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Historia de una habitación

Ninguna mujer en la discoteca del hotel intentaba comunicarse conmigo. Yo no quería pensar en lo que iba a pasar a las dos en mi habitación, y bebí.

—Seguro que quiere venganza —dijo Sally, mi compañera de trabajo—. La próxima vez pregúntale qué quiere. Siempre quieren que hagas algo por ellas.

—Llevarle un mensaje a su madre, desenterrar sus huesos, dejarle flores y venderle a un periodista la historia de su asesinato.

Me di cuenta de que algo de aquello podía ser cierto, porque el espectro de la chica era real. Tan real como el intenso dolor que causaba en mi cerebro cuando se situaba delante de la cama.

—La chica podría ser una de estas, una que me mandan cuando cierran —dije, señalando alrededor.

A las once, Sally ya no podía más, así que todavía faltaban tres horas para la aparición cuando se retiró a dormir y me deseó suerte con un chiste atroz, que olvidé enseguida, sobre fantasmas femeninos.

—Nos vemos mañana, ten cuidado —dijo, refiriéndose tanto a la chica de mi habitación como a las de la discoteca.

Me dejó solo.

Había una mujer montada sobre unos tacones altísimos bajo una falda de cuero falso; era mi trabajo reconocer esos tejidos y, además, había aprendido qué clase de persona los llevaba. Se acercó a mí, aunque solamente para acompañarme hasta la puerta.

—Vamos a cerrar ya, vuelve mañana si quieres —imagino que dijo en mandarín.

Pero yo lo que quiero es quedarme en el bar, me habría gustado decirle. Quiero seguir huyendo.

·

Bajé al vestíbulo y me asomé al oscuro exterior. Un tremendo chaparrón me impedía pisar la acera, repleta de charcos que reflejaban el neón. El agua que me salpicaba la cara me hizo evocar las olas de un mar furioso, unas playas inhóspitas como las que había a un par de kilómetros de donde estaba. Me acobardé. El azote del viento me devolvió al hotel.

El hotel era de nivel medio, un edificio no del todo en decadencia con desconchados en el papel pintado. La empresa nos había alojado en sitios mucho peores; en algunos mejores.

Debía volver a mi habitación.

No era una rendición. Había algo que me animaba a volver. Quizá ella me gustaba, quizá la admiraba y hasta la envidiaba por tener un lugar en el que desarrollar una rutina. Un espacio propio. Una vida con propósito.

Mientras subía al octavo piso, intenté convencerme de que casi estaba acostumbrándome a la chica, al dolor de la destrucción progresiva de mi cráneo.

¿La presión sobre mi cabeza, su chirriar al comprimirse era solo el miedo que me atenazaba cuando asimilaba que la chica estaba muerta? ¿El mero miedo que me apretaba desde cada línea de aire, que me corroía cuando comprendía que esa forma femenina que ocupaba su rincón particular en el pequeño cuarto, que se hacía fuerte, sin esfuerzo, en un punto tan delimitado como el de una actriz en un escenario, estaba muerta?

¿O era ella aplicándome miseria mediante algún tipo de energía? Nunca llegaría a descubrirlo.

Con ritmo y postura de marcha fúnebre salí del ascensor y vomité en el cenicero de pie, delante de una cámara tan vieja que no era posible que funcionara. Crápulas con prostitutas, espectros que emergen de una puerta que se abre: pasara lo que pasara en el pasillo, solo quedaría registrado en la memoria de quien lo viera en persona.

Entré en la habitación, con el corazón acelerado.

·

Encendí todas las luces.

Agobiado por la soledad del ambiente, corrí hacia el baño en busca de un ruido familiar —el mecanismo del grifo, mi mano jugando con el líquido—, lo que fuera que acabara con el silencio previo a su llegada. Que siempre sucedía a las dos en punto.

Y, con el agua rompiendo sobre la porcelana, me encontré, sin querer, esperándola con expectación.

Me escabullí detrás de la cortina y examiné la calle. Mi rostro tomó el color del resplandor artificial que cruzaba el cristal a través del círculo que había trazado en el vaho. Seguía lloviendo sobre la periferia de una megalópolis de límites indistinguibles incluso así, iluminada y expuesta por la madrugada. Goterones expulsados de las nubes querían pasar y golpeaban la ventana. Era el único sonido que quedaba en el mundo. El reloj avanzaba hacia ella.

