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Niebla, o humo

La niebla hace minutos que bajó hasta las azoteas de los rascacielos. Desciende cada vez más despacio y aterriza en el suelo como una marea empapa una playa de granito, desciende hasta inundar a los que están saliendo de trabajar y abarrotan las calles.

Algunos susurran y muchos, la mayoría, escogen callar ante el fenómeno. Miran arriba y ven lo mismo en cualquier dirección. Ven el muro gris, como de algodón podrido; no ven nada.

Quieren volver a casa. Entrar en sus pisos de aire límpido, abrir la boca para comer sin la desagradable sensación de la niebla hundiéndose en la tráquea.

Empieza a anochecer, aunque nadie se da cuenta porque la ciudad ha quedado sepultada en el interior del denso vapor.

Hay que volver a casa.

·

Una mujer pisa el pie de un hombre torpe cuya ropa, como la de ella, está humedecida por la bruma.

—¡Perdona…!

—No te preocupes, no se ve nada.

—¿El metro? —dice la mujer.

—Creo que sí.

Se caen bien. Tosen, no deciden. Se entrevén las caras, al final.

—Podemos acercarnos juntos —dice ella, llamada Yanjing.

—Así tendremos menos posibilidades de perdernos —el hombre se llama Nan.

—Eso creo.

Caminan. La temperatura disminuye. Una especie de escarcha se está formando sobre la señal de la estación. Ella, como si fuera una invidente, toca la persiana que bloquea la entrada y descubre así que el metro está cerrado. Deben andar hasta sus barrios, a más de veinte kilómetros y deben ir lentos porque todas las superficies resbalan, incluso bajo las suelas de las orgullosas botas de Nan.

—Menos mal que no voy solo —dice él.

—Menos mal que no vas solo —Yanjing ríe.

Marchan el uno pegado al otro, lo más próximos que dos desconocidos pueden ir en esta situación y reservando su voz para hablar solo cuando sea inevitable, porque el aire escarba en la garganta; la bruma parece contener pequeños granos de barro blanco, o de plástico mugroso. Aspiran por la nariz para evitar su regusto salado en la lengua.

Algunas farolas se encienden. Refresca.

—¿Y si no es por aquí?

·

En un día normal estarían inmersos en las riadas de los oficinistas que, escupidos desde sus edificios, conquistaban el nivel de la calle, un asfalto firme, funcional, impregnado de la hostilidad del aluvión que lo ocupaba a la misma hora. Las masas imbuían la ciudad de algo malsano y perceptible. La hacían hervir.

Pero no hoy.

Hoy la ciudad está limpia. Purificada.

Poco a poco el silencio ha copado cada estrato del bloque plateado. Ya no se oyen pasos. Han dejado de cruzarse con otras personas perdidas que, como ellos, no saben si están perdidas. Sienten el vacío; pero se sienten acompañados.

¿Habrá conseguido toda esa gente llegar a sus casas?

·

Alrededor de ambos crepita el espeso gas. El aire, extrañamente, está dotado de una sensación más orgánica de lo habitual. Ambos lo notan. Quizá les disgusta.

—El viento parece grasa.

Prueban puertas; todas están cerradas. Tardarán un día entero y llegarán con los tobillos del revés, pero dirigirse a pie a los distritos del norte, donde viven, es la única opción.

¿Llegarían? Van.

Caminan.

·

—Escucha.

Están entrando en un puente gigantesco, un paso pensado para vehículos. Escuchan el rumor del delta. El agua golpea contra los muros con los que la ciudad ha creado la orilla, muy abajo. Algo salpica, uno de esos peces que ya no están cuando se buscan.

Ella se detiene en seco y se tapa los labios con el dedo índice. Un silbido.

—¡Escucha!

No es un silbido. Es un maullido monocorde y sin matices que flota en paralelo al suelo, como una flecha a cámara lenta.

No es una flecha. Lo ven cuando les adelanta. Deja una estela física a su paso.

Es una persona; no es una persona. Está desnuda, posa como un feto, mira al frente. Avanza como si estuviera recorriendo un tubo de succión a metro y medio de altura. Sus pies cuelgan anudados, inutilizados, innecesarios en su vuelo. Ha surgido de un hueco en la niebla y vuelve a desaparecer dentro de otro. Al igual que ellos, sigue un rumbo.

