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La serpiente baila

En la calle cada persona reaccionaba a su manera al viento que arreciaba y que anunciaba la tromba inminente, aunque había pautas que se repetían: unos corrían en busca de refugio y, cuando lo encontraban, se encajaban en él en posturas idénticas; otros paseaban sin miedo, apretando con decisión el mango de un paraguas que sería inútil ante la fuerza de la tormenta. Pero, independientemente de cómo hubiera sido nuestro día y adónde nos dirigiéramos, todos pensábamos en lo mismo: el aguacero era inevitable.

Abandoné la vía principal para adentrarme en una retorcida lengua que conectaba dos avenidas paralelas. Aquella era una de esas callejuelas que recorren las zonas residenciales y las convierten en laberintos; mi urbanización se encontraba allí, pero quedaba aún a varios recodos y no iba a conseguir llegar antes de que arrancara la lluvia. Dejé atrás la entrada en cuesta a un garaje, frente al cual, en la calzada, había una mujer que parecía congelada. Y nadie más.

Un coche pasó y añadió un sonido al solitario eco de mis pisadas, haciendo el silencio más evidente. Sus ruedas se llevaron los últimos ruidos que resistían en el ambiente; en aquel vacío sentí lo irrelevante de mi presencia en la ciudad. Comenzó el chaparrón.

—¡Lloverá! —había gritado Shanpei esa mañana, cuando yo iba a trabajar. Negué su predicción sin atender de verdad a lo que decía, como tantas veces.

Alcancé un soportal, con la ropa ya mojada.

En cuanto me acomodé, descubrí que la mujer estaba ahora delante de mí, bien plantada en un punto fijo de la acera, al descubierto bajo el torrente. La rodeaban charcos que contenían los reflejos en ebullición de las mortecinas luces de las farolas. El agua que caía perfilaba el contorno de su silueta. No se distinguían rasgos o colores, solo las curvas de su figura y las gotas que chocaban con ella.

No me había visto.

Quizá porque pensaba que nadie la miraba, se sintió liberada en aquella calle tomada por la lluvia, apenas iluminada y por completo desierta, y empezó a moverse.

Bajó la cabeza, que quedó como colgando de un árbol, como si la esfera quisiera escapar del cuello pero lo hubiera impedido la voluntad de su dueña. Cuando se estabilizó en la nueva postura, su mano salió despedida de la muñeca hasta que no pudo alejarse más, a un lado del torso, estirada en perpendicular al estómago. La segunda mano se elevó con brusquedad y copió a su hermana, en la parte opuesta del tronco.

Parecía estar preparándose para iniciar algo. Quizá calentaba para saltar desde la calzada hacia el firmamento que flotaba a la deriva sobre nosotros, impulsarse con las piernas para elevarse hasta las nubes de tormenta y resbalar por el interior y fornicar con el cérvix de la lluvia, mutar allí dentro en un larguísimo ser de escala incomprensible y enseñarle los colmillos al universo. Parecía tener un plan.

Comenzó a bailar.

Los dos brazos se dispararon hacia arriba y después se apartaron de los hombros cuanto podían hacerlo sin llegar a desmontarse de ellos. Disminuyeron la velocidad justo antes de detenerse en tensión unos segundos y empezaron a serpentear. Se agitaban con lentitud pero con una fuerza concentrada, descoyuntados aunque seguros de la rítmica de sus movimientos, de una fluidez contradictoria. Las gotas rebotaban espantadas. Yo me sentía tan asustado como excitado.

Sus caderas se contoneaban. Primero con rigidez y, tras haber adquirido soltura suficiente, con la agilidad de una serpiente anfibia nadando en un estanque. Golpeaban a izquierda y a derecha mientras los brazos ondeaban contra el viento. La escena transmitía una imagen líquida, la de una gelatina de barro ejecutando una danza para invocar a la mandíbula que la ha de devorar. Una liturgia de sacrificio.

Me vio.