Me quité la ropa con ceremonia. Algo pareció moverse a la derecha y salté desnudo bajo el edredón. Me atreví a mirar y no había nada.

—Ha pasado la hora —me engañé a mí mismo en voz alta.

Mi brazo salió desde dentro de la cama para apagar la última lámpara.

No conseguía cerrar los ojos. La tiniebla se aclaró por la luminiscencia que se alzaba desde el suelo junto a la ventana.

Había parado de llover. Todo lo que se oía ahora era mi respiración, sonora y lenta por el alcohol. El aparato de televisión por cable marcaba la una y cincuenta y nueve minutos.

·

No estaba y al instante sí estaba. Se coló encerrada en un haz de luz de la calle.

Ella: apenas visible, larga y con reflejos azules del cartel del hotel que entraban a intervalos.

Se movía a mitad de su manifestación para abrir la cortina, bañarse en el neón unos segundos, cerrarla y volver a su puesto. Un procedimiento mecánico dividido en fases, a diario idéntico y en hora.

Ella era un remolino estático y mudo que atraía el aire del cuarto, que expulsaba vapor y dolor, que exudaba un sufrimiento físico que se vertía directamente en el interior de mi cabeza. La cueva de mis huesos crujía como si alguien de gran peso y que no conociera la prisa estuviera aplastando un saco lleno de coral fosilizado.

Su hálito de ultratumba inundaba la estancia, más aislada del mundo exterior cuando ella estaba.

Retorcía un poco los dedos, de manera independiente a los espasmos de sus codos y hombros, que temblaban quizá por el esfuerzo de mantenerse en una dimensión que no era la suya.

El cabello se desplegaba a su alrededor. La cara no la veía.

Intuía su cuerpo sin saber cómo entenderlo. Parecía desnudo, moteado de vello, a contraluz sin que hubiera un foco detrás. El estómago, o el pecho, hinchado como el de una embarazada o un ahogado. Respiraba, o al menos producía rumores de respiración. Olía a algas y se desplazaba como una lapa en un rompeolas. Al recibir su figura se recibía el agua, la que salta al mar en la explosión de una gran tubería. Y la sal.

Su mirada jamás apuntaba hacia mí.

Pero esa noche, sin mirarme, por primera vez se dio cuenta de que no estaba sola.

En ese momento, algo me impulsó a ignorar mi instinto de protección para levantarme de la cama, acercarme a ella. Acariciarla. Pegar mi nariz a su nuca, detrás de sus orejas y aspirar con fuerza. Recuperar su infancia y la mía en el malecón, jugando sobre las rocas mojadas tras una tormenta de verano. Y recordar juntos lo que pasó allí doce veranos después.

Nada de esto tenía sentido para mí.

Cientos de nudos recorrían mis tobillos y muñecas, abrían mis piernas y estiraban mis brazos, me apretaban el cuello hasta el último umbral seguro antes del estrangulamiento total.

Quería gritarle a la chica y decirle que se fuera o que parara, que impidiera el crujido, el aplastamiento de mi cráneo, que no volviera, que me matara si iba a ser cada noche así. Que la compadecía; que la respetaba. Las 2:21. La hora en la que todo acababa.

Al terminar lo que fuera que había venido a hacer, se iba andando por la puerta de pronto abierta. El espectro salía y giraba hacia la izquierda, con paso indiferente. Sus pies se alejaban unos metros y la puerta se cerraba.

La estructura de mi cabeza aún sufría un minuto más tras su marcha. Un minuto eterno en el que me lanzaba contra el colchón para intentar apaciguar el dolor, yo agarrotaba los párpados y abría la boca hasta casi desencajar la mandíbula como si quisiera pedir ayuda, como si nadara perdido, agotado, entre una playa y una isla, en el lugar equidistante a ambas, allí donde nadie te oirá si gritas pero debes intentarlo porque estás a punto de morir devorado por el mar. Me detenía. Encendía y descubría que la almohada estaba impregnada de sangre que supuraba de mis oídos, de mi garganta.

Después el hueso se destensaba.

Después me dormía rápidamente y tenía una pesadilla, siempre la misma y siempre la recordaba, en la que yo caía hacia las praderas del océano. Me había lanzado por un acantilado. Desde las paredes de roca, unos pequeños ojos de mujer seguían mi vuelo. Mientras soñaba, mi cuerpo tumbado se sacudía.