Allí, en el centro del puente, la nube sin fin corre libre hacia el este.

Sus emociones están abotargadas. No reaccionan a lo que acaban de contemplar. Perciben con las plantas de los pies el arco torsionado del suelo.

—No mires abajo —le dice ella, que ha mirado ya, poco antes de alcanzar el tramo final de la estructura. Coge su mano mientras le advierte.

Pero el hombre no atiende, el hombre se asoma. Ráfagas de aire rasgan la niebla y abren puntos de vigía efímeros hacia el exterior. A través de estos agujeros, Nan ve algo que le repele y que, como ha predicho Yanjing sin decirlo, le quita las ganas de seguir.

Cientos, miles de roedores negros saltan al caudal. Quizá también los hay grises, camuflados entre el color plateado de la atmósfera. Chocan, se empujan. Como ellos mismos cualquier día en los enloquecidos dominios de la hora punta. Cualquier otro día; pero no hoy.

Forman las ratas un ejército de pelajes nunca peinados, colas rosas anilladas de una movilidad ridículamente limitada pero sus patas, cortas y tan blandas como sus excrementos, logran condensar fuerza suficiente para arrojarse al río, sorteando la cornisa y cayendo dentro del agua. Allí nadan como esperanzados náufragos y sus bigotes brincan como los mosquitos zancudos que habitan la película superior del cauce.

Su chapoteo, el de las ratas, se confunde con el chubasco que ha arrancado.

—Tienen mucha prisa —observa Nan.

—¿Escapan de algo, en la otra orilla? No quiero seguir.

—Sí…

Se dan la vuelta hacia el principio del puente y continúan caminando al mismo ritmo, como si no hubieran cambiado de dirección. Solo recorren un puñado de metros antes del terrible encuentro.

De frente vienen seis o siete. Algunos abren la boca y emiten gemidos de tal intensidad que persisten segundos después de haber sonado. Se acercan demasiado, no disminuyen su velocidad, y la mujer primero y luego el hombre aprecian cómo suben y bajan las manos, apenas unos centímetros de gesto pero sin pausa, arriba y abajo, arriba y abajo. Los dedos se tuercen como remolinos de fango, se enredan entre sí, los nudillos se inflaman y se descargan, tensan y rompen las falanges y se recomponen. Las uñas crecen hacia la palma de la mano, sobre la piel, siguiendo el camino de las arrugas. Cuando llegan a las venas de la muñeca caen al suelo y nuevas uñas empiezan a tomar su lugar; desde la cutícula vuelven a someter al antebrazo.

Han devorado el espacio útil de la pareja y tocan sus cuerpos. Son sólidos; les arrollan. No les atraviesan como sábanas de gas, como esperaban. En el primer contacto ella se corta con una de las uñas descontroladas y derrama la primera sangre.

No paran. Ni siquiera desaceleran, no ceden. Empujan. Están muy calientes y esa es solo una de sus incongruencias respecto al aire helado de la imperceptible noche.

Nan y Yanjing consiguen enderezarse y amagar una huida. Los fetos, con aspecto de empequeñecidos ancianos gigantes, permanecen a la distancia constante que media entre sus propios labios cortados y las nucas del hombre, de la mujer. Pese a la lentitud de los movimientos, el conjunto de los personajes conforma un pelotón tan histérico como las ratas que, abajo, siguen un rumbo opuesto al de ellos y continúan lanzándose contra el río.

Cada detalle de la escena parece inevitable. Actos de una eternidad.

Los perseguidores, que no persiguen a nadie sino que solo están cumpliendo una trayectoria, estiran las bocas, desencajan las mandíbulas y gritan. Sus alaridos llegan a desplazar el éter que contactan.

Las voces rotas alcanzan de pleno el oído izquierdo de Nan, que queda sordo. Aunque él todavía no lo sabe, bajo una capa de ruido blanco el derecho aún funcionará. Una rata gris chilla. Nadie la oye.