Su cuello giró y, tras él, el resto de su cuerpo. Se revolvió en su eje hacia mí, sin dejar de bailar. Con confianza, con sus ojos abiertos contra los míos. Reptó hasta donde yo estaba, llegó como si arrastrara unas alas rotas desplegadas desde las junturas de sus escamas hexagonales. Pero no tenía escamas: solo era una mujer. Una mujer que bailaba con asombrosa flexibilidad y precisión bajo la lluvia.

Su cabeza se bamboleaba, su torso subía y bajaba, las piernas frías, inmóviles. Se acercó tanto que habría olido su aliento si lo hubiera tenido.

De un salto me aparté de su boca y corrí hasta la entrada del garaje porque era la única dirección en la que no estaba ella. Quedé con un pie en la rampa y otro en la calle, mi cuerpo inclinado en un ángulo inadmisible para cualquier coreógrafo sensato.

El aguacero terminó. Después vi los relámpagos por primera vez.

El fango empezó a secarse en el instante en que paró de llover. Se encendieron los farolillos rojos que adornaban cada árbol. El papel de una de las lámparas se había roto y pendía, a punto de separarse. Pasó el último autobús de la noche, levantando una corriente de aire que hizo que el trozo se desprendiera como una piel en muda.

Me invitó a unirme a su danza y acepté. Me permitió elegir y acepté.

Actuado por un dúo, el baile dejó de ser una potencia vacía y lo nutrimos de significado, aunque aún sin demasiado rigor ni compenetración.

La puerta del garaje se abrió, era su deseo, y descendimos con ceremonia. Cada zapateo reverberaba en el subterráneo. La noche bullía y creaba vapores, también allá abajo. No cesamos de mimbrear ni un momento, empujados por el retumbe casi constante de truenos perdidos.

Tomó mi mano con la suya, húmeda, y con paciencia me enseñó los pasos fundamentales. Sin hablar, sin decirme para qué nos movíamos. Era una hábil maestra; no creo que yo fuera su primer alumno. Nuestros cuerpos llegaron enseguida a contorsionarse al unísono, como si yo llevara siglos realizando el ritual. Como ella.

Shanpei me esperaba en casa, pero quizá se alegró de que no volviera. Ella dormiría tranquila mientras su marido se retorcía espástico, con elegancia ofídica, emparejado con una mujer misteriosa en el arranque de la madrugada.

Oí un ruido y traté de soltarme, pero la mujer entrelazó sus dedos con los míos y apretó. La persiana del garaje se había abierto. Entraron unos faros que me cegaron, aunque no me afectó porque no necesitaba ver para danzar, y seguimos danzando cuando nos escondimos detrás de una columna y también durante la serie de chasquidos y pisadas que acompañan a todo proceso de aparcamiento en un recinto subterráneo. Me planteé gritar, pero sé que a ella no le habría gustado, así que me tragué a tiempo mi desagradecida petición de socorro. ¿Acaso precisaba ayuda?

Se cerró la puerta metálica, la que tenía la barra roja, y alguien desapareció en el interior del edificio ignorando que tras la columna la serpiente bailaba.

La serpiente cantaba sin voz. Cantaba a través de su piel y yo lo sentía, sentía la amplitud del espectro de sus tonos, su necesidad de mí para el fin mayor. Vibrábamos juntos.

Me hizo entender que esta fase tocaba a su fin y que debíamos tomar las calles en la siguiente etapa. Enfilamos el camino. Nos esperaban.

·

Lo llevo conmigo al exterior. No entiende por qué bailo, por qué baila, pero me sigue. Siempre me siguen. Pero nunca saben a dónde y a veces no llegamos. A veces fracaso y no terminamos el camino. Al principio siempre creen que estamos solos, que solo nosotros bailamos.

·

Cuando salimos era casi de día. Me dolían los músculos después de tantas horas agitando miembros, contrayendo y relajando los enganches entre las distintas partes de mi cuerpo. Una gota resbaló por la puerta del garaje al fundirse con la brisa que acompaña a la aurora.

