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Los años de la sirena

Salió el sol y secuestraron a la sirena. Era la hora en la que solía emerger de entre la espuma de las olas. No la capturaron por ser una criatura especial, sino por asociarse con subversivos: había ayudado a exiliarse a muchos perseguidos por la nueva Junta del Hainan Independiente. El régimen no tenía forma de probarlo, pero lo sabía y eso, como suele pasar en estos casos, era suficiente.

La sirena era un ser pestilente, con un cuerpo en ebullición constante, recorrido por ampollas siempre a punto de abrirse. Su piel de esparto mojado olía a hueva podrida y las escamas de la cola se caían sin mediar movimiento. Se descascaraba día a día y al día siguiente recomponía lo perdido, pero en peor estado. La abyección estaba en su naturaleza, aunque las circunstancias, los pasos del océano a la sequedad del hormigón del puerto, la habían aumentado.

En paz o en guerra sobresalía su rostro, grasiento, como un racimo de pasas pegadas. En su cara, no en sus ojos, residían las capacidades hipnóticas que hacían obviar el resto de su odioso ser. Contemplarla era embrujarse, quedar aletargado.

—Mírame —la sirena aparecía por sorpresa. Los guardias del puerto la tenían que mirar. Embotados, empezaban a despedir baba y permitían así, por omisión, huir a los que huían.

Ahora la golpeaban en una camioneta y su hechizo no funcionaba.

—¡Mírame! —gritaba la sirena, revolviéndose con la cabeza dentro de un saco.

Antes, en el océano, nadie la miraba. Nadie se preocupaba por ella. Vivía sola, cerca de un banco de arena sobre el que se recostaba por las noches. No recordaba su origen, tampoco si tuvo familia. En sus primeras memorias ya se veía con cuerpo de adolescente feral, ya cazaba y tragaba peces y pulpos casi tan anchos como su garganta. Madurada salvaje, estaba más cerca del animal que del ser humano.

No se ocultaba a los hombres de la orilla. Aunque con ellos era tímida y pragmática —le llevaban comida—, se preocupó cuando disminuyeron y cuando, entre los que aparecían, algunos comenzaron a llegar heridos. Primero varios con moratones. Otro regresó con quemaduras en las zonas visibles de su cuerpo. Después a uno le saltaron un ojo y lo dejaron libre, como aviso.

—¿Qué está pasando? —gritó la sirena, que siempre se mantenía a una distancia de varios metros, para no espantarles ni causarles náuseas.

Le resumieron la situación política, el golpe de estado, la represión selectiva que devino indiscriminada.

—Quiero ayudaros —dijo. La criatura no entendía la injusticia, pero sí el dolor.

—¿Qué puedes hacer? Además de nadar.

—Esto —les mostró los efectos que podía causar el diabolismo de su rostro.

Y así llegó la sirena a sacar del país a muchos disidentes, reales o perseguidos como tales. Se sentía importante, por primera vez en su vida.

La sangría de exiliados humillaba a las autoridades. Uno de los refugiados, prestigioso poeta, icono de la resistencia, contó a un periodista demasiados detalles de su fuga. Y todo se descubrió.

La encontraron. No necesitaron tortura, porque un vigilante del puerto les contó de buena gana que salía al amanecer. Cuando la secuestraron, le concedieron ser el primero en violarla.

·

El viejo matadero volvía a vivir días de gloria. Las paredes, de nuevo, cubiertas de sangre. El lugar estaba muy animado.

Al dispar catálogo de sediciosos se unió la sirena. El protocolo exigía rellenar una ficha de registro con sus datos, pero no se pudo completar. No había nada que poner en la casilla de “Nombre:”. No tenía. Dentro del agua no se podría haber pronunciado y en tierra se la reconocía sin necesidad de apelativo. Era lo que era. Cualquiera podía verlo.

La tiraron a una celda seca, cubierta de polvo.

A la mañana siguiente no era más que un trapo arrugado y sucio.

—Mira la cola qué hinchada. Parece una merluza empanada —según un comentario jocoso del primer custodio que entró.

Minutos después, ese mismo chistoso se dio cuenta de que la sirena necesitaba humedad y le meó en la cara. También le clavó unas agujas en la nuca, donde se quedaron dos días y despertaban a la criatura cada vez que la cabeza le caía al suelo, cuando conseguía quedarse dormida.