Sangra la cabeza del hombre y se desploma. Los seres planean a suficiente altura y le pasan por encima. Yanjing copia a su compañero y se tumba, y también se ve adelantada. Una uña en forma de calzador se posa sobre el arañazo que ya tenía abierto, pero es tan fláccida que se limita a causarle una sensación angustiosa y hueca. Como si hubiera mordido un mundo entero, un planeta reducido a buñuelo de niebla.

Los seres callan y desaparecen en calma unos metros delante de ellos, absorbidos por un jirón en el espacio, rápidamente reconstituido tras su paso.

Ella espera unos minutos y después se incorpora y se acerca a él, que solloza y se palpa el lado izquierdo de la cara. Se golpea la oreja, intentando reanimarla.

—Vamos. Ya está, ya se han ido.

Reanudan su viaje hacia el norte.

·

Comprenden que no pueden confiar en que quede nada en este nuevo reino de vapor, que a partir de ahora solo estarán los dos. Y que habrá más encuentros y que estos encuentros estarán tan faltos de significado como la presencia de ellos mismos en lo que se ha convertido la ciudad.

Comprenden que deben seguir adelante.

·

Pasan otro puente y después otro. Son largos y no recuerdan que antes estuvieran ahí, y no les importa. Avanzan por autopistas elevadas que se asoman a la bahía, que se internan en calles donde rascacielos, con sus luces aún encendidas, evocan faros abandonados pero todavía en marcha. Imaginan claramente sus casas sumergidas en la niebla, esperándoles. Siguen andando, hacia el interior. ¿O estamos yendo hacia el exterior?, se pregunta Yanjing.

—¿La niebla está más fina? Más dispersa. Aguada —dice ella.

—¿Qué? —Nan no oye y demanda la repetición de lo dicho—. Muy poco…

—Algo.

La lluvia cae con suavidad. Tal vez un mar completo se esté acumulando en la superficie del banco de niebla, piensa Yanjing. Tal vez la niebla sea el mar apoderándose de la ciudad.

Empapados, tiemblan de frío. Ella logra adoptar un ritmo seguro en su andar y se despreocupa de resbalar en la acera. La niebla… es poco más que aire visible, pero lo cambia todo, medita ensimismada. Su ceniza resplandece, aunque no tiene la pureza del blanco de los cúmulos. No trota como los cúmulos, no insinúa la impotencia del estar pegado a la tierra como ocurre al estudiar los cúmulos en un mediodía de primavera, cuando se está inmerso en la niebla el cielo no se desplaza indiferente. No; a diferencia de las nubes, la bruma comunica la unidad del planeta. Cielo y tierra y mar son uno y danzan al mismo son de abatimiento.

—¿Cuándo fue la última vez que viste un pájaro en la ciudad? —dice ella, indicando con una subida de cejas una bandada de enormes aves que sobrevuelan en círculos la cima de un rascacielos.

No dicen más y no dejan de observarlos.

·

Un portal abierto. El primero. Yanjing toma de la mano al hombre y lo obliga a entrar.

Es un espacio negro que contrasta con el cerrado gris que rellena la ciudad. Ascienden, prueban suerte. En la penúltima planta una puerta casi cede a un empujón de Nan. Al notar la debilidad de su compañero, lo aparta y arremete ella misma y cae dentro del apartamento.

El piso, como un pecio que resiste orgulloso en lo profundo del océano, se esfuerza en mostrar, usando la luz que entra por una ventana partida, que es más viejo que el edificio y que nadie lo ha habitado en mucho tiempo.

—Ahí están las camas —es lo que dice ella.

Hay una tabla sobre un somier y un sofá de madera macerado en polvo. Él escoge la tabla, se tumba y duerme.

Yanjing, sin sueño, golpea el sofá con unos papeles húmedos que sus dedos quisieran desechar con rapidez, sopla en las zonas críticas, lo gira hacia la ventana y se sienta a observar el exterior. El hombre resopla. Ella insiste en contemplar la niebla.

Da la sensación de que proviene de un sitio en particular, piensa. De un agujero, de un escape. Más humo que bruma; el vapor de un sumidero. Algo en su manera de dispersarse indica que tiene una dirección y un origen, algo foráneo, algo que pertenece al linaje de las grandes corrientes subterráneas. Las partículas remolonean de un lado a otro, en círculo, en constantes espirales que se disuelven y vuelven a formarse justo antes de colapsarse, sin verse afectadas por la lógica de la lluvia. El presente está aún más reducido de lo habitual.

