrará sin haber escrito suficiente. No escribir suficiente es idéntico a no escribir nada. En mi hora final, ¿de qué me servirá haber escrito cincuenta relatos si sé que podría haber escrito mil, dos mil? ¿Qué son esos doscientos textos míos que dejo atrás comparados con los doscientos millones que había en mi cabeza, formándose y cayendo en el olvido un día y otro día y otro, siempre en la punta de mi teclado? “Qué son”. He pasado al presente porque la muerte está ahí, ya, cerca, llega ya, como muchas personas, sobre todo las que escriben, saben. No tiene por qué ser triste pero es. Los lectores también morirán.

Cuando me doy cuenta de que no escribo es solo cuando he cubierto mis demás necesidades. Como en aquella pirámide, hay que ir llenando los deseos de subsistencia hasta llegar a los deseos reales. Esos serán los que nos hagan humanos. Los que nos hagan conscientes de la muerte de una forma muy diferente a la solo física. Si no sabes si comerás mañana, temes la enfermedad y te da miedo que tu grasa se evapore. Todo pasa tan despacio cuando el cuerpo sufre. En cambio, si sabes que debes escribir y no lo haces, la amenaza de la muerte llega al presente, al pasado y, sobre todo, al futuro. Si no comes ni bebes, la muerte ataca. Pero si no cumples con tu deber de escribir, la muerte grita. Grita por la noche, desde dentro de la almohada enmohecida por la humedad del sudor expulsado por la ansiedad de la acumulación de páginas inexistentes. En la cama, la muerte abraza y aprieta al escritor, te exprime y viola tu tímpano y encallece tu garganta. Te deja sordo porque estás mudo.

¿Por qué no he…? ¿A qué esperas para…? ¡…! …los puntos suspensivos son palabras que ya nunca serán… (de un párrafo, de un largo y profundo ensayo que ya nunca escribiré, queda esta última oración in medias res, grotesca y absurda y eficaz como toda palabra sin contexto)

Cuando no escribo otras sufren, porque no entienden lo que me pasa cuando no escribo. Intentan comprenderlo, lo intentan con todas sus fuerzas y amor, pero no lo consiguen porque ellas no escriben nunca. Nunca. ¿Cuál será el sentido de su vida, la elección que han hecho para creer que su existencia vale para algo? Quiero saberlo, pero solo estoy seguro de que no es la misma elección que la mía. O ellas entenderían y yo entendería.

El resto del mundo no se da cuenta de que no escribo cuando no escribo.

En el mismo, exacto momento en que me muera solo me importará lo que he escrito. No me importará lo que pensaba cuando no escribía, ni lo que pensaban otros que yo pensaba cuando no escribía. Eso que yo pensaba entre textos era lo que no había escrito y lo que escribiría a continuación. Sin embargo, sí me habrá importado hasta unos segundos antes, mi escritura que nunca fue habrá sido lo más importante para mí hasta los minutos previos al último minuto y por eso, quizá, su fuerza detenga mi muerte y me dará una última oportunidad para escribir.

¡Tarde! Aunque la aprovechara no sería suficiente. Y, aunque fuera suficiente, nadie podría leerlo eternamente. ¿Así que para qué estos trabalenguas existenciales?

Pero cuando no escribo necesito escribir. Y, al final: escribo. Siempre escribo. Pero no siempre escribiré. Eso es todo.

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