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Están entre nosotros

Están entre nosotros. Son cada vez más y se esconden menos, porque no les importa que sepamos que están cerca. Todavía sí, pero dentro de poco no les va a importar.

Están en la calle, sobre todo ahí, aunque es el lugar más difícil para avistarlos. Están en internet, cómo no. Hacen mucho ruido, más que las teclas de sus teclados, más que los pensamientos en el interior de sus cabezas, esas ideas y opiniones que no pueden contener y deben contar. Están donde lo esperas, pero a veces también allí donde menos lo esperabas; quizá incluso tú mismo seas uno de ellos.

¿Sabes dónde más están? En la tienda, delante o detrás del mostrador. En la panadería, haciendo cola, poniendo orden, creando saliva ante la visión de una crujiente barra campesina. En el supermercado, quejándose de una etiqueta de precio que seguro seguro debe de tener un error. O en la puerta, vigilando; vigilándonos. También están entre los que son vigilados. Están en la vendimia dejándose los riñones recogiendo uvas o sacando un beneficio inmoral (según algunos de ellos es inmoral, otros te dirían que no) vendiéndolas. Están entre las sábanas y están manchándolas. Entre tus sábanas. Manchando tus sábanas. Esta noche o la que viene.

Dentro del armario o han salido ya. Contemplando la belleza de la aurora y teniendo pensamientos inspiradores ante el atardecer sobre el mar. En tu pantalla y en la suya, en la electricidad de los cables, en la iglesia, en el casal, en la asamblea y en la aclamación, en la entrada que un rato después será salida, en los hospitales, en los ayuntamientos, en sus casas, en las aulas que deberían arder de amor y pasión. En los errores y, quién lo iba a decir, desde luego tú no, en los aciertos. Están lejos, al lado, en los intersticios, allí donde no cabe nada. Están por todas partes.

No solo están sino que son. Son buenos y son malos, son los que nunca habrías imaginado y aquellos a los que ves venir. Son los y las del plural masculino universalizador y también quienes usan las arrobas y lxs equis. Cis y trans, apostólico-romanos y puritanos, son presumidos, visten ropas de segunda mano con permanente olor a lavandería industrial y muchos agujeros, llevan rojo y rosa y negro, y hasta azul y verde y amarillo. Y blanco.

Son quienes creen ser y quienes quieres que sean. Van cerrando el círculo, acercándose al centro de la espiral, y también son los que están cada día más lejos, más perdidos. Son tus familiares, incluso algunos de tus amigos, esos a los que escogiste con durante tantos años. ¿De qué te sirvió el celo y el rigor en su búsqueda, si al final resulta que son ellos? Están entre nosotros.

Tienen cuerpo pera y el perfil de su rostro es como una manzana, hacen la operación bikini o se rascan la tripa tirados en su sofá; o en el tuyo. Caderas partidas, six-packs, cinturitas de avispa, ropa que les queda fatal, otra vez la ropa. Ojos enrojecidos, ennegrecidos, ojos llenos de rencor, de pasión, de ganas de trolleo, de amor y de bondad. Son un incordio pero no puedes evitarlos. No puedes no quererlos.

Los reconocerás por la forma en que articulan las palabras, aunque entre ellos los hay mudos o con necesidad urgente de logopeda. Sabrás quiénes son por su dislexia, o por sus alucinantes habilidades literarias. Es tan fácil descubrir quiénes son cuando hay luz, o en la oscuridad.

Se les ve venir.

Y vienen a por nosotros. Quieren convencerte, que seas uno de ellos, si no lo eres ya. Que les des la razón. ¡Cómo no, si la tienen! Déjate llevar, escúchales, deshazte de tus prejuicios y de tus mapas mentales. No hay bien ni hay mal. Solo hay gris y el gris es el color más hermoso, el color de la verdad. El de los verdaderos, los que brillan, los que te habían engañado y te hacían creer que eras un genio, los que te hacen el requiebro político-moral definitivo.

Saben algo que nosotros no sabemos. Son ellos. O acaso estamos equivocados y no, no son ellos. Acaso somos nosotros.

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