Me desmayé. Mi sistema nervioso necesitaba reponerse para un nuevo día de trabajo en la fábrica.

·

—Hoy sí que tienes mala cara —dijo Sally.

—Anoche volvió —dije, ya sin ganas de seguir fingiendo que todo podía ser una broma. Wind, la intérprete, me observaba incómoda y desviaba los ojos cuando la miraba.

—Vamos a cambiar de hotel ya. No puedo dormir, me está matando la música de la discoteca.

Les dejé hacer. Wind llamó a nuestra compañía para que lo gestionaran. Respondieron quince minutos después: era imposible, no había nada que hacer. Durante dos días coincidían por allí una feria internacional de electricidad y otra de productos para el pelo, así que estaba casi todo completo en la zona y, desde luego, no quedaba ninguna habitación libre en los alojamientos que aceptaban extranjeros.

Debíamos seguir en el mismo hotel.

Me convencí de que todavía sería capaz de aguantar una noche más. Solo una vez más y mañana alegaría estar enfermo o simplemente me iría, desaparecería.

Pero esa última noche soportaría su venida. Un reto, una necesidad. Una elección.

·

Paseábamos con el dueño por la parte más industrial de la fábrica, donde había pocos hombres y las máquinas aumentaban de tamaño. De pronto, sentí unas náuseas más intensas que las del resto de la mañana. Había un pequeño pasillo entre dos grandes cubetas de acero y corrí hasta allí para vomitar. Cuando estaba terminando, levanté la cabeza. Sally y Wind se asomaban para comprobar que estaba bien.

—Resaca. Necesito un momento solo.

Gotas de sangre expulsadas por mi nariz tomaban formas vagamente circulares al tocar tierra y se mezclaban con el polvo del suelo. Las motas que flotaban sobre el engrudo de mis fluidos brillaban; el espacio estaba dominado por ventanales enormes, en un inusual día de primavera sin nubes. La luz del cielo cegaba.

Me incorporé secándome las lágrimas. Me vigilaban los dos cilindros. Parecían embarcaciones construidas con tubos. Olían a aceite y de sus estómagos salía el inequívoco sonido de los retortijones, solo que metalizado. Una sensación de hiperrealidad comenzaba a apoderarse de mí y entonces la vi, iluminada en diagonal por un rayo de sol incrustado en la arenilla volátil.

La vi.

·

Me habló a través de su mirada.

Había venido hasta aquí para decirme que se aparecía en la habitación del hotel por sus propios motivos, que nada tenían que ver conmigo. Yo no era especial y no me había elegido. Compartíamos el espacio por casualidad. Pero la noche anterior me había descubierto y ya no podía ignorarme. Ahora que sabía que yo estaba, me explicaban sus pupilas hipertrofiadas, ella debía actuar en consecuencia.

La chica muerta estaba dilatada, con unas proporciones incomprensibles. Casi tocaba el techo con su cuello.

Calló apartando de mí los iris negrísimos. Se fue, sin cerrarlos. Una ruptura recorrió mi carne.

Estaba vivo, pero Wind y Sally no lo sabían cuando llegaron corriendo después de oír mis alaridos y me encontraron con los ojos chorreando plasma y tirado sobre el polvo en una postura inconcebible.

·

Apenas podía hablar cuando desperté en el sofá de madera del despacho principal, con la cara hundida en el agua caliente de una toalla. Mi cabeza parecía haberse contraído y cerrado sobre sí misma. El cuero cabelludo me apretaba muchísimo, la piel estirada al límite de lo soportable.

No entendí por qué me había avisado en aquel lugar, en aquel momento, afuera donde el dolor era intolerable para ella, pero había conseguido hacerme comprender que la habitación era su pequeño atolón, su única propiedad aunque hubiera acabado allí de manera involuntaria, y yo era un intruso.

Mientras Wind estaba al teléfono, dando indicaciones a la ambulancia que llegó poco después, Sally, muy nerviosa, comprensiva, aprovechó que nadie nos prestaba atención para susurrarme algo.

—Creo que la he visto —y me abrazó, me abrazó sin fuerza porque entendió.

Así fueron mis últimos dos días.

·

Veo gente yéndose con su equipaje; el hotel se está vaciando. Creo que podré cambiar de habitación. A la derecha el ascensor se abre y es Wind. En menos de un minuto, con las mínimas palabras necesarias, logra sustituir mi llave-tarjeta por otra diferente.