Parecía que me llevaba a algún sitio concreto y no me opuse. Quería ir con ella. Quería aprender a bailar de verdad. Eran deseos auténticos que surgían de mí mismo porque yo, si bien mis movimientos no estaban por completo bajo mi dominio, no dejaba de mantenerme consciente, de tener voluntad propia. Reflexionaba al tiempo que gozaba del perfecto camino del sacrificio.

—Cariño, he conocido a una mujer increíble. Mira, mira cómo nos deslizamos. Pronto llegaremos a nuestro destino.

Shanpei se sorprendería. ¿Quién eres?, me diría sin esperar respuesta. No sabía que disfrutabas de ser devorado.

Al girar cierta esquina, la luz fría de un sol oculto tras el cielo de tormenta me mostró a otro hombre que danzaba. Como yo, iba de la mano con una mujer que, como la mía, vestía ropas que se dirían imposibles de secar. En él también detecté el placer de ser arrastrado por la vorágine, el gozo de sentirse cumpliendo un designio unívoco.

De golpe, con un escalofrío sutil, la seguridad de mi serpiente se quebró. Sudaba y sufría unos temblores que no eran parte de un plan. Quizá se puso nerviosa al cruzarnos con otra pareja porque le confirmaba que todo era real y que el momento se acercaba. O tal vez su baile se volviera un poco errático porque perdió la fe en el sentido de su objetivo. ¿Podían ellas dudar? Sin embargo seguimos andando, rumbo hacia el lugar marcado y aguardando el acontecimiento que hacíamos lo necesario para provocar.

Lloviznaba.

Por las calles había cada vez más parejas que, zarandeándose, se desplazaban en nuestra misma dirección.

·

Estamos yendo todas, hacemos el camino mientras esperamos la señal. Pero no llega. Otras me miran, ¿por qué me miráis? Solo debemos mirar hacia el vértice donde él va a reposar. Dejad de mirarme, concentraos en el vértice.

·

—Cariño, ¿no te has preguntado dónde estaba? ¿Con quién? ¿Te has sentido sola sin mí? ¿Vacía?

·

La señal.

·

Entramos en la avenida principal de la ciudad, la que cruza los tres distritos centrales. Al fondo se veían los rascacielos y comenzaba a comprender que nos llevaban allí. Sobre el cuerpo de aquellos edificios parpadeaban luces: relámpagos; aunque ya no llovía y ni siquiera había nubes. Creo que todos los componentes completamente humanos de la procesión nos preguntábamos lo mismo:

—¿Qué son esos rayos?

¿De dónde venían? Mi pupila se dilataba como reacción a cada destello y volvía rápidamente a su pequeño tamaño habitual.

Me di cuenta de que no caían sino que emergían. Procedían, azules, húmedos, de un punto en la superficie más o menos a nuestra altura, aún algo lejos.

Observé a la mujer. En su piel de serpiente se reflejaban los estallidos que se producían a dos kilómetros. Estaba muy agitada, ansiosa por llegar, por cumplir. Inquieta, insegura. Me transmitió sus nervios y mi baile tendió a la irregularidad, aunque lo corrigió con prontitud cerrando su puño con fuerza sobre el mío para marcarme con claridad el ritmo, cada apretón justo cuando deberían de haber sonado (pero no sonaban) los truenos.

Por fin dejamos de ser una simple pieza separada del espectáculo y pasamos a formar parte de la multitud. Cuerpos dobles, maestra y sirviente, integrados en un único ser que a su vez se combinaba con otros, una acumulación de danzantes diluidos en la fluidez de una coreografía inevitable que conformaba una entidad monádica. Un rito. Brillábamos con intermitencia.

Así, persistiendo en la importancia de cada uno de nuestros movimientos, que conservaban su sentido aunque habían perdido su potencia visual individual disueltos en la masa ofídica, llegamos al gran espacio de la zona financiera.

