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Encuentro con un jiangshi

El señor Zhou, mi padre, había sido tan simpático en vida.

Cuando yo era adolescente, muchas tardes él dejaba la tienda a mi hermana y a mi madre y venía a buscarme al templo. Allí me preparaba para ser monje. Para llamar mi atención, mi padre me tiraba piedras a la nuca desde fuera de la ventana, con una excelente puntería. Yo abandonaba mi estudio y me escapaba con él a la taberna, para beber licor y comer habas; años después, mi maestro me confesaría que sabía de mis huidas y las aprobaba en secreto. En nuestros encuentros proscritos, mi padre me hablaba de las próximas bodas de la comarca, de las ventas de tierras, de las viejas solas que ya no podían comprar arroz pero a las que él a veces fiaba. Si en el futuro volvían para pagar su deuda, él las echaba de la tienda fingiendo haber olvidado todo, con una sonrisa enorme y los brazos extendidos. Me lo contaba y yo le escuchaba. Daba gusto oírle hablar. Estaba gordo y rebosaba vida, incluso cuando su enfermedad le hacía llorar de dolor.

Me hice adulto y mi padre empeoró. El final llegó rápido, sin darnos tiempo a despedirnos.

Ya por entonces muchos me tenían por un religioso excepcional. Mi fama venía de, por ejemplo, aquella ocasión en la que hice desaparecer a un monstruo lanudo de cuatro metros; después se celebraron libaciones en mi honor en toda la zona. Se decía que no había nadie con mi sensibilidad para combatir demonios y matar difuntos. Era verdad. No había otro mejor. Ni en esta ni en la otra orilla del gran río.

Espíritus malignos atacaban de cuando en cuando una aldea. Diseminaban el miedo y la desgracia entre lugareños que, a falta de otra explicación mejor, culpaban de la venida del mal a las faltas de alguna familia. Por mis lecturas yo sabía que no era cierto, que la causa nunca es externa al propio demonio. Pero solía ser imposible convencer a las jaurías de campesinos asustados. No era raro que hubiera más muertes por linchamientos a cabezas de turco que por los ataques de las criaturas oscuras. En todo caso, cuando los jefes de aldeas afectadas me buscaban, yo no podía negarme a ir. Mi hilo me conecta con otros mundos y es mi obligación seguirlo o tirar de él.

Al otro lado de la cuerda me encuentro a menudo con los jiangshi, cadáveres animados de humanos que murieron sin querer morir. Sus cuerpos nunca se descomponen y terminan volviendo a la superficie como una fuerza ciega. Son poco más que torbellinos de energía y destrucción, aunque varias teorías enfrentadas discuten si queda o no humanidad en ellos.

Conocí bien al hombre que fue este jiangshi que me está atacando. Sé que mi padre no quería morir y en este momento lo tengo delante de mí, despierto de nuevo, revolviéndose para devorarme.

Yo sabía que la intensidad de su deseo de vivir podría hacerle volver. Yo lo sabía. Él nunca lo supo; porque no se lo conté hace cuarenta años —ahora tengo setenta—, cuando se moría. Si se lo hubiera dicho, él habría podido combatirse… Pero no me atreví a estropear su noble lucha, no fui capaz de interrumpir el admirable espectáculo de humanidad orgullosa que regalaba en sus últimos momentos.

Aquello queda lejos. De nada sirve haber aprendido la lección. No tendré otro padre en el lecho de muerte. Acabo de escribir un hechizo en un papel amarillo y se lo he pegado en la frente. Eso lo ha detenido. Eso sí he sido capaz de hacerlo.

Congelado por mi magia parece tan débil como un cadáver, o un bebé. Su piel, con el color amoratado de un golpe pero ninguna de sus propiedades, es como el cuero del zurrón que tanto le gustaba, ese en el que guardaba el dinero de la tienda y de donde salía el cambio para los clientes. Tiene los ojos muy abiertos y los dientes rígidos, llenos de barro, en estado de agresión animal. Sus uñas son tan largas como han podido crecer durante todas estas décadas bajo tierra.

Ahora no puede moverse pero su mirada me sigue. La boca se ha quedado abierta, cae una especie de baba. No es baba, como advierten mis libros. Haré bien en no acercarme demasiado.

Hasta hace un momento, justo antes de que lograra pararlo, mi padre tenía los brazos estirados, como tratando de agarrarme antes de llegar. Daba saltos con las piernas yertas; su cuerpo, como el de cualquier jiangshi, está tan duro que las articulaciones han dejado de funcionar. En una de las pausas entre brinco y brinco lo detuve. Rugía. ¿Seguiría siendo mi padre?

