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Megáfonos

Los megáfonos se hacen notar siempre de la misma manera, como un sonido amplificado, irreal del que no hay manera de escapar. Pero ese ruido procede de tipos distintos de megáfono. Uno es cercano, incluso normalmente lo puedes ver. Se hace ver, pues su forma pseudocónica le da un aspecto llamativo y atrayente, parte del show. Otro está colocado en un punto alto, y alguien en otra parte, entre paredes, te envía su mensaje en plano picado.

La mano del primer tipo sujeta el megáfono. Quien así grita, increpa, comunica, canta sones alcohólicos o deportivos o religiosos, quien así lo hace es un cyborg de facto mientras el amplificador está conectado a su cuerpo. Mano y boca no son nada sin él, así que hace evidente la pequeñez del ser humano: por sí mismo, el carisma no llega a las últimas filas y los insultos a garganta desnuda jamás son tan altos como para ofender a policías o contrarios. Y hay que seducir u ofender. Si no, ¿para qué hablar?

Recuerdo cuando lo usé para hablar en la plaza, en el 15-M. Tenía tanto que decir.

El segundo megáfono es un aparejo de realidad virtual, porque hace presente en la dimensión que habitamos algo que está en otra. Aunque el mensaje tiende a llegar completo, la voz que entra no es la misma que sale, como cualquiera puede comprobar al escuchar una grabación de su propia voz, irreconocible y fea. Pero lo que cae del megáfono incrustado en un muro o una valla no es fealdad, es autoridad, y la autoridad puede ser muchas cosas pero no fea.

Mientras el megáfono en mano es una muestra de debilidad, el altavoz sin persona visible es poder incorpóreo. Algo está por encima del oyente, física y simbólicamente, y el que escucha debe escuchar. Si se escarba un poco, bajo el laicismo casi siempre aparece el sustrato religioso de nuestra sociedad.

Por lo general se puede escapar del megáfono en mano, pero no del estático, porque es habitual que se encuentre en sitios cerrados, y es frecuente que el destinatario no esté autorizado a salir de ellos, o no lo consiga sin una renuncia. Por ejemplo, los megáfonos sin mano habitan en colegios y cárceles, e iglesias. Pero también en centros comerciales a los que se acude en busca de algo, quizá incluso la voz (es voz; si fuera música habría que considerarlos altavoces) te dé pistas de lo que querías o querrías, es probable que su tono melodioso y femenino te haga sentir más en casa que en tu propia casa (la madre: otra vez la base católica de todo) y te haga ver que por eso habías acudido en un principio. Si te vas, dejas de comprar lo que te hacía falta o te impides sentir lo que necesitabas sentir.

También es habitual que las voces de los megáfonos invadan los hogares, los de verdad. Por la mañana o a mediodía los institutos, siempre hay uno lo bastante cerca, al menos para la velocidad del sonido, los institutos y colegios y guarderías comparten contigo sus canciones y sus proclamas. A mí cada día me despierta una canción infantil de temática militar pero colorista, originada en una guardería bilingüe inglés-chino allá abajo. Y durante el día, de tanto en tanto, el instituto de ínfulas canadienses también a ras de suelo bajo mi balcón de piso 14 se empeña en compartir conmigo sus eventos deportivos, las instrucciones de los ejercicios diarios obligatorios (son diarios y todos los adolescentes los conocen, por lo que se usa el megáfono solo para reforzar la autoridad). Podría salir de casa para no escuchar, pero eso significaría renunciar a mi cama, a mi espacio, a mi desayuno económico y tener que desayunar en el Starbucks gastando lo mismo que gastaría en la comida y la cena juntas. Al atardecer a veces juegan o corren sin concierto y son entonces los gritos de los chicos y las chicas lo que llega a mi piso. Eso me hace sentir vivo y parte del mundo.

Las canciones y las órdenes por megafonía también me hacen sentir vivo. Pero no libre.

Diré unas palabras sobre ese hecho que aún no he mencionado y algunos os estaréis preguntando por qué. Sucede cada cierto tiempo que un hablante es absorbido por el micrófono (solo ocurre con los megáfonos de autoridad, no de pequeñez), entra en el amasijo eléctrico y se hibrida con las ondas de sonido. Su fin llega al ser diseminado en el aire por la boca del megáfono, mezclado en millones de pedazos con su propia voz. Solo niños y adolescentes son capaces de apreciar la frecuencia concreta en la que se emite el muerto pero, oportunamente, es en colegios y otros centros educativos donde más casos se han documentado.

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