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La atmósfera de las canciones

La atmósfera es una capa que recubre el globo terráqueo, y otros globos. La usamos como metáfora para expresar las sensaciones transmitidas por ciertas películas o canciones.

Está por encima de la humanidad y nos escupe, mientras que la atmósfera de las obras es algo que nos absorbe. Ambas tienen en común que no nos permiten entrar, solo interactuar con ellas como voyeurs, desde fuera.

Cuando decimos que una canción tiene una buena atmósfera, quiere decir que hay un aire (no diré “aura”) que rodea cada punto de la música. Pero no de manera independiente, no es una capa individual para cada átomo de sonido, sino que es un todo y esa es su principal característica. La unidad.

La atmósfera de las canciones se parece a la niebla, por su espesor. Es muy distinta a las mónadas porque no contiene información, es sentimiento bruto. Se podría decir que la canción crea las condiciones para la formación de esa atmósfera, al contrario que la atmósfera terrestre, que contiene las condiciones para generar ciertos fenómenos climáticos. Es decir, la música hace nacer su atmósfera mientras que la atmósfera hace nacer su música.

Es impenetrable, pero no es un velo a retirar. No oculta nada, ella misma es lo que hay que mirar (escuchar), pese a no ser el objeto principal, ni la causa. Dirigir la atención al efecto es algo propio de las épocas románticas y de las nihilistas. Por eso bailamos tanto en el siglo XXI. Por eso también estamos pegados a las pantallas. Por eso los creadores no creamos demasiado, utilizamos máquinas como intermediarios que nos conducen a la obra final, que es lo que queremos. El proceso es algo de otro tiempo.

La atmósfera de las canciones no se deja analizar; o no se debería analizar. Tiene varios miembros, hechos de paja y de algodón, son como anémonas que danzan con las corrientes de agua mínimas, a punto de volar pero siempre atadas a una superficie. Así es la atmósfera, que no es nada sin la canción a la que hace olvidar. Y que, para empezar, probablemente ni siquiera sea una canción, sino un conjuro para invocar a la atmósfera.

Una nota, dos notas, tres acordes. Un ritmo, solo uno, ahora tres, ahora el dos que no habíamos oído la primera vez. Apenas unas series breves que se repiten hasta el infinito y espesan el aire al que son lanzadas por los aparatos técnicos.

La atmósfera rodea nuestro planeta. La atmósfera de las canciones nos envuelve, es una cuerda que va atando nudos alrededor de la piel, con mayor o menor fuerza dependiendo del tipo de canción implicada. Va atrapando poco a poco y se va deshaciendo con idéntica lentitud, afloja la separación del cuerpo de la vida que había provocado. Es decir, primero secuestra la sangre y después la devuelve al lugar en el que la capturó, posándola con suavidad.

Penetra la música el cuerpo.

Las orejas son una de nuestras partes menos estéticas, por no hablar de lo que tienen dentro. E incluso así son capaces de hacernos llegar eso que se está produciendo fuera de nosotros y para nosotros.

No todos los tópicos están muertos: la atmósfera de las canciones, es ya el momento de decir el lugar común, nos hace flotar. Y otro, aún mejor: nos perdemos en ella, y con ella.

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