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El poder de lo abyecto

El poder de lo abyecto

Lo abyecto es aquello que envilece al ser humano, lo que lo despoja de su orgullosa dignidad. La abyección es el arma que tiene el mundo para bajar al hombre a su nivel. Es el vómito, el excremento fuera de su lugar asignado, el cadáver que se descompone, la sangre menstrual seca, el asesinato lúcido y sin remordimientos, la violación alegre.

El esfuerzo de pensar sobre la abyección merece la pena para todo aquel interesado en el terror contemporáneo, tan explícito, porque es una de sus características centrales. También existía en el terror anterior, pero quizá más como culminación fugaz de una corriente que circulaba subterránea a lo largo del relato. En este sentido, la creación de horror previa a nuestra época se acercaba más que la contemporánea a la realidad de la vida, en la que lo abyecto suele ser una amenaza latente que solo en algunas ocasiones emerge, desarmándonos.

Julia Kristeva teorizó sobre el poder de lo abyecto en su (virtualmente incomprensible) Poderes de la perversión (Pouvoirs de l’horreur, 1980). En este texto voy a intentar ofrecer una lectura (difícil pero) operativa de algunas ideas contenidas en su concepto de la abyección. Como su propuesta es tan compleja —y en parte ilógica y gratuita—, lo que cuento aquí está a mitad de camino entre el parafraseo y mi interpretación interesada y directa, que además se salta sus justificaciones psicoanalíticas.

 

¿Qué es lo abyecto?

Lo abyecto, para Kristeva, no es un objeto que se pueda definir. Es cierto que posee una cualidad compartida con los objetos, la de diferenciarse de quien lo contempla. Pero el objeto despierta el deseo de conocer su significado, mientras que lo abyecto se percibe como fuera de todo sentido. Más aún, con su potencia me arrastra al lugar donde el sentido muere.

Mi relación con la abyección es algo, aunque lo abyecto sea nada. Lo abyecto es el peso de su propia falta de sentido, que me aplasta; aunque no pueda interpretarlo así porque sería una paradoja atribuirle un significado. Se sitúa justo al límite de la no-existencia, es casi una alucinación al borde de una realidad que no puedo reconocer porque, si lo hiciera, acabaría conmigo.

En este sentido, es parecido a lo sublime, pero con una diferencia fundamental: lo sublime es una sobredosis de sentido, un sentido incomprensible —inconmensurable con el hombre— pero que se entiende como sentido; por su parte, el impacto de lo abyecto sería una sobredosis de ausencia de sentido. Al menos en un primer momento.

 

Efectos de la abyección

Lo abyecto provoca una violenta y oscura “rebelión del ser”, el cual estaría encarnado en quien lo contempla y se levanta en armas contra una amenaza salida de más allá de lo posible, lo tolerable, lo imaginable. Y que es una amenaza precisamente por estar más allá de todo eso.

El efecto de lo abyecto es a la vez preocupar y fascinar al deseo, que sin embargo no se deja seducir por él. Al contrario, en rápida reacción el deseo lo rechaza y se aparta, convencido de una sola certeza que porta orgulloso: la abyección es vergonzosa. Pero, al mismo tiempo, el salto que se da para apartarse de lo abyecto es hacia un lugar donde la tentación es casi tan grande como en aquel del que se intenta escapar, porque el influjo de la repulsión es muy potente y estar a su lado sigue siendo estar demasiado cerca de ella.

El resultado de huir de lo abyecto no es la represión o la sublimación, sino el sufrimiento directo del yo. Me identifico con la devastación sublime que contemplo, al comprender que lo abyecto es el remanente de una vieja vida a la que pertenezco y que continúa existiendo dentro de mí. Es la vida del asco, la del desprecio de la moral. El trauma ante esta revelación puede ser enorme porque es una masiva, inesperada y repentina emergencia de lo siniestro.

Sin embargo, aunque lo abyecto me es familiar y puede que sea parte de mí, ahora estoy separado de ello. Y estoy seguro de que esa separación es verdadera. Yo no soy eso que me repugna. No puede ser. ¡Que no! Que me niego.

 

El cuerpo y lo abyecto

El poder de lo abyecto es que funciona dentro de mí pero por encima de mí, no depende de mí. La activación automática de las leyes y conexiones del sentido, las normas de mi cuerpo, es la única manera en la que puedo reaccionar ante la abyección. De otra forma sería imposible que tuviera efecto sobre mí algo que considero que no es nada.

