MENU CLOSE
la foto del gato

La foto del gato

Las calles están cerradas, como todas. Paseas por ellas como puede hacerlo cualquiera. Arriba hay ventanas enrejadas y a los lados muros y puertas, algún árbol y objetos que pertenecen a una no muy amplia variedad de humanos.

En el suelo ladrillos gastados, casi nuevos pero gastados, basura, horquillas caídas de un flequillo o de una coronilla, hormigas que no ves desde tu altura. Tierra. Y un gato.

El gato no estaba en el suelo, sino detrás de algo, dentro de un espacio, entre huecos oscuros bajo una mesa, encima de una caja de electricidad, al lado de un montón de pieles de cebolla tiradas por cualquier parte. Ahora está en el suelo frente a ti. Te gusta, es blanco, le haces mucho caso. El gato responde y maúlla con una vocecita preciosa, que imitas con prontitud. Tu respuesta le da confianza. Te rodea. Pasea entre tus piernas a espasmos pero con fluidez, como el niño que aprende a patinar hace zigzag entre los conos de colores puestos por el monitor callejero en la plaza, el domingo por la mañana. El gato es pequeño, un joven. Qué suerte que llevas la cámara a mano, la llevas colgando, es tan fácil. Y, si no, el móvil. Todo es tan fácil para ti, casi tanto como para el grácil gatito.

Le intentas hacer la foto, se mueve mucho. Se porta bien. Se la haces, ¡es perfecta!, solo un poquito borrosa pero te lo perdonas, en esas condiciones era así o nada, el dueño aparece y se ríe. Algunos trabajadores del mercado, el gato está por los suelos de un mercado callejero, dejan lo poco que están haciendo y os miran, contentos. No os hacen ninguna foto, ven esto todos los días, tampoco se les ocurre que la foto del gato será bonita, no se les ocurre pensar en la foto del gato. Pero están felices. El gato te ha hecho feliz un minuto, tú y el gato habéis transmitido el placer del nuevo amigo a los que os rodeaban, que no se cansan de la misma escena.

El gato es que es tan mono. En la foto sale mirando hacia arriba, hacia tu cara (¿o hacia tu cámara?), con sus orejas triangulares y sus ojos amarillos, enseñando los afilados colmillos. Cuánta alegría. La imagen parece tener sonido. El bokeh es como un aura que empapa todo lo que no es el rostro. ¿Qué vas a hacer con la foto? Mientras lo piensas, después de enseñársela a tus acompañantes, al dueño que vuelve a su puesto de abrillantar zapatos y hasta a un par de las mujeres del mercado, mientras decides qué hacer con ella el gato se marcha. O sigue andando junto a ti y eres tú quien se tiene que ir, tú con tu foto del gato.

Share your thoughts