Yanjing abre la ventana y saca la cabeza para alimentarse del viento y tomar una fracción de la niebla dentro de ella para entenderla para compartir su cuerpo con ella para ofrecerle su cuerpo como ella quería y ella quiere. Inspira con tanta fuerza que su vista se nubla y desaparece el ruido del sueño de Nan. Durante unos segundos flota en el interior del humo, penetra en millones de carcasas de millones de corpúsculos que la componen que la acogen y la mojan y serpentea a través de los átomos inmunes al agua líquida que viene de lo que ha sido el cielo de lo que antes fue mar y comprende y grita.

Pero no ha gritado ella. Un homúnculo se aproxima, es uno de los seres fetales que emerge de los fardos de vapor y se lanza hacia su boca. Silba como un tren que hubiera forzado la máquina y estuviera a punto de explotar.

Yanjing recupera el dominio de sí misma antes del impacto y, con un reflejo tan brusco que le causa un calambre en el brazo, cierra la ventana a tiempo. El ente choca a centímetros de su cara contra el cristal cubierto de brechas. Desde tan cerca ella puede ver dientes que se desmontan a cada batir de mandíbula, en un chorro tenaz de marfil podrido. La tonalidad del ser es intermitente entre amarillenta y roja, el rostro entre pavor y furia.

El espectro araña las ruinas de la ventana con sus uñas en incesante ciclo de derrame y regeneración y repite una suerte de palabra trisílaba que va y viene y vuelve sin cambiar su esencia, como las mareas. Ella, de nuevo hipnotizada, recibe un rayo del sol poniente en su retina por un instante que es suficiente para hacerla reaccionar, engendrar un aullido primitivo contra el feto y levantar al hombre sordo y sacarlo de allí a rastras. Hacia arriba.

—Confía en mí —Yanjing entiende. Cree haber entendido—. Voy a enseñarte.

Sí, entiende.

Ni fin, ni camino.

·

En la azotea les reciben goterones de lluvia helada. Por encima del nivel de la calle, mucho más próximos a las aves, la niebla es más un pañuelo de seda que un guante de cuero, así que pueden avistar cómo los picos se abren y vomitan babas al abismo. Los graznidos raspan. El espectro que los ha atacado está regresando a la bandada. No son pájaros.

Hay más de veinte. Algunos gritan, otros lloran, uno se deshace y todos se mueven en círculos de irregularidad absoluta. La cascada de saliva era en realidad una entrecortada línea de uñas podridas. Los picos, garras.

Tres o cuatro se desplazan hacia la acera con gestos de sumersión, al tiempo que otra decena llega arriba y se incorpora a un corro que es instintivo y a la vez ritual. Son diferentes entre sí: mujeres, hombres, viejos, incluso un bebé, varios rasgos aparecen representados con un mismo tamaño y grado de deformidad. No es posible dirimir si son degeneraciones de personas o entes que nadan en la niebla en su forma original, emparentada con el humano pero profundamente ajena.

—¿Es que no lo comprendes? —dice Yanjing a un Nan que no altera su expresión.

Ella sabe ahora que el espectáculo continuará durante una eternidad y no tiene sentido participar de este carrusel de horror que obedece a las leyes de las génesis oceánicas, sin relación con las temporalidades antrópicas. Decide abandonar el edificio y retomar su viaje, que vagamente recuerda que es hacia casa. El hombre, tras ella, arrastra los pies.

Bajan las escaleras con la calma del condenado a muerte, pero con mucho menos aplomo porque ellos no se dirigen a un final inevitable. Ellos solo siguen adelante.

·

Siguen adelante, sin ritmo, sin ruta, apenas con la reminiscencia de un lejano deseo: querían llegar al hogar. Querían tanto.

Siguen adelante. Todo consiste en seguir y nada más, nunca más. Deben perseverar y andar, andar. Formar parte de la ciudad, la desaparición total, allí dentro.

Con roturas internas deambulan en silencio por las avenidas. Aceleran y horas después comienza un atardecer que se ralentiza en proporción inversa a la velocidad de su paseo.

