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Dos niñas muertas

Todo iba bien hasta que se le escapó entre los dedos el vómito sobre el papel en el que dibujaba, sobre un retrato por terminar del gato enfermo que había recogido esa mañana y que seguía escondido en su mochila amarilla. La profesora enganchó a Yao con fuerza, la empujó hasta el aseo y allí, casi tumbada encima de la letrina, su garganta volcó el resto en el agujero rodeado de cerámica. Había gotitas de sangre, lágrimas y apestaba.

La abuela de la niña apareció, discutió con la señorita Deng en la entrada y Yao no regresó viva a la guardería nunca más.

Esa misma tarde, su amiga Lijun tosió un líquido oscuro y maloliente que manchó los tomatitos dulces de la merienda. Nadie en el aula se dio cuenta. Al día siguiente tampoco volvió.

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Yao murió antes. Sufrió más y fue menos llorada que Lijun, la niña más querida de la clase, la niña del futuro verdaderamente abierto.

Ellas no supieron que iban a morir. Nadie se atrevió a decírselo aunque quizá tampoco, tan pequeñas, lo habrían entendido.

Fueron quemadas.

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Tras la tragedia, niños crecieron y se marcharon y otros llegaron, profesoras y asistentes fueron despedidas, contratadas, tuvieron hijos o no, cambiaron de trabajo en busca de una vida un poco mejor.

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Un día de tormenta primaveral, la más intensa de aquella temporada, cuando la lluvia cesó, las dos niñas muertas aparecieron juntas y cogidas de la mano. Caminaban por una galería de la escuela y tenían aspecto de adolescentes.

La profesora Deng se acuclillaba en el baño. Escuchó dos vocecitas entonando en susurros una canción que hacía años que no enseñaba en clase. Interpretaban la monótona melodía con tal convencimiento que sonaba grave y misteriosa. Abrió la puerta antes de terminar y las vio, y se dieron un buen susto porque creían que estaban solas y salieron a toda prisa.

El peso de las zapatillas sobre el suelo, el ruido de los pasos que se alejaban erizó el vello de la profesora Deng como nada antes en su vida.

Desde ese día, Yao y Lijun no dejaron de ser visibles.

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Se integraron de nuevo en la rutina de la guardería.

Mostraban un gran dominio de sí mismas en cualquier ocasión y contagiaban su tranquilidad a casi cualquiera que estuviera cerca y, sin embargo, había una profunda contradicción entre lo que eran y lo que debían ser. Algo irritante, indescriptible, que algunos de los niños más sensibles percibían y por eso se negaban a dejarse tocar por ellas.

Por las noches no dormían. Cuando nadie las escuchaba, en una habitación apartada que les habían cedido, hablaban con abatimiento sobre los niños que ese día las habían evitado. Y recordaban el horror del otro lado.

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No sentían ninguna emoción cuando sus familiares las visitaban. Trataron de llevárselas a casa, pero ellas no querían. De todas maneras, como se descubrió pronto en un desagradable episodio que acabó con Yao sufriendo la mutilación de una falangeta, les era físicamente imposible abandonar las instalaciones de la guardería.

Al cabo de un tiempo, sus padres dejaron de ir. Se sentían incómodos ante sus hijas muertas.

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Antes de que abrieran las puertas, una mañana, Yao se topó en un pasillo con un gato pardo, tan parecido al que portaba la enfermedad que la mató que el corazón le habría dado un vuelco de haber estado latiendo. El gato se acercó a ella.

Yao se encontró a sí misma acariciándolo. El gato ronroneaba y se desplomó. Rodó con la barriga al aire para pedir más mano.

Pero la mano se negó a seguir: Yao observó que la tripa estaba sembrada de ampollas, algunas rotas. Se apartó de un salto y el animal le respondió con idéntico respingo. Volvió a ponerse sobre sus cuatro patas. Yao descubrió que también en el lomo había heridas sin cicatrizar y que espesas supuraciones, probablemente infectadas, estaban ahora en sus propios dedos y el gato huyó, cojeando.

Más o menos en el mismo momento, la niña Xiaohao giraba la esquina a toda velocidad y, con la boca abierta, se empotraba contra el cuerpo de Yao para lamer sin querer las uñas aún por limpiar de la muerta.

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Liu Xiaohao había sido una alumna del segundo curso. Desde el principio se sintió atraída por el embrujo de Lijun y Yao.

Quería tenerlas cerca y husmearles su pelo sin olor cuando se agachaban para hablar con ella. Les tiraba de la ropa para que le hicieran caso, les sacaba la lengua, su pequeñísima figura llegaba desde atrás y pellizcaba sus brazos por sorpresa.

—Ven. Xiaohao —Yao plegaba las rodillas y la llamaba.