Querían que diera nombres y datos y a ellos solitos se les ocurrió, como a tantos miles antes en la historia, que estos métodos eran los mejores.

No funcionaron. La sirena sabía hablar la lengua de los torturadores, con esfuerzo y vocabulario limitado pero de manera comprensible, y eligió no hacerlo, más por orgullo de animal que para proteger a los hombres de la orilla.

Como castigo, pasó seca cuatro noches. Le vertían algo de agua por encima, la cantidad mínima para que siguiera oliendo a pescado podrido sin llegar a pescado muerto.

De poco sirvió. Al quinto día, la sirena agonizaba. Se deshacía como una toalla húmeda al sol. Pero no debían perderla; órdenes de arriba.

La trasladaron a una habitación aún más sucia, entre puñetazos al rostro nunca contemplado directamente y dedos entrando y saliendo de su cloaca, ya dañada por el pene del vigilante del puerto.

El nuevo espacio tenía una bañera, las varillas de la estructura oxidada de una camilla y un pequeño ventilador.

—Nos caes bien —dijeron.

Echaron a la sirena al agua, que parecía un hervidero de renacuajos muertos. Al caer saltaron unas gotas dentro de la boca de uno de los hombres.

El líquido contenía mucho cloro y la sirena empezó a perder sus escamas. Se le desprendían con gran dolor, despegándose como costras aún demasiado nuevas. También se le cayó pronto el pelo. Y su piel humanoide se desguazó cuando el desinfectante dejó de actuar. El agua se tornaba verde y azul mientras acumulaba pedazos del ente maravilloso.

Los torturadores, funcionarios en la sombra, le metían pescados vivos dentro de la garganta, como si fuera una foca. Los animales coleaban y amorataban los labios de la sirena, que luchaba para introducirlos por completo en su estómago antes de morir atragantada. Eran enormes.

—¡Come! —decían entre risas—. ¡Que comas!

—¡Y que hable! ¡Habla! ¡Habla ya! —y golpes.

Por la mente de la sirena no pasaba mucho. Odio. Poder. Borrosas figuras de los sádicos, reacciones de miedo eléctrico ante cualquier movimiento en la habitación. No llegó a acostumbrarse al dolor de los calambres, de los pinchazos en las heridas que nunca permitían que se curaran del todo.

Pasaron los días y con los días las semanas. El tiempo y el espacio se volvieron indistinguibles entre sí para el ser fantástico, como les había pasado —y les seguía pasando— a las víctimas humanas de las celdas contiguas.

Desistieron de interrogarla, aburridos y asqueados. Los jefes miraron hacia otro lado. Algunos de los torturadores subieron con ella a una barcaza y se emborracharon en el mar, donde la abandonaron, lejos de la orilla, seguros de que había muerto porque flotaba boca abajo como los peces en zonas de agua estancada. El vigilante del puerto se guardó el cuchillo, sin limpiarlo.

·

Volvió la democracia a Hainan y al resto del sur de China. Los muertos no volvieron. Solo algunos convertidos en fantasmas, pero eso a nadie sirve de nada.

—No hace falta tener al fantasma de tu marido en casa para recordarlo durante el resto de tu vida —decía una señora.

Ciertos jefes intermedios, además de algunos torturadores con buenos contactos, fueron identificados y públicamente indultados. Otros, los menos, pasaron breves temporadas en prisión para calmar ánimos. Los máximos responsables fueron ignorados, muchos siguieron en puestos de mando.

Tras un tiempo de tensión latente, un velo cubrió la sociedad y la vida continuó como pudo, como antes.

Los que causaron el calvario de la sirena tuvieron pesadillas. Ahora eran conductores de autobús y taxi, camioneros, esforzados vendedores, gerentes de restaurantes típicos, funcionarios a lo largo de todo el escalafón. También tenían sueños eróticos.

·

La sirena no había muerto.

Permaneció inconsciente largo tiempo, flotando a la deriva entre babosas marinas y algas de la plataforma continental. Por un mecanismo automático de su vejiga natatoria, su cuerpo, por sí mismo, subía a la superficie cuando se le agotaba el oxígeno. No necesitaba comida porque no gastaba nada de la poca energía que le había quedado.

Las heridas abiertas se cerraron con sal, los desgarros primero se inflamaron y después se endurecieron, las ampollas explotaron desparramando hilillos de líquido por el agua.