Parecen pasar una y otra vez por el mismo puente, el mismo hotel, la misma serie de farolas de diseño neoclásico, semáforos, cruces de trece carriles y autopistas alejadas del suelo, y de nuevo esos pilares de vías elevadas de trenes rápidos. Los mares de ratas. Los graznidos, los corros, las montañas de uñas y los charcos de dientes. La niebla esconde los detalles. La niebla coloniza cada rincón de sus pulmones y no deja de manar. Con los hombros apretados se llegan a sentir tan cercanos que no reconocen a cuál de los dos pertenece esta fortaleza y este miedo, esta debilidad y las migajas de voluntad. Siguen adelante.

·

—Aquí empezaba el paseo marítimo.

Se sientan en el suelo enlosado de lagunas. Durante unos minutos les gustaría decir algo y están a punto de hablar, pero no tienen tiempo porque la niebla… la niebla se disipa.

·

La diseminación del velo hacia el este, hacia la nada, muestra que en la plaza central del malecón danzan innumerables seres fetales.

Desfilan sin avance, con laberíntico orden. Generan movimientos individuales que parecen seguir algún tipo de patrón, elaborado a la vez que es efectuado. No producen sonidos y aparentan dormir. Jamás chocan con sus iguales.

Yanjing, gastada, se levanta y acude a caminar entre los espectros con la cadencia del columpio oxidado en un día de brisa del oeste, con sus pies chapoteando por las aguas que, humeantes, aún ocultan el cemento de la calzada. La ignoran cuando ella les dirige su mirada y trata de vivir su devastación. Eleva los brazos y retuerce sus dedos intentando imitarlos, sin todavía lograr romper como ellos ciertas leyes físicas.

La niebla ya no está; pero Yanjing baila con ella, al ritmo aletargado que la niebla le ha impuesto. El mundo brilla y exuda humedad por el impacto del sol renacido.

Uno de los entes se ancla en el centro de la explanada. Este requiebro no parece parte de la coreografía. Yanjing se encuentra con los elaborados ojos blancos del espectro congelado, ojos rellenos de nada, y es así como comprende el infinito. En esos globos sobreexpuestos desvela los enigmas de la carne apergaminada y aprende la triste lengua de las sales abandonadas por los océanos evaporados.

Pero no siente compasión por los seres. Ni tampoco por sí misma.

Está todo perdido.

La niebla se ha retirado y no importa porque todo está perdido. Quedan árboles distorsionados y construcciones arrugadas, gotas de rocío en proceso de volatilización pendiendo de cada superficie.

Ella vuelve a caminar.

Ella camina hacia el este y deja tras de sí un profundo silencio. Y penetra en un silencio aún mayor. Y nada de esto supone ningún cambio.

Nan la escolta, desde lejos, observándola como ella ha mirado a los seres.

Alcanzan un mar que no tendría que estar allí. La niebla es sobre él una débil, infantil calima mañanera.

Yanjing se despoja de sus ropas, de sus miedos, de sus uñas y sigue andando hacia adelante, hacia el más allá del agua.

·

La niebla sube de nuevo, como una marea. Y al día siguiente vuelve a bajar. Así durante mucho tiempo.

·

De estuarios de bruma descollan a menudo los más altos de entre los rascacielos, custodiados por los corros de espectros, que siguen esparciendo uñas por las calles desiertas; ya ni ellos las recorren, siempre están arriba. A veces muere alguno y cae, y si coincide con la marea baja provoca un gran estrépito, un ruido de paquete de huesos que estalla y siembra astillas. No quedan ratas.

Las ventanas de los hogares sufren por las constantes variaciones térmicas y terminan reventando. La niebla entonces entra y se apodera de los espacios que fueron de los hombres. Moja sus camas, pudre sus muebles.

Algunos de los seres fetales viven largo tiempo, pero sus cuerpos se humedecen tanto que acaban por derrumbarse sobre la tierra por el peso del agua en su interior. Reposan allí braceando hinchados.

Después solo los rascacielos. El vapor, la sal.

Hasta que un día llega el auténtico mar y arrastra todo lo que aún existía.

Los hombres dan otro paso