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Pasillos

Pasillos

Hay dos formas de afrontar un pasillo: por un lado o por el opuesto. En algunos casos, podría decirse “por la entrada o por la salida”, pero tal distinción no siempre está clara. Se puede salir o entrar de sitios completos deslizándose por muchos de ellos, pero los pasillos interiores que conectan estancias ¿son de ida o de vuelta? Son loops tubulares, imposibles de romper. A través de ellos se va, sin más, hacia un lado o hacia el opuesto, que se invierten en cada travesía. Solo el obrero puede quebrar su lógica abriendo un agujero en la pared con un martillo hidráulico. Los demás debemos admitir que son lo que son y hacen con nosotros lo que deben hacer. No hay nada que pensar. Todo es uso. Una herramienta que fue creada en su momento por otras herramientas, una herramienta que se ocupa, se llena, a diferencia de las demás, que ocupan y vacían.

Cualquiera de los dos tipos, con entrada y salida o en loop, es por igual un espacio muerto que posibilita la vida. El pasillo es apenas aire emparedado, suelo en el suelo y paredes en las paredes. Es un lugar de paso; lugares de pasos, porque es lo único que suele escucharse en ellos.

Cobijan dos tipos de conversaciones: las prácticas y las incontenibles. En el pasillo se habla cuando te encuentras a alguien y debes darle una orden o una valoración para que pueda continuar su paso y llegar hasta el punto en el que podrá activar esa información (la panadería, el supermercado, el trabajo, la escuela, una habitación que se abre en algún punto del pasillo, quizá distinta a la que se dirigía originalmente el receptor del imperativo). En cuanto a las incontenibles, son explosiones emotivas que no pueden esperar a llegar a una estancia propiamente dicha. A menudo terminan con un portazo, es decir, la negación del pasillo. Cierran así con violencia el momento en el que el pasillo dejó de ser nada para convertirse en algo, una situación chocante e incómoda que había aumentado la tensión y por eso se libera con rabia contra el pasillo. Lo que no debe pasar en el pasillo pero pasa en el pasillo se queda en el pasillo. O se lleva a una habitación, que es donde deben pasar las cosas.

Si uno recorre un pasillo encuentra pocos elementos y, en todo caso, no se les presta atención; a no ser que uno se mueva en el mundo de los coleccionistas de arte de los últimos siglos. Hay, sin embargo, bombillas y/o ventanas, y también polvo o pelusas, y restos de yeso caídos de las paredes y acumulación de enseres inútiles, temporales o para los que no se encuentra un rincón lógico en el resto de las habitaciones. Su carencia de significado lo convierte en una superficie óptima para lo inclasificable.

Además de personas, en los pasillos se encuentran otros seres. Están los insectos, que tienden a habitar tras los muros del pasillo, en el interior, un espacio que no debería de ser considerado pasillo, salvo que consideremos que el molde de un hacha es también un hacha. Arañas, mosquitos o unos seres romboidales que tenemos en las casas de Guangzhou y no he identificado aún, todos ellos cruzan la frontera entre el pasillo y su caparazón como si no hubiera un límite entre ambos. Son animales libres, que no usan el pasillo sino que forman parte de él. Contaminan su esencia utilitaria con un rastro de vida que, como toda vida, es inútil. Un contraste curioso que pone enfermos a los humanos que se topa con ellos. Peor aún son las cucarachas, que solo surgen de noche, a unas horas en las que el pasillo tendría que estar cerrado (y de hecho suele estarlo) porque nadie lo usa, aparte de los borrachos, los enamorados y los desenamorados.

De noche también aparecen los fantasmas. Son quizá la criatura más propia de los pasillos. Suelen mostrarse en la punta opuesta a la que se encuentra el humano, a veces situados en el centro justo entre dos paredes y (de tenerla) con la cabeza gacha. Sorprenden sin falta, aunque su impacto es aún mayor cuando su posición está más cercana a una de las paredes, sobre todo la derecha (su derecha), ya que rompen la armonía de los ángulos y superficies del pasillo con su cuerpo (si lo tienen). Los espectros son sin duda seres inquietantes, tanto si están parados y desaparecen (o no) de súbito, como si deciden (suponiendo que tengan voluntad) avanzar, ya sea hacia el humano que los contempla o hacia el punto de fuga. La mayoría se desplazan sin pies, esto es, sin pasos, por lo que rompen así una norma más de lo que pasa en los pasillos al no ejercer el deber de dar pasos en ellos.

Existen incluso pasillos exteriores, que conectan edificios entre sí o tramos situados fuera del edificio sin llegar aún a la calle, y no tienen paredes. Pero su existencia, que sí tiene sentido más allá del uso, es diferente y no serán abordados en esta disertación.

El final de los pasillos es un espacio con más luz u otro por completo oscuro. Las calidades del pasillo y el espacio hacia el que se abre o cierra siempre contrastan, y en eso consiste su diferencia. No solo es un tema de iluminación, sino de ontología. La distancia entre el recorrer y el permanecer, entre el ir y el llegar, entre el hacer y el estar. Es todo un salto metafísico y ni nos enteramos.

Mi casa no tiene pasillos, pero los imagino cuando friego el suelo para crear un circuito eficiente y no pisar lo mojado. Pasillos cuya función es no recibir pasos. Antipasillos que, sin embargo, son los pasillos de los que uno es más consciente.

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