Después trata de huir espantada de mi aspecto, de mi enfermedad, de mi historia que ya no oculto, pero la detengo con un abrazo que la paraliza. Al zafarse de mí, cuando le permito hacerlo, Wind sale a la calle sin mirar atrás. Deja la puerta abierta y en el cielo el sol ha empezado a caer.

En un stand, dos trabajadoras del bar custodian la entrada a los ascensores. No hace falta que entreguen los flyers: los hombres que franquean ese paso se los quitan de las manos, bruscos y alegres, agresivos.

Sí, esta noche sí dormiré en otra habitación.

Pero claro que va a volver, me digo. Es una habitación distinta, y está lejos de la suya, pero también lo estaba la fábrica y se presentó allí.

Abro la nueva puerta y me doy cuenta de que ya es de noche. Desquiciado por la anticipación y por el tormento físico que no se desvanece, pienso en Sally. Ojalá estuviera conmigo pero, después de acompañarme a la clínica, ha tenido que regresar al trabajo por una urgencia. No la esperaré. Decido seguir solo.

·

En el hospital me han dado una pastilla para dormir. Empieza a funcionar mientras el agua de la ducha limpia restos de sangre en el interior de mis oídos y enredada en el pelo. Al acabar no me seco ni me visto, solo lanzo las zapatillas de plástico contra la pared mientras caigo sobre las sábanas boca abajo, empapado.

Estoy dormido.

Son las diez y media.

·

Son las dos en punto. Estoy despierto, con los párpados disparándose en todas direcciones y las grietas extendiéndose por la superficie de mi calavera.

Ella está ahí, delante de la cama; aquí.

Pero desciendo de la cama para escapar y piso la moqueta encharcada. El grifo se había quedado abierto todas estas horas. La sensación de humedad abotarga mis tripas, mis genitales, sobre los que pierdo el control y se derraman ante la muerta.

El suelo en el que se hunden mis pies retumba por la orgía en la discoteca de la segunda planta. Los graves de la música distorsionan el perfil del espectro, como si le provocaran interferencias. Ella es material y es inmaterial, ella es el agua, es un río contaminado por una sustancia abisal incolora y todo lo que está fuera de su cauce, su habitación, es la piedra que rueda y la penetra. Soy las piedras sin erosionar que ruedan y la penetran.

Enseña las fauces. Grita en silencio y cada músculo que mi piel recubre vibra y se retuerce.

Si me acerco a ella, si se siente amenazada, me reventará antes de tiempo. Debo volver a la cama.

Vuelvo y mis dedos mojan las sábanas. Envuelto en ellas paso la noche, atrapado, temblando, entre el miedo y la hipotermia, ante la mirada de la chica convertida en una masa espástica erizada contra mi cuerpo.

·

Entran las luces más tempranas del día.

Con un gran esfuerzo, logro poner la mano sobre mi frente ardiente y la descubro abollada. La nuca está abombada. Las sienes ondean como una ola de plomo fundiéndose.

Entonces se abre la puerta y ella se va.

Respiro con el bufido de un globo deshinchándose. Noto mi tráquea. Tengo la tranquilidad de alguien que se dirige a un coma inevitable del que nunca va a despertar.

Esta vez la puerta no se ha cerrado tras ella.

Acostumbrada a una rutina solipsista, la muerta había olvidado que esta vez tenía una tarea que cumplir y regresa para terminarla. Se prepara para el final. Quiere acabar cuanto antes porque ella también cruje. Ella, como yo, está de visita en un espacio ajeno.

Reaparece en la habitación, sigue sin ser la suya, corriendo, con la boca abierta hasta los lóbulos y las pestañas, escupe polvo marrón y lo trago, me regala el primer sonido que emite en una década y que es un quejido trágico, heroico, dientes ennegrecidos en sus puntas, los brazos contorsionados y las manos delante del pecho, como garras de las que manan gotas de agua, grandes piedras de sal sucia en las uñas. Se detiene en su puesto, al pie de la cama.

El crepitar que recorre mi interior agota su caudal, desemboca por última vez en el aire y, por fin, mi cráneo cede.

Ella salta hacia mí y me muerde en el pómulo con suave firmeza. Puede que sea así como los espectros dan los besos de despedida a los vivos, o de bienvenida a los muertos. Me agarra, se asegura, me suelta.

Se marcha y me abandona en la que será mi habitación.

Chicas muertas