La realidad es que estoy poseído por resortes que solo lo abyecto puede pulsar. El control de uno mismo —y del mundo— es una ilusión. En presencia de lo abyecto, la piel desvela que solo es una fina capa que no garantiza la integridad del yo, sino que sus defensas ceden cuando la orina, la sangre, el esperma o el excremento revelan la farsa de esa integridad del yo, completo y limpio, interior sin extensiones al exterior. Así, en cuanto el cuerpo —propio o ajeno— muestra inequívocamente su deuda (relación innegable) con la naturaleza, pierde su capacidad simbólica totalizante y liquida su significado habitual. Desnudo, sin significado, se queda en lo que es. Lo abyecto demuestra que el cuerpo es un chorro de pérdidas y degeneraciones constantes. Lo descubre como algo que se expande hacia el infinito, algo sobre lo que no tenemos control y, por eso, nos cuesta tanto aceptar que es parte de nuestro yo.

 

Lo abyecto como perturbación del orden

Uno se asquea de una comida, suciedad, basura, excremento. Se asquea de lo que indiscutiblemente resulta ser el cuerpo. También se asquea de un acto que desafía a la moral porque funciona al margen de ella. Pero lo que causa la reacción ante la abyección no es la contemplación de los deshechos, la podredumbre o la crueldad despreocupada. En el fondo, lo abyecto ataca con una carga de profundidad indirecta: si desconcierta tanto es porque perturba la identidad, el sistema, el orden. Así que lo abyecto es aquello que no respeta los límites, las posiciones, las reglas.

Al confrontarse a la moral —que no otra cosa es el orden del mundo— evidencia la fragilidad de la misma, su debilidad. En última instancia, hace explícita su mentira de proclamarse total y pura. Y lo abyecto saca a la luz todo eso de manera siniestra, con una actitud inquietante, indescifrable —no hay nada que descifrar—, sonriendo y aterrando a la vez.

Poderosa y por encima de lo establecido, la abyección usa el cuerpo no como fin, sino como vía de acceso para salir al mundo, para llegar a ser ella misma.

 

La abyección como fuente de salvación y goce

A pesar del horror de la abyección, cuanto más se pierde uno cerca de lo abyecto, más se siente salvado. Porque los espasmos y el vómito, la repugnancia y las arcadas me protegen, me obligan a apartarme de esa corrupción y estiércol. El orden de mi cuerpo me prohíbe aproximarme demasiado al caos del mundo. Es mi cuerpo el que me aleja de la fascinación que me había atraído hacia lo abyecto, al sospechar que era parte de mí.

Y lo es. Contemplar la abyección del cadáver es contemplar lo único innegable de la vida. Lo que me permite comprender que (aún) vivo, aprehender lo que supone estar vivo.

Por eso, perderse en los dominios contiguos a la abyección proporciona placer. La negación se convierte en aceptación de lo que uno mismo es, causando un estallido de placer al liberar la tensión acumulada del rechazo de la verdad.

A pesar de todo, no hay que entenderlo como una catarsis, sino como la superación de una prueba de sufrimiento corporal, la apertura de la herida primera, aquella que exhibe la imperfección de la existencia del yo, que no se pierde dentro de la abyección. Orina, sangre, esperma, excremento se muestran para tranquilizar al sujeto, para devolverle realidad, algo a lo que aferrarse. El placer de la aceptación del orden más fundamental.

 

La escritura de lo abyecto

Todo esto tiene implicaciones para la literatura, que es lo que al final me interesa aquí. Kristeva concluye que la escritura contemporánea es la escritura de lo abyecto. La de Céline, Kafka, Dostoyevski, Artaud y tantos otros. Termino con sus propias palabras, por si alguien las consigue descifrar:

El escritor, fascinado por lo abyecto, imagina su lógica, se proyecta a sí mismo en ello, lo introyecta y, como consecuencia, pervierte el lenguaje —el estilo y el contenido—. Pero, por otro lado, como la percepción de la abyección es a la vez su juez y su cómplice, también lo es la literatura que lo afronta.

[…] una escritura de este tipo está necesariamente imbricada con el interespacio que caracteriza a la perversión; la cual, por esa razón, permite después emerger a la abyección.

[…] Escribir sobre la abyección y la perversión implica la capacidad de imaginar lo abyecto, es decir, de contemplarse a uno mismo en su lugar y empujarlo a un lado solo mediante las dislocaciones del juego verbal. Únicamente tras su propia muerte […] el escritor de la abyección podrá escapar a su condición de deshecho, rechazo, abyecto. Entonces, o bien caerá en el olvido o bien logrará el rango de idealista inconmensurable. La muerte sería así el curator máximo de nuestro museo imaginario; nos protegería como último recurso contra la abyección que la literatura contemporánea dice expandir mientras la pronuncia. Dicha protección manda a la abyección a su descanso eterno, pero también a la hoguera incandescente y molesta del fenómeno literario en sí mismo que, elevado al estatus de lo sagrado, es amputado de su especificidad. Es así como la muerte sigue presente en nuestro universo contemporáneo. Purificando(nos) (de) la literatura, establece nuestra religión secular.

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