Habíamos tenido una pelea y me había golpeado. Me había estirado los músculos de la cara, me había pateado, zarandeado, gritado al oído, casi mordido, me empujó y volé hasta impactar con una pared que estaba a tres metros de donde había perdido contacto con el suelo.

Poco antes de eso, el jiangshi había irrumpido en la posada en la que me alojaba. Todos los clientes huyeron y escuché algo que parecía el estertor de muerte del hijo del dueño. El estrépito me puso alerta y, para cuando el monstruo llegó a mi habitación, estaba preparado para la lucha. No abrió la puerta, solo la cruzó, haciéndola estallar en una bola de humo. Fue una gran sorpresa que resultara ser mi padre. Solo por eso, ¡viejo sentimental!, entendí que sería más difícil que nunca. ¿Estaría buscándome, si es que los demonios buscan algo? Dio unos saltos hasta plantarse delante de mí y empezó la violencia.

Hacía cuatro días que yo había llegado a Longhui. Había estado en este pueblo varias veces. Al menos una por año, durante la fiesta de conmemoración de los antepasados, cuando iba a la colina donde estaba el túmulo bajo el que mi padre esperaba, medio despierto.

Esta vez todavía no había tenido tiempo de visitarle. Había venido para investigar dos asesinatos asociados a apariciones sobrenaturales. Unos jóvenes aseguraban haber visto, iluminado por la aurora, a un pálido hombre saltarín, con ropas como las que llevaban sus bisabuelos cuando ellos eran muy pequeños. Seguí pistas y ninguna me llevó a ningún sitio. Ninguna partía de ninguna parte. El hilo no tenía tensión. Pregunté, exorcizé casas y tiendas, quemé más incienso del que nunca se había aspirado en Longhui. Cubrí con caracteres mágicos el cuerpo de un infante tuberculoso mientras repetía una oración que pocos conocen.

Esta mañana, una anciana de caderas deshechas me llevó a casa de una niña que había muerto hacía diez días. Seguía tendida en una habitación que servía de almacén de grano, sin ser enterrada. No se degradaba. No olía. En el pueblo me lo habían ocultado por respeto a su madre, que se había negado a aceptar la maravilla de que su hija pudiera haber vuelto, y además en forma de jiangshi, demonio voraz. Yo sabía que no podía serlo: demasiado joven. Pero el cordón se puso rígido y tiró de mí con fuerza.

El cuerpecito de la niña estaba incorrupto, limpio a excepción de las manchas de su enfermedad. La casa me envolvía con su aire de maíz y sorgo. El ambiente de cereal fresco dotaba al pequeño cadáver de una tonalidad de amanecer y nueva vida.

—¿Me permiten desnudarla? —pregunté.

—Claro.

—Debe ser así —dije.

La habitación estaba en penumbra. Hacía frío dentro. Casi a ciegas, embadurné cada milímetro de su piel con una pasta de grasa de burra y jujube. Dibujé en el aire los símbolos apropiados y entoné el cántico que la octava cámara del infierno esperaba que entonara. En respuesta, la niña se elevó medio metro desde la tabla de madera sobre la que aún dormía, más allá de su último reposo.

Abrió los ojos. Empecé a sudar. Había encontrado al paje del jiangshi. La cría que levitaba era la esclava del fantasma de mi padre. Soy viejo, pero todavía me afecta la mirada patética de estos infelices tan incapaces de expresar su tortura interior como de ocultarla, con el corazón demasiado vivo en mitad de su torso apagado para siempre, fallecidos reclutados por un demonio contra los restos de su voluntad. Siempre son difuntos recientes y muy llorados.

No conté a los padres cómo se había convertido en eso ni cuál era su función. No era necesario aumentar su sufrimiento, todavía muy vivo, mucho más que el que estoy sintiendo en el triste enfrentamiento con mi padre.

La niña seguía en el aire. Entre sus músculos, unas heridas que no había visto sangraron como venas abiertas. Comenzó a repetir mi apellido, cada vez más rápido, sin pausa, más alto hasta que su voz se paró. Después dijo una vez el nombrecito por el que me llamaban en mi infancia. Se apagaron las velas que habíamos encendido en el habitáculo sin ventanas. Expulsaron un olor a maíz quemado. En su pecho se formaron los ocho trigramas de un símbolo de ba gua, pero invertidos, trazados con una luz azul que destellaba y palpitaba. Yo sabía que este infortunado ser ya no haría nada más. Pero su estado actual era peligroso porque su mera presencia podía exacerbar las emociones ajenas. Nos miramos unos a otros, inquiriéndonos en silencio por nuestro grado de terror.

