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Mi casa ideal

Mi casa ideal

Mi casa ideal tendría alguna que otra habitación.

En una de ellas estaría yo y en otras estarían mis cosas. Que son pocas y cada vez menos: entonces estarían mis espacios, no mis cosas.

En mi habitación en mi casa ideal habría una cama de matrimonio, pero solo para mí. Una mesita de noche al lado, con tres cajones y detrás un enchufe muy, muy cómodo de utilizar. Habría un armario y, dentro, mi ropa favorita. Tendría una ventana cuadrada por la que entrarían rayos de luz cada mañana, a través de las rendijas de la persiana, que nunca se estropearía y fluiría al subir y bajar. Sí, habría una persiana; en China he olvidado qué eran y lo bellos que son sus pasos de luz.

En mi casa ideal nunca, nunca habría polvo. Solo en el aire y solo en las franjas que atravesara el sol al despertarme. Después se esfumaría. ¿Cómo? Con algún método ideal que desconozco. Siempre habría corriente en verano y cálido oxígeno en invierno. Quizá la ausencia de suciedad estaría relacionada con este microclima.

Estaría en un bajo para poder entrar sin tener que esperar un ascensor ni subir escaleras. Pero tendría buenas vistas, las del ático más alto. Al este, el barrio con más rascacielos de la ciudad, una vista muy parecida a la de mi piso real actual, pero más cerca. Al oeste, barrios de casas pequeñas, calles como lazos que forman laberintos, ruido de conversaciones y miles de personas andando, o paradas, o mirándose entre sí y nunca se darían cuenta de que yo les estaría mirando, a no ser que yo quisiera. Al norte, la montaña. Las montañas. Unas verdes, otras marrones, otras nevadas. Unas de hierba y otras de árboles tropicales, las más. Unas cerca, tan cerca como justo en la falda de mi casa ideal, otras lejos, creando paisajes neblinosos que facilitarían una meditación taoísta que siempre tendría tiempo y ganas de practicar. En el sur estaría el mar. No hace falta decir nada más de eso.

Pero esto sería más mi vida que mi casa. Vuelvo a hablar de mi casa ideal.

Habría un cuarto de baño bastante grande, limpio como el de un hotel y humano como el de una soltera que recién se mudó. La bañera podría aguantarlo todo. Yo sentado, de pie, tumbado, solo, acompañado, con otra persona en paralelo o perpendicular, o ambos estirados rozando los extremos de la bañera con nuestros cuellos, apoyados sobre la porcelana más ergonómica y menos resbaladiza, uno acostado junto al otro o sobre el otro, y habría sitio para los litros de sangre que crearía si decidiera morir allí un día, que desbordarían en el momento de plenitud extática y, sobre todo, de sublimidad lírica, cumbres ambas que yo ya no estaría para apreciar. En el cuarto de baño también habría viento y agua fresca y no me importaría ducharme en ella y helarme, y estaría todo lo bueno en lo que uno piensa cuando se imagina su cuarto de baño ideal.

Mi casa ideal nunca necesitaría ser limpiada, pero dispondría de un Modo limpieza que activaría una suciedad falsa, como un juego, para eliminarla sin ensuciarse las manos y que permitiría expulsar toda la ansiedad pre o intercoital por el camino. La suciedad no serían hologramas ni lo que a estas alturas los haya sustituido ya, pues debería ser algo tangible, pero tampoco ensuciaría nada con su sucia condición de materia.

Quizá permitiría la entrada de alguna cucaracha o mosquito al año, emisarios con los que sentirme en contacto con sus reinos. Siempre que tuviera las herramientas apropiadas para asesinarlos proporcionándome la máxima satisfacción posible. Como una vieja escoba para el atrópodo y una raqueta electrificada para el volador.

¡Ah, la cocina! Ahí no habría bichos. Solo podría entrar yo, ningún acompañante o invitado recibiría salvoconducto. La cocina es fácil. Un sitio sorprendentemente limpio y que nunca se ensuciara, con armarios de un diseño y material tan prácticos que parecerían salidos del proyecto de crowdfunding de mobiliario más brillante. La cocina sería una oda al pragmatismo y a la higiene, por comodidad, no por terror a la enfermedad. Habría comida, pero de dónde saldría y cuál sería merecería otra tarde de reflexión, en nada dependiente del formato de la nevera o los fuegos, que los habría. Claro.

La comida olería por toda la casa al cocinarla, pero su fragancia desaparecería al empezar a comer. Se me había olvidado esa característica de la cocina, y estaría quizá relacionada tecnológicamente con otras partes de la casa.

La terraza, porque habría una terraza, sería como cualquiera puede imaginar que sería. Lo mismo que el jardín, que también habría, aunque iría poco porque preferiría perderme por las montañas y las calles. No sé qué habría cerca ni si estaría bien comunicada. Dejadme pensarlo en otro momento. Bien comunicada seguramente sí, para salir y llegar y para que lleguen. ¿Y por fuera, cómo sería? Ni idea, ¡qué desastre de fantasía!

Y las habitaciones. ¿Qué sé yo? ¿Una para libros? ¿Para qué, para que acumulen polvo? Dadme las bibliotecas de la Complutense a cinco minutos del portal y olvidad los viejos fetichismos. Sí habría una estancia para leer, con un sofá en T y una silla larga para tumbarse. Una mesita que no puedo imaginar cómo sería, pero con un diseño que me afectaría a nivel emocional de tan práctico y bonito, sobre la que cabría un Kindle, una cerveza, una taza de té o café, algún plato, nada más. Bueno, otro Kindle y otros espacios para un segundo lector. Sí, en esa habitación debería haber a menudo un segundo lector invitado, una mesa sobre la que apoyarnos para discutir y hablar y hasta besarnos, si la discusión es demasiado intensa. Otras habitaciones:

Me he quedado en blanco. No necesito otras.

Ah, bueno, sí, una grande y sin polvo y con posibilidades para hacer muchas sesiones de fotos diferentes. Esa sí estaría bien y pegaría mucho en mi casa ideal, y le daría uso. En una parte se divisaría una cama, porque con esto de las imágenes nunca se sabe. No tendría habitación para ver películas, que siempre habría considerado que sería el epicentro de mi casa ideal pero ya no me interesa, porque ya no veo ni puedo ver cine (la gente cambia. Las personas cambiamos). Y, claro, la de trabajo. No la había pensado todavía porque me imaginaba en la comodísima silla de la habitación de leer trabajando con el móvil o el portátil. Pero, sí, tendría lo que nuestros abuelos llamaban un “despacho”, con buenos escritorios y sillas de paraíso y un ordenador de sobremesa enorme.

En lo normal ni había caído: un salón, para vida estándar y recepción, con otro sofá en T, algunos sillones y sillas y, eso también, la mesa para comer, que se abra para los visitantes o residentes temporales. Podrían ser unos cuantos, los visitantes. Los residentes temporales, no; solo uno a la vez. Para poder llegar hasta el fondo de esa persona.

Una habitación, con cama doble, para las invitadas…

Mi casa ideal, tal vez, solo tendría una habitación. Y una persona, o dos a veces. No estaría mal.

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