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la colmena inagotable

La colmena inagotable

Se abre una de las compuertas de la colmena. Sale una chica gorda, es feísima. Tiene pinta de oler fatal. Sus hinchados pies le dan una oportunidad al mundo y pisan la tierra con el impulso de la fuerza de la gravedad, que está de parte de su tremenda corpulencia. Se dispone a subir la mirada para explorar lo que la rodea y aspirar el oxígeno de ese lugar lleno de posibilidades cuando, se da cuenta demasiado tarde, a cinco metros de sus ojos surge un cuervo que la engancha por el pelo y trata de elevarla. Tras una lucha, el animal lo consigue y desaparece al otro lado de la montaña con la gorda.

Pasan unos minutos y otra celda de la colmena se abre. Aparece una mujer desnuda. No es una mujer: como la anterior, es una chica. Más joven quizá. Mucho, mucho más delgada. Parece sorprendida por el viento, parece sentirse perdida. Pero no está triste; en esos estados de existencia no hay melancolía. No lleva ropa y sueña con zambullirse cuanto antes en el agua que, supone, le espera al final del recorrido. La determinación con la que arranca a andar se ve truncada por el cuervo que aparece desde no se sabe bien dónde y se la lleva sin esfuerzo. Ella ya no está desorientada y entiende lo que está pasando. Desde abajo, si miraras, le verías todo a la chica desnuda.

La colmena permanece cerrada más tiempo de lo normal.

Una compuerta se desliza pero no hay nadie. Se cierra.

Otra celda se abre con su característico sonido. Otra mujer. Lleva algo que se diría que es un uniforme. Esta no duda ni se sorprende, es algo mayor, salta y cae en una estudiada postura. Corre. No hay ningún pájaro. En el momento en el que suda, a mitad de su carrera, comienza a llover. Se siente bien, se siente libre. Siente que todo tiene sentido. Esta, cabe insistir, no duda. No puede contener más un grito pero no puede gritar porque un cuervo se lanza hacia ella, la picotea, la deja malherida y espera a que venga el resto de la bandada. Entre varios cuervos negros la elevan y van de nuevo en dirección a las montañas. Le hacen daño por el camino, mientras grita. Deja de gritar; o tal vez es solo que ya no se oye.

Un fuerte ruido de ajuste hace temblar la colmena. Lo que sea que haya allí dentro nunca descansa.

Se muestra otra mujer que aún no sabe que será la última. Su piel negra brilla por el sol del segundo mediodía. Avanza, come, orina, halla un estanque y juguetea con el agua. Al volver a la arena, ve una piedra con algo inscrito, unos símbolos que forman un lenguaje que ella, claro, comprende. Comprende también en ese momento que ha sido la última de una época que la colmena esperaba que fuera inagotable (la colmena, quién lo iba a decir, estaba equivocada). La mujer está apenada porque no podrá volver a disfrutar de esa sensación de pureza y de presente, de que aquí y ahora merece la pena su corta vida. Se sienta a esperar al ejército de aves, pero cambia de idea y decide que la capturarán corriendo contra el viento. Cerca de la colmena los ríos producen brisa y es en paralelo a una de las orillas que cientos de cuervos la atacan y se la llevan, muerta en el cielo mucho antes de llegar a la sierra.

Los cuervos terminan tomando la colmena. El ruido en el interior se hace más fuerte, el espacio se calienta y parece que todo va a estallar. Pero no. La actividad cesa, una columna de humo que escapaba del techo se extingue en unos minutos mientras las aves vuelan hacia las montañas y, después, hacia el mar que se esconde más allá de los valles.

Un río de sangre brota de cada una de las compuertas que se abren (se han abierto todas).


[Imagen: ‘The Hive’, Wolfgang Buttress; foto de Jeff Eden]

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