Su padre corrió a por el azadón y lo esgrimió contra ella. Logró desgarrar unos finos trozos de carne del muslo de su hija, que cayeron al suelo oscilando como las plumas rotas de una joven grulla inmortal, pero lo detuve antes de que siguiera desguazándola.

—¡No! ¡Tiene que dejarme a mí! —le dije.

—¡Pero…!

—Escúcheme. Puede elegir —dije, ante el brillo de su hija—. Podemos dejarla existir. No nos hará daño. Debe saber que hay cerca un jiangshi que la utilizará y por ahora no lo puedo evitar. Después de que acabe con él, su hija permanecerá en este estado, viva sin vivir, pudriéndose sin pudrirse. No sufrirá. No olerá. Podrán entrar y mirarla. Nunca se quebrará. ¿Quieren tenerla en la cama? A veces abriría sus ojos y el ba gua invertido se iluminaría en su piel. Desconozco las razones. La situación sería eterna, o hasta que su cuerpo fuera quemado.

Mi mano estaba sobre su hombro. Su espalda estaba hundida y había dejado de temblar.

—Yo no sé que…

—La otra opción es matarla por completo ahora, según los rituales adecuados. Seguirá el camino que hubiera debido seguir cuando murió. Si escoge esto, por favor, no me pregunte cuál es ese camino.

El padre me pasó el azadón. La madre salió del cuarto, tropezó con un saco de sorgo. Deslicé mis dedos sobre el hierro para perfilar una inscripción manchú que lo dotara de fuerza sagrada. Lo alcé y decapité a la niña. La quemamos y me invitaron a comer. Más tarde a cenar. Más tarde volví a mi habitación en la posada.

Ahora tengo al jiangshi frente a mí, paralizado por el conjuro de control adherido a su rostro. Pero sopla un viento seco y el pergamino encantado se le despega.

Me preparo para un nuevo combate, que ha de ser el definitivo. Aunque ya estoy debilitado sé que puedo vencer. Siempre gano. Los míos no siempre, pero yo sí.

Pero el jiangshi, mi padre, empieza a hablar.

—Jiaoming.

Mi padre, un demonio, está diciendo mi nombre. ¡Un jiangshi que habla! Inaudito. Deberé escribir sobre este encuentro.

—Jiaoming.

Sigue inmovilizado. Comienza a subir los brazos y ha abierto aún más los ojos. La anchura de su retina y la retirada de sus párpados ya no se explican por las leyes físicas. Su voz resuena con un eco óctuple, como si hablara desde el fondo de una cueva a la que no me atrevo a entrar. Pero sigue siendo su voz. Su boca no se mueve.

—¡Jiaoming!

—¡Dime! —empiezo a reaccionar. Sí, el jiangshi me estaba buscando a mí.

Me olvido de mi seguridad. Me olvido de lo que le ha hecho a la niña y recuerdo sus carcajadas de tierno borracho, sus pequeñas herejías en mi templo, los rituales anuales sobre su tumba.

—Jiaoming…

—¿Padre?

—Estaba… equivocado… —retumba.

—¿Cuál fue tu error? —le pregunto, verdaderamente interesado.

—¡Demasiada vida! ¡No quería morir!

Se está enfadando y empieza a vibrar. Da un salto hacia mí. Alzo mis manos y contraigo mis dedos en la posición que renueva el sortilegio de mi escudo místico.

—¡Demasiada vida! —sus largas uñas están muy cerca de mis pómulos.

Mi padre comienza un discurso. El suelo se está agitando al ritmo de su voz. Hay humo, amarillo, azul. Estoy desorientado y no puedo oír con atención.

Mi padre está terminando de hablar. Acabo de perderme lo más importante que iba a escuchar en mi vida.

—…así que debes aceptar tu muerte. Si te mato yo ahora… o si sobrevives y mueres en otro momento, sea como sea, acepta tu muerte.

Hago un movimiento brusco que le pone nervioso. Gira a la izquierda y se encuentra con un espejo. Está pintado con unos caracteres de protección. Ve su propio reflejo, se deshace y desaparece para siempre.

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