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Parada entre unos árboles

Has soñado que estabas otra vez con tu familia. Parecíais felices, no recuerdas por qué. Después andabas sola por el bosque, te embargaba un fuerte olor frutal, aturdida por él tropezabas y dabas la bienvenida a la muerte mientras tus padres te observaban, expectantes.

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Te despiertas medio ahogada. Tu corazón late aún más rápido que dentro de la pesadilla; sientes presión en el pecho, un pitido acompaña tus respiraciones. Apartas la cortina opaca y queda la translúcida que deja pasar el vivo brillo que sugiere que afuera, arriba, domina el azul claro de los días buenos, de los días de parque.

Pero tú parada entre unos árboles, sobre las copas tropicales se han acumulado (se acumularán) las nubes grises. El día será bueno, confías.

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Dicen que pasó primero en una aldea de Hubei. La historia siguió bajando hacia el sur a través de Hunan, dejando un puñado de víctimas a su paso. Aparecían por la mañana muertas, tiradas en barro fresco, con la boca abierta formando un círculo y los pulmones reventados.

El domingo a mediodía, hoy es jueves, unos niños jugaban junto al río de las Perlas, molestando sin darse cuenta a un jubilado que pescaba. Los niños dejaron de correr cuando uno de ellos comenzó, muy serio y en voz baja, a repetir un suceso que le había contado un amigo sobre lo que le había pasado a su prima mayor en un distrito colindante al tuyo, decía, y decía que le había pasado a varias chicas antes.

—Entonces soñó que llegaba al centro del bosque y había muchos árboles, muy altos. Estaba oscuro. Notó algo raro y entre los huecos de los árboles vio la cara de su padre, y de más familiares, algunos ya estaban muertos desde hace años. Se asustó mucho y quiso irse enseguida pero su pie se había enganchado en una raíz y se cayó. La prima de mi amigo se encontraba tan mal al despertarse que pidió el día libre, aunque no se lo dieron y tuvo que ir a trabajar.

—Pues no da tanto miedo.

Tú prestabas atención.

—Pero es que después le pasó de verdad y se murió —respondió.

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En el metro, de camino a la oficina, lees artículos apócrifos que simulan profundizar en la leyenda pero no aportan nueva información, no son más que teorías ociosas o simples atractores de clics. Pero no puedes dejar de leer.

Pasan las horas y el trabajo no consigue distraerte. Sigues inquieta.

Intentas convencerte de que la pesadilla ni siquiera ha sido especialmente vívida. Entiendes que solo lo has soñado porque ya conocías esta historia que, por alguna razón y de manera inconsciente, te había impresionado.

Un par de veces sales a fumar y observas cómo van llegando más y más nubes de color ceniza. El suelo está lleno de pequeños frutos en esta temporada; no sería difícil pisar uno y resbalar. Hay manchas rojizas en la acera.

Tu pulso no acaba de estabilizarse. La jornada termina.

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Pero no quieres regresar a casa aún. Estás demasiado intranquila y necesitas andar o, al menos, hacer algo diferente a lo que haces siempre; bajas unas paradas antes de la tuya y encuentras un austero local donde te sientas a tomar una sopa dulce de sésamo negro. Durante esos minutos piensas en lo que tienes en común con la prima del amigo del niño. ¿Por qué ella? ¿Por qué tú?

Pero sabes que no es real.

Sales del lugar con el estómago en marcha, percibes con claridad el funcionamiento de tu digestión porque estás muy despierta. Ha oscurecido.

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No habías estado nunca en este barrio. Las calles se distribuyen sin ningún orden, un hombre puso un edificio y el vecino otro y así fueron, entre varias generaciones, conformando una trama errática. Pero estás tan alerta que casi comprendes el laberinto. Quieres recorrerlo esta noche, ahora. Arrancas el paseo con brusquedad y tropiezas con un poste pintado como si fuera madera, colocado en mitad del sucedáneo de acera. Unos niños ven tu accidente y se ríen. No puedes devolverles la sonrisa. Estás demasiado nerviosa.

Del entramado de pavimento quebrado y suciedad surge una vía un poco más ancha. La enfilas esperando que al final haya una avenida, la civilización, piensas; pronto descubres que no desemboca en la ciudad, sino en una colina.

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Es un pequeño parque vallado, asfaltado, rebosante de vegetación. Dirías que tampoco has estado aquí, aunque dudas. Parece agradable y resuelves explorarlo antes de volver a casa. Será bueno para tu desazón.

Cruzas la entrada mientras el guardia de seguridad te mira sin lograr transmitirte su aburrimiento. El cielo está cubierto. La iluminación es suficiente.

De fondo suenan los tonos más agudos de la música de las mujeres que bailan en los recodos más amplios del parque y escuchas una nube de mosquitos que atraviesas de dos zancadas, una, dos, con los párpados apretados. Caes tras los saltos en la boca de una escalera que trepa por el montículo. Hay farolas y eso te anima a subir. Ya bajarás por el otro lado, piensas.

Los sotos de bambú disminuyen según avanzas y la penumbra aumenta y las tripas se te revuelven. Pero el paisaje es distinto al del sueño.

Pero ahí están los troncos de los mangos. La luz no te ha seguido y te encuentras en el centro de una mata de árboles que te hacen recordar los de tu pesadilla y decides marcharte, descender los escalones con tanta confianza como los has subido. Te encantaría hacerlo y te dispones a darte la vuelta cuando el cielo se abre momentáneamente y la luna ilumina algo blanco entre una red de ramas que casi tocan la tierra. Son dos ojos, a tu altura.

Son los ojos de tu madre.

Entre los troncos aparece la mirada de tu padre, que da un paso adelante y te permite contemplar su cuerpo desnudo. Desnudo como el de tus abuelas, el del abuelo que conociste y también el de un cuarto hombre que reconoces por fotos viejas. Dan solamente un paso; se detienen. Oyes su respiración como si fuera la tuya propia, y no oyes nada más.

Reúnes las fuerzas para huir pero, claro, tu pie se ha enganchado en un rizoma emergido y caes al intentar correr. Las primeras gotas de la noche mojan tu nuca. Tus pulmones se hunden hasta la espina, el corazón se desboca, la lengua quiere escapar del aro. Por supuesto, vas a morir durante el próximo minuto. Los hombres dan otro paso.

Los hombres dan otro paso