La niña iba, obediente. A su altura, Yao la miraba sin saber qué decirle, porque no había tenido motivos para llamarla. Acaso solo deseaba que le palpara las piernas como solía hacer, que le sonriera, que se aburriera y se terminara yendo después de unos segundos sin recibir ninguna orden.

Ahora, por culpa de Yao, Xiaohao estaba muerta.

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Aunque Yao y Lijun no dormían, tras la muerte de Xiaohao, que no presenciaron y que sucedió después de que recorriera la misma panoplia de síntomas que ellas mismas sufrieron antes de morir, tuvieron pesadillas.

En las pesadillas vieron a Xiaohao, en sus últimos momentos en un lado y primeros en el otro, transformada en un saco vacío apenas compuesto por pliegues de sangre y piel, experimentando la ruptura de sus huesos y la conversión del calcio en un polvo gris en el interior de las bolsas a las que, soñaron, había quedado reducida.

Las dos vieron las mismas imágenes en su cabeza. Cosas que, quizá, nunca habían ocurrido: las sombras apagando la luz alrededor de Xiaohao y chupándole el centro del corazón con un palo hueco, mientras la sombra más oscura mantenía una vela encendida para iluminar el camino hacia el órgano correcto cuando le llegaba a otra el turno de sorber unas gotas; vieron los pulmones de la niña como esponjas consumidas, apretados por pezuñas, secos apenas minutos después (¡o antes!) de su final; vieron la entrada en la habitación funeraria de la que se lleva el frío, a la que llegaron a conocer bien en la oscuridad y que agitaba la cola con excitación.

Lijun y Yao vieron las mismas imágenes en su cabeza. Cosas que tal vez no pasaron. Cosas que se contaron la una a la otra, de madrugada, con las mismas palabras. Visiones.

Recuerdos.

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La guardería cerró unos días tras la desgracia. También se había clausurado el edificio al morir Yao y Lijun, aunque aquella vez la escuela quedó desierta. Ahora, en cambio, los espectros la mantuvieron limpia y viva.

Desde una pulida ventana de la planta baja adivinaban, borrosas, las coronas de crisantemos que se acumulaban en el pórtico conmemorando a Xiaohao. Arreciaba el viento que anticipa los tifones. Unos pétalos volaron hacia el interior a través de un agujero en el cristal.

Pero no eran capaces de oler las flores.

Solo de forma muy difusa podían percibir el mundo más allá de los muros. Los racimos de urbanizaciones de las manzanas aledañas parecían estar a decenas de kilómetros de distancia.

Lijun había vivido en uno de aquellos complejos residenciales, en uno de los últimos pisos y Yao deseó poder subir con ella y quedarse juntas allá, en su casa, tan arriba, tan lejos del pavimento seguro que el colapso de la mole no sería tan malo para las dos cuando se hundiera. Saldrían sanas y salvas de entre los escombros. No sería necesario remover la tierra para extraerlas. Saldrían por su propio pie.

Lijun no lo dudaba: Xiaohao se había contagiado por una imprudencia de Yao que pagarían cara.

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Las lágrimas de los muertos son negras, con una consistencia similar al barro y resbalan como el mercurio. No se diluyen al llegar a una superficie y tampoco se evaporan. Dejan manchas oscuras que se amontonan donde caen.

El llanto del espectro no es introspectivo. Es un padecimiento tan intenso para el muerto como para el que comparte lugar con él. El calvario del ente se expande por el espacio que lo ata.

Yao y Lijun empezaron a llorar por las noches. En el cuarto sus lágrimas se fueron acumulando sobre suelo, sábanas, mantas, colchones, formando protuberancias como colinas negras hechas de cera seca, profunda y apelmazada, con piedrecitas entre la masa. Colonias de termitas infernales con la áspera textura de los mantos de pelo felino.

Sus ojos se hicieron más densos. Perdieron el blanco. Al llegar a la pubertad, su brillo había virado hacia una inteligencia serena que desapareció durante esta época. Su mirada se aplanó.

Yao se culpaba y se insultaba:

—Egoísta. Egoísta. Maldito fantasma… Egoísta —se decía, cada vez con más frecuencia.

—Entonces lo somos las dos —Lijun la oía porque Yao se odiaba en voz alta—. En el otro lado fuimos la misma —decía, enfadada con su amiga.

La guardería reabrió tras exhaustivas pruebas.

Regresaba la normalidad; pero no para ellas, que comenzaban a ponerse en lo peor.

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Quizá las seguirían tolerando si no volvían a salir de su habitación, pensaron.