El dolor estaba dormido, como su consciencia. Su cuerpo, la catástrofe, esperaba.

·

Despertó. Solo pudo abrir un ojo. El otro ya no estaba. Su cara era una pura brasa a medio consumir, su cloaca un anillo de fuego nunca apagado. Había perdido la voz; no recordaba cómo, pero la incisión cicatrizada en su garganta daba todas las pistas.

Su lucha por la supervivencia había acabado. La lucha política la había olvidado. No olvidaba la crueldad de sus captores. Sus caras, muy presentes.

Ardía dentro del mar.

Como criatura poderosa, no renunciaría a su derecho natural a la intolerancia. Tendría su venganza, causaría en otros su dolor. Los torturadores iban a perder la exclusiva de disfrutar del placer del absurdo de la existencia.

·

Recordaba a cuatro. Solo a cuatro. El que se reía a su costa. El que le incrustaba y movía el dedo en el agujero de la cloaca. El vigilante del puerto. El nervioso y muy feo jefe de la cuadrilla. Tendría que bastar con estos.

Los buscó y los encontró. El rebaño de la muerte había sido condenado.

Fue a por ellos. Los secuestró tan cerca del alba como pudo, en días diferentes, haciendo uso de habilidades fantásticas que no sabía que tenía y que dominó tan pronto como emergieron, sobre la marcha.

Apresó al primero cuando salía de la panadería. Un único golpe en la sien.

—¡No! —dijo. Se desplomó.

El segundo se vio sorprendido dentro de su coche. La sirena lo empujó al asiento trasero y allí lo ató. La radio se encendió al volver a poner el coche en marcha. No era música. Sonaba a gran volumen.

—¡Tú! ¡Zorra! —había dicho, antes del estruendo.

El tercero desayunaba en su cocina y presenció el quebranto del cráneo de su hija pequeña por un coletazo del iracundo ser marino que, antes de meterlo en un saco, dejó pasar unos segundos para disfrutar de su expresión congelada de horror.

—¿Por qué yo? —lloriqueaba sobre el cadáver de la niña.

La criatura invocó para la ocasión a un avatar de ella misma, con forma por completo humana. Incitó al cuarto hombre con mudas promesas de sumisión sexual. Al final del camino, un almacén abandonado, en el que ya esperaban tres de los cuatro torturadores.

—¿Es aquí? —preguntó, tocándose la entrepierna.

La nave, comprada por la sirena con dinero en efectivo, robado, estaba en una zona industrial agotada, no lejos del puerto, por la que ni siquiera pasaban los vagabundos.

Había tapiado las puertas con un grosor imposible de destruir sin instrumentos de derribo. Lo mismo con lo que quedaba de los ventanales. El suplicio planeado duraría lo que tenía que durar.

Todos pasaron por lo mismo al llegar. Con la cabeza dolorida, despertaban en un angosto cuarto vacío.

—¿Qué…? —empezaban a decir.

Recibían otro golpe, que los callaba.

Subían poco a poco la mirada hasta que, aterrados, se encontraban con el cuerpo de la sirena. Seguían subiendo, impelidos por el deseo. Al llegar a su cara viciosa quedaban congelados.

La criatura daba unos saltos atrás para que pudieran verla bien y después gateaba pausadamente hacia ellos. Los tumbaba en el suelo y les caía encima, inmovilizándolos con su cola que pesaba y se sentía como el muslo menstrual de una parturienta reciente. Los hechizados tenían una erección incontrolable al contacto con esa carne jugosa y apestosa.

—Sigue… —balbuceaban.

Cuando su excitación les hacía sentirse seguros, todo acababa. La sirena resbalaba su siempre desnudo torso desde la cabeza a los pies del torturador. Era la única forma que tenía de incorporarse, pero lo hacía con el gusto de un capricho. Disfrutaba convirtiendo en realidad la lógica de su lugar natural en la jerarquía del mundo.

Después los arrastraba escaleras abajo.

En la parte central de la nave había cuatro sillas de aluminio barato, colocadas en formación de rombo. Los desnudó, los sentó y los ató con cable de acero. Todos se veían mutuamente. Con los años llegarían a sentir el calor, incluso los pelos del brazo del hombre contiguo, pero jamás lo tocarían.

Se sentaban sobre un círculo cortado en los asientos para que orinaran y defecaran. Sus restos orgánicos caían por otro agujero que había en el suelo y daba al sótano, donde chocaban con el cemento.

