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miedo a volar

Miedo a volar

Nunca te había pasado. No es que vueles a menudo, pero era llamativo que fuera la primera vez y viniera así, de golpe. Fue enfrentarte al momento de subir al avión y empezar a ponerte nervioso, a utilizar verbos como “enfrentar”. Te mostraste reticente a entrar pero, claro, habías comprado el billete, habías planificado mucho, todos daban por hecho que te irías de ese sitio y llegarías al otro. Así que no te quedó más remedio que subir y sentarte, expectante ante el aliento del desconocido miedo a volar.

De pronto era para ti una obligación de las empinadas, algo que te estaba costando un gran esfuerzo, no algo rutinario, un trámite. Es mucho más peligroso ir en autobús por ciertas carreteras, ¿no? O abusar del azúcar o de la carne, esas cosas que te matan poco a poco, eso es mucho peor y lo haces sin problema, y lo haces cada día. Será porque ir en avión no es rutinario y, por eso, eres mucho más consciente de que puede acabar contigo. Es fácil imaginar lo que puede ir mal en un avión, no hace falta ni escribirlo aquí, recuerdas sin dificultad varias noticias de desastres aéreos y ninguna, ninguna de uno que se cayó en la ducha, de otro que falleció de diabetes por su dieta irracional, del que se tropezó en la escalera y no pudo levantarse de nuevo, ni siquiera del que no se esperaba que ese día sería su último y terminó siéndolo. Pero las imágenes del avión y su relación con la muerte (tu muerte) son constantes y la propia experiencia de volar se empeña en que no lo olvides, restregándote inquietantes posturas de auxiliares de vuelo, nunca pierdes de vista su expresión para adivinar si algo va mal de verdad, y vídeos y cartones unidos a los asientos con pegamento de alta tecnología y detalles sobre tu seguridad. Sobre lo que puede ir mal.

Ya estabas sentado y con el cinturón puesto, apenas podías moverte pero, eh, esa es la idea. Que te quedes bien atado a tu asiento mientras planeas hacia el fin. Sudabas a mares, creando el mar sobre el que caeríais, tamborileabas con los dedos sobre la misma pared que te daría el golpe definitivo, observabas a los que te rodeaban y algunos estaban igualmente nerviosos, sabían, como tú, la verdad.

Pero no era la verdad. Era una fantasía. Era un miedo infundado. La estadística estaba de tu parte, había tanto que temer allí como cada vez que pasas por debajo de un árbol en un día de viento, o menos. Un rayo, la ducha otra vez.

El avión empezó a resbalar por el suelo y tu corazón se aceleró. Tus ojos se abrieron y los de otros pasajeros se cerraron, muchos puños se apretaron, manos agarrando lo que pudieran agarrar. Fue más o menos entonces cuando superaste tu efímero miedo a volar.

“Voy a morir hoy, en este vuelo, quizá no en el despegue, pero este avión va a ser el último lugar que visitaré en mi vida”, pensaste. “Pues vale”.

Esto lo cambió todo. Pasaste de esperar la salvación a desear el accidente. Ponerte en lo peor como única manera de enfrentarlo con dignidad. Dejaste de sudar y tu cuerpo se relajó, los músculos aceptaron la situación, solo te ponía algo nervioso que no estaba garantizado que fuera rápido aunque, bueno, incluso en el peor caso solo serían unos minutos, como mucho unas horas si fuera un accidente único en la historia.

Visualizaste la caída, los segundos previos al suelo que verías acercándose de manera que sabrías ineludible, como en aquella película. Y te viste tranquilo, con algo de pena por las oportunidades que ya no tendrías pero en calma contigo mismo, con los ojos cerrados, los dientes apretados. Esperando a que llegara cuanto antes.

Así superaste tu miedo a volar. No moriste.

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