Era una calzada peatonal situada en el intersticio entre los rascacielos de un lado y los del opuesto. A modo de túmulo, la planicie de cemento culmina en cuatro series de decenas de escalones cada una, cuatro tramos en forma de trapecios progresivamente menores. Allí, en el pico de lo que se recibe como una pirámide, hay una gigantesca pérgola; desde ella parecían crearse los relámpagos. Algo enorme estaba en el interior, algo vivo pero que no podía bailar.

·

—Él también ha venido. Él también baila —observa Shanpei, marginalmente sorprendida.

·

Las mujeres elevaron el rostro hacia lo que debían de ser millones de agujeros suspendidos en el aire a través de los cuales, de cada uno de ellos, se esparcía un chorro. Abrieron las fauces y se empaparon en la lluvia que se volcaba desde más allá de la atmósfera. Sonrieron y nosotros con ellas. Calados, juntos, compartimos el secreto del origen del agua. Ahora todo iba bien; las dudas habían sido infundadas. Las partes se vinculaban. Habíamos posibilitado la llegada.

Ya no éramos sino fragmentos ensamblados en una combinación cerrada sobre el pavimento, erguidos y potentes, esclavos de nuestras tutoras como ellas eran sirvientas de lo que estaba en la elevación, dentro de la pérgola. De lo que era incapaz de dinamismo. Del perfecto coreógrafo.

Danzamos a mayor velocidad, saltándonos en el frenesí algunos de los movimientos pero ganando en densidad simbólica. Golpeamos el suelo. Con nuestras patadas logramos propulsar la lluvia hasta que cubrió el resto de la ciudad, para concitar a la ciudad, porque queríamos que la ciudad viniera cuanto antes. Apretamos las manos, hicimos la comunión más fuerte, más feliz.

Pero algo falló y el aguacero, de súbito, se extinguió.

La luz de los rayos no volvió a cegarnos y, al desaparecer la cortina de agua, vi de nuevo la pérgola en la pseudopirámide que mi pareja y cientos más habíamos estado escalando, sin ser conscientes de la subida hasta que el rito descarriló.

Habíamos fracasado y las serpientes, no de manera simultánea sino una tras otra, desde la más próxima al tenderete hasta la que no se divisaba porque aún estaba en camino, en el horizonte de la calzada, empezaron a bufar aceptando su responsabilidad en el desastre. Nos soltaron las manos en orden como una cremallera que se apartara asqueada de la piel que había estado protegiendo y se precipitaron en estampida hacia el último de los trapecios. El más pequeño. El que albergaba lo más grande.

Reptaban sobre sus dos piernas como bastones de cartílago herido que se deslizaran por un suelo corredizo. Sus cuerpos ya no eran gráciles, la coreografía ya no era marcial aunque seguían sabiendo lo que hacían y lo que necesitaban hacer. La situación había cambiado y las mujeres tenían ahora una nueva misión y esta debía llevarse a cabo sin demora. Llegaron a lo que había perdido su derecho a considerarse una pagoda sagrada y, en cuanto se acumularon a su alrededor, los siseos ensordecieron el lugar. Comprimí los párpados como reacción al dolor en los oídos; gracias a que mis ojos se rasgaron pude entrever lo que reposaba allí dentro, aquello a lo que servían. A lo que yo mismo estaba sirviendo. Y aquello temblaba. Y lo mataron.

Un alarido final inundó de luz eléctrica el espacio. Habían hecho lo que debían hacer si no lograban consumar la función. Era la diferencia entre ellas y nosotros: ellas sabían desde el principio que podía salir mal.

¿Se cometió un error? ¿Un paso defectuoso, una pasión insuficiente? ¿Fue culpa de alguien o de todos?

Un reguero negro cubrió la escalinata. Se marcharon por el costado opuesto al nuestro, cabizbajas, con los brazos caídos, en lento desfile. Nos dejaron solos. Nos abandonaron.

Miré a Shanpei. Me devolvió la mirada. Se acercó y me dio la mano y emprendimos juntos el camino de vuelta al hogar, sin ganas de bailar.

Los hombres dan otro paso