—Plof —repetía el chistoso los primeros días. Nadie se reía. Ni siquiera él—. Chof.

La sirena también había construido —y ocultado— un minúsculo túnel subterráneo, por el que salía y entraba cada par de días para alimentarlos con gachas de arroz, restos de pescado, pan húmedo.

Bebían ellos mismos de un amplio chorro roto que caía del techo, constantemente. De vez en cuando abrían la boca y conseguían tragar un puñado de gotas.

Estaba oscuro, pero había un tubo de neón azul detrás del espacio entre cada silla, cinco metros por detrás de los hombres. Iluminaba sus perfiles con una luz cadavérica. Esas luces nunca se apagarían.

·

Más allá de la logística, la sirena no había reflexionado mucho sobre la venganza. Ahora, con el tormento de los torturadores en funcionamiento, podía detenerse a contemplar su obra.

Se tumbaba en el centro de las sillas y los miraba durante horas, enroscada sobre su cola.

Los veía sufrir, llorar, oler sus excrementos porque no tenían otra cosa que hacer, los veía recibir un entrecortado pero interminable camino de agua sobre sus cuerpos inmovilizados.

—Por favor —los oía suplicar. No entendía qué pedían.

—Ya verás —decían a veces, las primeras semanas.

El martirio de los hombres le dibujaba una infernal sonrisa, tan grande que ocupaba toda la parte inferior de su rostro. Era intensamente feliz. Era poderosa, esta era la prueba.

Cuando nadaba, veía la imagen de los cuatro hombres, sentados y atados. Se veía a sí misma deshecha en la bañera, desmigajada, sin reconocer los restos de su cuerpo que flotaban a su alrededor, acumulados en el agua. Comparaba las dos situaciones y alcanzaba la plenitud, por primera vez en su vida. Esto era muy distinto de la satisfacción de cazar animales más pequeños para comer, de saltar de una corriente a otra según la estación.

Desconocía que pudiera sentir emociones superiores y ahora que las tenía, y eran suyas, estaba desbordada. Rebosaba amor.

Le hubiera gustado preguntarles qué sentían, qué pensaban, si se arrepentían. Cómo la veían ahora. Su opinión del país, del mundo. Pero no podía hablar porque ellos le sajaron la garganta. En un ataque de rabia, les extirpó la lengua.

—… —decían desde entonces.

Después se le ocurrió la racional idea de cortarles los dedos para que, en caso de que llegaran a tener papel, no pudieran escribir su presente y su memoria. Los cortó. Los dejó caer al sótano. Nunca tuvieron papel.

Hacía algo por los hombres: limpiarles los ojos, para que no dejaran de ver. Ellos se resistían, intentaban negar la verdad apagando su mirada. Pero no tardaban en volver a levantar los párpados porque no podían soportar la ceguera durante demasiado tiempo; la oscuridad era más terrorífica que la luz. Era mejor elegir el neón.

Había otra razón. Con los ojos abiertos podían compartir su pena por no ser capaces de entregarse a la demencia. En los otros hallaban un amigo, alguien que comprendía su falta de arrepentimiento. Se miraban y asentían.

—No hay nada que pensar —les hubiera gustado decirse.

—Nada que decir —y habrían callado.

¿Sufrían por el terror, por el daño causado? ¿Recordaban con lástima a sus víctimas? No. No. Ni uno solo de ellos cuatro. Y eso nunca cambió.

Nunca se preguntaron si habían hecho lo correcto en la época de la Junta. Lo habrían vuelto a hacer, y por decisión propia, solo que mejor preparados —con armas— para afrontar las consecuencias: el poder de la sirena.

Cuando la criatura se tumbaba entre ellos, ufana, se lamentaban de que sus cicatrices hubieran tenido tiempo de cerrarse. Durante largas horas, imaginaban métodos de tortura con los que podrían haberla hecho sufrir más, por placer, por justicia, ya sin tener que apelar a la coartada de estar buscando una confesión. Y luego la veían muriendo de infinidad de maneras, en sus manos. Ensartada. Disparada. Despellejada con un raspador de escamas. Ahogada en sus líquidos. Desangrada. Podrida, como de hecho estuvo a punto de morir.

Ninguno sabía que los otros tenían el mismo tipo de pensamientos, mientras sus nalgas se aplanaban y sus piernas se atrofiaban en las sillas.

