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No hablo con extraños

Acabo de darme cuenta de que hay personas que hablan con extraños y, sobre todo, de que yo no hablo con extraños. Nunca. Pero hay gente, no solo ancianos, que lo hace. Es fascinante.

Anoche el cielo estaba limpio y salí a hacer fotos cerca de la torre, sobre un suelo lleno de tiras de luces de colores. Había mucha felicidad por allí, de turistas, de familias que habían salido con los bebés a disfrutar de un poco de aire. Una apoteosis del selfie y de la distribución aleatoria sobre un bello plano artificial de cientos de personas sin nada que ver entre sí; aparte del deseo de disfrutar de ese momento y lugar, que no es poco en común. El ambiente era como de fiesta patronal, y se repite cada noche en ese amplio espacio. Un éxito de las autoridades locales como pocas veces he visto, en Guangzhou o en cualquier otra ciudad.

Un extraño me habló. Pero yo no hablo con extraños. Estaba solo (él; yo) y me pidió que le hiciera una foto bajo los rascacielos, que pulsara un botón táctil sobre el encuadre que había compuesto con mimo. Lo hice. Le gustó. Le gusté y siguió hablándome. Yo soy una persona horrible y adelanté que debía marcharme; no era cierto. Pero tuve que ¡tuve que! quedarme algo más porque me pidió consejo sobre sitios que ver en esa estupenda noche cantonesa, con una sonrisa agradable. Se lo di con gran amabilidad y actitud servicial, exploramos juntos su guía turística, pero mi sonrisa era incómoda y, en mi cabeza, mis pies estaban ya a diez metros. Me contó que era un marino de Tailandia y había estado en Avilés.

No pude romper mi reacción natural y me despedí pronto. Apenas dos segundos antes de decir adiós ya me estaba arrepintiendo de no haberle pedido, al menos, que posara para mí y le hiciera un bonito retrato que le enviaría. No lo hice. Me arrepiento y yo casi nunca me arrepiento de nada.

Me había mirado a los ojos, sin dejar de sonreír. Solo ha sido en los últimos meses que yo también he aprendido a (conseguido) mirar a los ojos, a veces, y es una de las cosas más maravillosas que pueden pasar cuando eres correspondido. Que es la mayoría de ocasiones. La mirada enredada entre dos desconocidos hace olvidar internet y el móvil, te enfrenta con (te regala) una ventana de oportunidad a lo que el ser humano es, sin virtualidades. Si la ventana se abre, las personas también. El marino me permitió echar una ojeada. Me dio apenas cuatro datos sobre su vida, que es él mismo, y me hizo pensar en modos de existir distintos, y en lo que pueda hacer ese hombre en situaciones cotidianas o inesperadas, en si tiene a menudo ese estado de distensión en el que se me presentó. Fueron apenas tres minutos compartidos, pero eso es suficiente para conectar dimensiones y marcos de experiencia muy diferentes, que circulan siempre en paralelo. Pero, no: no se conectan dimensiones ni marcos de experiencia, sino las personas (los humanos) formados por ellas. Es muy bonito.

La semana pasada también se me acercó un hombre bajito que llevaba un carro de un sitio a otro. Al descubrir que yo hablaba chino, no me soltó y caminamos juntos unos cincuenta metros, yo respondiendo sus preguntas directas, curiosas pero tranquilas y naturales. Una extraña pareja; fue muy bonito. Me despedí y corrí hacia delante a pesar de que el momento me estaba haciendo feliz y no tenía prisa ni rumbo, como cada vez que paseo.

¿Por qué no lo hacemos más? Lo de hablar con extraños. Responder a esto me metería en la camisa de la autoayuda. No lo haré (permitidme un aforismo de sopicaldo, al menos: los extraños son la mayor y más accesible riqueza [ya puedes cerrar la pestaña de tu navegador y no volver]). Y, además, todos sabemos bien por qué no hablamos con extraños. Cada uno por lo suyo, y los extraños, que también son unos “cada uno”, por lo otro.

