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estoy muy contenta de que vuelvas a estar vivo

Estoy muy contenta de que vuelvas a estar vivo

«Estoy muy contenta de que vuelvas a estar vivo», te dice después de lo que ha pasado, a tu lado.

Habías estado así desde que te levantaste. Desde anoche, un rato antes de dormir. Desde después de comer ayer, de hecho. Un café ayudó, pero a la noche acabó el efecto y volvió el apagón mental. No parecías vivo y no lo sabías, no con esa palabra, lo descubriste cuando ya había terminado todo y ella te dio la bienvenida de vuelta al mundo de la vida. Aunque habías vuelto antes, por tu cuenta.

Es que no tenías ganas. No tenías fuerzas. Querías hacer demasiado y estabas haciendo tan poco. Hacías nada.

Después de que te dijera aquella frase, siguió con sus pantallas y tú con las tuyas, pero los dos felices. No habría que romper, la relación esta vez duraría. Queríais estar juntos. Seguiréis juntos. Es vuestro deseo y es la realidad.

Hoy no le cuentas lo que te gustaría sacar de dentro, pero no hace falta porque lo sabe. Lo que piensas estaba en sus palabras, como una evaluación, también como un aviso. Que piensas que piensas demasiado, que no haces suficiente, que sabes lo que está bien o lo que necesitas y, aun así, no lo haces. Que se dan todas las condiciones y, aun así, no las aprovechas. Que se dan las condiciones suficientes para crear las condiciones necesarias. Tanto sobre lo que no dudas y, por eso, tanto que desaprovechas.

La falta de voluntad te hace cadáver. La desconexión entre ética o moral y voluntad es uno de los grandes problemas de la filosofía, desde Platón lo menos (esta parte ella no la puede saber, no en estos términos). ¿Qué vas a poder evitarla tú? Tú, uno más en el largo árbol genealógico de la especie humana. Uno de los últimos hasta ahora, sois miles de millones en estos momentos, más que nunca antes pero contáis como el final del camino, como todos antes. No te atreves a decir nada más que “hasta ahora” porque, después, lo desconocido, tal vez el final para todos. Entre medias un puñado de sueños cumplidos y muchos por cumplir. El mejunje que forman los fracasos, los éxitos y las profecías equivocadas en parte, ese jugo es el de la frustración, el de la desconexión entre voluntad y lo que quieres. Quizá más adelante…

Pero es el presente lo que tienes entre manos y no te gusta estar muerto. Tu presente. A su lado o contigo mismo. Disfruta, te dices. Haz lo que sabes que quieres hacer, lo sabes, lo tienes tan claro, llevas años sabiéndolo. Te dices. Cuando lo haces eres feliz. Lo sabes, te lo dices, hasta te escucha cuando lo dices. Te compadece, te abraza. ¡Estar vivo!

No lo vas a hacer, no siempre, no la mayoría de veces. Tantas veces no. Pero algunas sí. ¿Cuándo sí? A veces, ya lo has dicho. Suele ser cuando se vuelve intolerable el no hacerlo. O, si no, al revés, maldita carencia de lógica matemática en la sangre humana, cuando es más insoportable es cuando menos vivo estás.

Ella te dice que ha pensado un juego para la próxima vez que pase. Cuando estés incapacitado, llenando de depresión tu cuerpo, empapando los sofás y vuestro amor. O cuando le pase a ella, también le pasa, claro que sí, en ambos casos vais a tener que jugar.

El juego durará media hora. Consistirá en bailar los dos juntos, juntos o uno al lado del otro, frente al otro, de espaldas y solo compartiendo la misma habitación, será hacer lo que a cada uno le venga en gana con una música que irá cayendo como una cascada. Será hablar sin objetivo, decir cosas en el idioma en el que te sientas más cómodo, aunque la otra persona no lo entienda. Añadir “le-” al principio de cada palabra esdrújula y “-arción” al final. No contar la clave que permita descifrarlo y mirar mucho a los ojos, apretar las manos con la fuerza de la primera vez que os separasteis durante diez días. Para comunicaros utilizaréis las risas, los abrazos, los pasos de baile más ridículos, los más apasionados. Los que no quieres que grabe ningún vecino, casi que ni ella los vea. Pero que los vea, y ver tú los suyos, es tanto el medio como el objetivo. Los movimientos más auténticos. Dejarse llevar y reactivar la sangre, liquidar la resistencia interior indeseada. Ella recalca que durará media hora. Treinta minutos después poder compartir el «estoy muy contenta de que vuelvas a estar vivo» sin tener que expresarlo con el lenguaje.

Quince minutos después de inventar el método, ha montado una playlist con 26 canciones (al final se quedan en 20), buenos beats del bar en el que te sientes más cómodo, la música que te gustaría pinchar para animar a la gente que se hubiera acercado, mezclada con canciones imposibles, melancólicas, sin percusión y con rimas fáciles, con auténtica poesía. Quiere probar la lista y jugar al juego, aunque hoy no va a hacer falta porque ya has resucitado. Ella lo sabe, cómo no, por eso ni te pregunta si quieres.

Pero jugasteis a otro juego, cuyas reglas se establecieron en menos de tres frases. «Vamos a imitar animales». «Empiezo yo», dijiste. Te moviste como una mariposa, lo hiciste bien pero ella dijo «gallina». Os reísteis tanto durante el largo juego, sobre todo ella.

Antes de las pantallas y de los juegos, antes de que te dijera que se alegraba de que estuvieras vivo otra vez tú ya te habías dado cuenta de que estabas bien de nuevo. Había pasado lo peor. En un sillón, junto a ella. Que te lo dijera sirvió para darle forma de palabras. Para escucharlo y, así, convertirlo en realidad. Nunca fuiste un solipsista; otra contradicción.

Piensas algo más. Piensas que la felicidad está en la resurrección lograda por ti mismo. Y que la felicidad absoluta es tener quien vea cómo has salido de la cueva con tus propios medios y lo comprenda, quien sepa apreciarlo porque te conoce y sabe cuándo estás muerto.

Sabes que una de las dos felicidades es menos verdadera que la otra y que te engañas al ponerlas al mismo nivel.

Piensas tanto, ella entiende tanto. Pero no todo. Aunque sabe lo suficiente: que estás vivo y ella también.

1 Comment

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Belénreply
mayo 25 at 02:05 AM

Todos tenemos esos momentos, esas horas, esos días. Cuesta superarlos pero más contarlo.

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