·

Pasaron los años y con los años las décadas.

Hubo muchos cambios políticos. Ni la sirena ni los hombres les prestaron atención. Todo les era ajeno y nada echaban de menos. El mundo era los otros cuatro.

Pasaron algunas cosas que se fueron como llegaron: una infección por un corte, tres tormentas terribles, un viejo torturador que descubrió el escondite y trazó un plan de rescate que acabó en el sótano, donde la sirena lo mantuvo unas horas a oscuras hasta que encendió la solitaria bombilla del techo para que contemplara cómo ahogaba a su mujer y a su hijo con una bolsa mientras los evisceraba, y luego murió deshidratado y babeante y loco y sin poder quitarse las manchas de sangre que le habían saltado y en las que se reflejaba la luz.

—No tendría que haber pasado… —repetía.

No había futuro allí, todos lo aceptaban. El presente era tan previsible que tampoco formaba una realidad temporal, solo física.

Los hombres eran pequeñas dunas de mugre que se cubría a sí misma. Sus muñones, roca ligera. Su piel y vello, pistas de descenso de sudor y sangre y orina, y semen de sus poluciones nocturnas, cada vez más frecuentes.

Deseaban intensamente a los otros. Pero solo en sus sueños podían tener sus caricias, tocarse entre sí, a sí mismos. En sus sueños se tumbaban y dormían juntos, desnudos, abrazados. Fantaseaban con orgías entre la porquería del sótano bajo las sillas, apenas intuido por sus sentidos. No había diferencia entre el contenido de su mente dormida o despierta. Querían que pasara, exactamente, lo que imaginaban. Amaban.

La imposibilidad del cariño les hacía gritar.

Mientras, la sirena nadaba, pescaba, simple instinto, como antes de la dictadura. Ni siquiera la venganza le atañía ya. Poseía a los hombres y los visitaba y alimentaba con la abnegación de una madre que lleva comida a un hijo emancipado.

Los cinco formaban una familia. Se querían o se odiaban, según tuvieran el día, como todas las familias. Solo hablaban de las cosas importantes, sin hablar. Se necesitaban y no tendrían nunca a nadie más. Como los miembros de cualquier familia.

·

Más décadas.

La nave estaba tranquila. Como muerta, menos por el olor.

No había política. El tiempo, acabado. El deseo no se extinguió. Los hombres tuvieron mucho frío. Tuvieron mucho calor. Escucharon la lluvia abollar, a lo lejos, el techo de asbesto. El neón siguió iluminando. Sus sombras en el mismo sitio, quemadas sobre el suelo, detenidas, perdida la memoria de sí mismas. Sus funciones orgánicas se completaban. Y nada más.

Y silencio. Silencio. Y algo más.

El silencio lo rompía algún llanto o grito ocasional, cuando uno de los hombres se daba cuenta de que estaba vivo.

Eran ancianos olvidados en un asilo cubierto por la arena del siglo.

Nadie los visitaba nunca. Solo su víctima. Su maternal sirena.

·

Murieron.

Después del primero, que no importa cuál fue y murió de viejo en el sueño, la sirena apagó el agua. Dejó de llevar comida. Por primera vez, no le vio sentido a seguir.

Murieron rápido, sin darse cuenta de que los otros estaban muertos, incapaces de distinguir entre los gritos y el silencio. Entre el olor de la vida acumulada y el de la muerte nueva.

La sirena regresó al océano, para quedarse. Solo dos humanos volvieron a avistarla; la sirena les concedió el don de un asesinato expeditivo.

Vivió algunos siglos. Perdió la mayor parte de su capacidad de raciocinio. Y también las trazas de empatía, que le habían permitido conservar vivos a los hombres tantos años. Nadó, pescó, recordó. Agitó la cola para expresar sus emociones. No parió, porque sus órganos reproductores estaban destrozados desde la época de la bañera. Y porque estaba sola.

Desapareció. Olvidó.

Los cuerpos de los torturadores no fueron descubiertos hasta cuarenta años más tarde, por los nuevos dictadores, que se negaron a otorgarles dignidad llamándolos torturados. La apertura del sello del almacén abrió la vía de aire que pudrió sus cadáveres cuarteados. La brisa arrastró las sales y la carne. Fueron huesos y la sirena, mucho después, espinas.

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