Podrían pedir que les tapiaran la entrada. Así, aunque no volvieran a ver a los niños, escucharían retazos de sus voces histéricas cuando jugaran en el jardín al que daba su alta ventana enrejada, sentirían la vibración de muros y suelo cuando corrieran en manada por los pisos inferiores esos niños que ahora obedecían sin resistencia a los mayores que les ordenaban alejarse de las muertas, los niños profundamente perturbados porque los iris de Yao y Lijun estaban creciendo y se empantanaban.

Los ojos de los fantasmas no podían ennegrecerse más y, en la siguiente fase de la mutación, pasaron a inflamarse. Los globos oculares se marchitaron. Se extendían fuera de las cuencas. Su metamorfosis se aceleró y se agravó.

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Y otro niño enfermó.

Se recuperó, pero todos las culparon. Ellas se culparon.

Yao no pudo soportarlo más. Triste, sintió sus ojos resbalar con suavidad por su rostro y caer sobre las baldosas que hacía tiempo que nadie limpiaba.

—Van a seguir muriendo —dijo Yao. Sin drama, sin más llanto negro.

—Puede pasar —dijo Lijun.

—Vámonos. Tenemos que irnos.

—No. Yao.

—Sí. Lo sabes.

—No, ¡por favor! Yao. Los niños nos quieren. Los quiero. No quiero volver. No… No a la oscuridad. Lo que la negrura nos hizo… Nos hizo hacer… Yao, por favor, recuerda… No queremos volver…

—Volvimos por los niños. Ahora los matamos —dijo Yao—. No volvimos por nosotras.

—También volvimos por nosotras. También. ¿No nos conoces? No te conoces.

Pero sí se conocía. Los fantasmas sabían tanto…

Sabían que solo podían volver una vez desde el más allá; y ya lo habían hecho. La noche, la que trae el frío, la de la ácida cola no permitiría una segunda oportunidad.

·

Un lunes, Yao y Lijun oyeron unos gritos junto a su puerta.

Tuvieron que abrir, tuvieron que salir, tuvieron que enfrentarse a una niña minúscula que sollozaba y que se lanzó a abrazarlas porque se había extraviado tras escaparse de una fila india que volvía del patio principal, se había ido ella sola para explorar lo desconocido de un edificio en el que pasaba la mayor parte de sus días.

Miró hacia arriba y se encontró con los ojos destrozados de las muertas.

El tiempo se detuvo. Su cara se vació de sangre.

Y las pateó, y quebró la tibia ya cristalizada de Lijun y corrió, corrió a una velocidad inconcebible para sus piernecitas, corrió aullando.

Corrió hasta encontrar el pecho de la profesora Deng.

El dilema no había sido más que un espejismo. Un autoengaño.

Su organismo en descomposición irreversible, que les volcaba por momentos hacia otra dimensión, ya no les permitía seguir ejerciendo el acto de voluntad extrema necesario para continuar habitando el mundo de los vivos. No había elección posible, nunca la había habido. Tenían que irse.

Comenzaron los preparativos para reintegrarse a la oscuridad.

·

Los fantasmas sabían tanto…

Sabían cómo sonaba el otro lado y a qué olía. Por qué era áspero y rugoso al tacto, no suave, ni dulce.

Pero no lo sabían todo.

No sabían si las tinieblas serían imperecederas, si habría un después, si ese después sería diferente al infierno o si sería un eterno retorno a la tortura y a la miseria, una repetición infinita de la que, con mucha suerte, no tendrían consciencia y cada vez que recomenzara parecería nueva.

Vivirían en la oquedad más opresiva. Les dolería. Les iba a doler.

Estaba a punto de ocurrir.

No se despidieron de nadie. El día de su marcha fue normal para todos.

A las cinco y media de la tarde se fue el último niño. A las seis y media solo quedaban ellas, culminando su acceso a los estados de omnisciencia requeridos para la partida.

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Es difícil explicar cómo, pero volvieron a la oscuridad.

Fue en su habitación. Tras haber ajustado su presencia en el plano humano con esfuerzos inconmensurables, supieron dónde estaban las sombras, las que no eran ellas, y se acercaron. Sabían tanto. Adivinaron muchos ojos, todos negros sobre un fondo negro, una nada oculta por zumbidos. Cruzaron el límite después del cual no había vuelta atrás y una mano de veinte dedos las agarró y las arrastró al interior con violencia. Era una mano fuerte, dictatorial, eterna, femenina. Salía de un brazo largo como tres brazos, fibroso, barnizado en azabache, ansioso de venganza contra las desertoras, ansioso de cuerpo.

A las siete y media la guardería estaba vacía, por primera vez desde que Lijun y Yao habían vuelto de entre los muertos con la intención de quedarse para siempre.

A la semana siguiente, una niña recién llegada murió de lo que se identificó como una extraña y agresiva forma de tuberculosis.

Chicas muertas