Un extraño es un objeto, un hombre es un rostro. Pero, en realidad, un extraño no es un extraño, es un hombre con un rostro. [Lévinas fue uno de los hombres que más supo y comprendió sobre todo esto y, por eso, y pese a ser un metafísico, es uno de los muy, muy pocos pensadores o escritores necesarios. Tan necesarios como el contacto directo con el otro.]

¿Miedo, comodidad, indiferencia, necesidad, eficiencia? Ignorar a los extraños, es decir, a la vasta mayoría de los seres humanos, es una mezcla de todo. Y las pocas veces que no los ignoramos suele ser por utilidad: la médica, el panadero, el taxista, la carnicera. Hay cierto horror en ello, del que nunca he sabido si Kant era consciente.

Hace poco conocí a un chico por una red social, con el que intercambio cada día unas frases por WeChat. Su objetivo vital actual es de los más claros que he conocido, su decisión: hablar con extraños. Nosotros conversamos por escrito y a ráfagas y eso no cuenta del todo, pero es un paso. Él siente en lo más profundo la carencia de su dificultad para hablar con desconocidos, y lo advierte y le duele como un tullido de nacimiento añora su miembro que nunca fue. No se comunica conmigo porque sea extranjero, como hacen muchos chinos, sino porque no soy él, porque no soy nadie que haya conocido antes. Soy un extraño (sigo siendo, hasta que nos encontremos, veamos y miremos). Y no me hace sentir como un campo de pruebas o un crash test dummy contra su timidez, que en todo caso no es lo que está en juego. No. Me hace sentir afortunado porque comparte conmigo su valoración del otro como un fin en sí mismo, y me transmite con su humilde esfuerzo su casi desesperado amor por los demás, al que solo le faltan los demás. Su inglés es sencillo y eficaz, y sus construcciones sintácticas repetitivas y directas. Aunque de contenido obvio y prosaico, sus “¿has comido?” o “esta mañana hace calor, qué te parece” o “ayer estuve en Lan Kwai Fong y no conseguí hablar con ningún desconocido, aunque los miré” gritan humanidad y me llaman. Pero él y yo todavía somos extraños, hasta que no haya ojos, hasta que no se haya anulado la pantalla.

Esta mañana pensaba en todo esto en una cafetería, mientras desayunaba y trataba de leer (ya apenas leemos, solo lo intentamos). Me he fijado en una chica en la zona de paso, al otro lado de la valla que delimitaba el local dentro de un centro comercial. Me he fijado porque no se iba, estaba en pleno punto en el limbo, si es que se está en un sitio que no es un sitio, peleando con su móvil a través de sus dedos. No aparecía como enfadada, solo como inaccesible. Como una extraña, aislada. era una extraña. Después de unos 20 minutos han llegado dos hombres a los que había estado esperando y, al encontrarse sus ojos, la cara de la chica ha cambiado. Ha empezado a sonreír, con naturalidad y hasta cierto goce, se ha mostrado servicial ya que parecía un encuentro laboral, pero en todo caso un encuentro entre iguales, agradecido después del vacío causado por la espera, la soledad alargada sin aviso. No me ha visto, pero yo, a dos metros, he comprobado en unos rasgos concretos cómo una extraña se transforma en la persona completa que es tan pronto como se le da la oportunidad. Y todos tenemos esa oportunidad y podemos darla y recibirla, a cada paso. Me he lamentado de no ser más que un observador de la escena. Pero no he hecho nada. Porque no hablo con extraños.

No hablo con extraños. Propósito de Año Nuevo (fake): hablar con extraños. Desterrar la idea de que existen extraños y mirar a todos, a todos como iguales. Intentar hablar con al menos un extraño a la semana. Agotador, pero si uno quiere vivir en plenitud tiene que hacer lo que siente que debe hacer, siempre y cuando sea lo mismo que el otro quiere. Aprendamos que suele ser así y actuemos en consecuencia.

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