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Sangre en la pared

Sangre en la pared

El pasado sábado por la noche, una compañera de trabajo de mi amiga Xinyi estaba sola en la oficina. El rascacielos tenía algunas luces encendidas, pero casi todos estaban en sus casas desde hacía más de 24 horas, viendo en la tele una serie ambientada en la época Qing, o la versión china de un reality coreano en el móvil. En el sofá. Ella no estaba en el sofá, sino haciendo horas extra para terminar un inesperado proyecto, tan inútil como todos los demás; a nadie nunca le preocupaba la futilidad. A los 20 minutos de terminar la cena, fue al aseo, abrió la puerta del cubículo escogido y vio una enorme mancha de sangre en la pared. Gritó. No llevaba el móvil encima.

Mi amiga no me ha contado si la chica conjeturó qué había pasado. No sé si se lo contó a mi amiga. No sé si mi amiga Xinyi se lo preguntó. Solo sé que esa desconocida encontró una enorme mancha de sangre en la pared cuando estaba sola en un edificio de oficinas un sábado por la noche y gritó. Es suficiente saber.

Hay teorías posibles. Son ociosas y otro ejercicio de futilidad. Yo, por ejemplo, abogo por la teoría del mosquito aplastado, aunque la sangre de la historia parecería tener, al menos, el tamaño de una cabeza humana. ¿Fue una cabeza lo que se estrelló contra el muro? ¿La cabeza de alguien que no podía soportar algo? ¿Sobrevivió? ¿Un asesinato en esa (en ese momento) desolada colmena de hormigón? ¿Restos de menstruación restregados por otra mujer por motivos que quizá ni ella misma sabía? ¿Vómito contagioso de un nuevo ébola que se manifiesta a las dos semanas, por lo que dentro de unos días comenzarán los primeros síntomas de una plaga mundial que se inició sobre esa letrina y se dio a conocer en este texto, como se descubriría en la exhaustiva investigación posterior?

Pero no habrá investigación.

Una mujer encontró mucha sangre en la pared del baño de la oficina el pasado sábado 7 de mayo, a eso de las 8 de la noche, a unos 15 minutos andando de mi casa. Gritó y siguió trabajando. Se aguantó el pis varias horas para no volver a verla, incluso pensó en hacerlo en una papelera, como los bebés. Tal vez ni siquiera era sangre, pero esa pregunta es la que menos cabida tiene de todas. No hay foto ni enlace a una foto, ergo era sangre porque así lo dice la mujer que la encontró cuando no llevaba el móvil. El hecho es ese.

Si te hubieras encontrado en esa situación, ¿qué habrías hecho? Yo lo tengo claro. Habría tomado una foto, o varias hasta conseguir una satisfactoria. Se la mandaría corriendo, en bruto, en caliente, tras correr fuera del baño, a algunos contactos selectos en Whatsapp y Wechat: familiares, amigos, exnovias, otras chicas, ciertos compañeros de trabajo. Luego esperaría a una golden hour de Instagram y, unos minutos antes de que llegara, trabajaría la imagen en Snapseed. Al sonar la campana del prime time la compartiría. Unos días después, escribiría un texto sobre la historia, con la foto adjunta. Quizá ese texto de primera mano sería muy diferente a este, o puede que solo variara la perspectiva (un “yo” en lugar de un “ella” de segundo grado). La sangre en la pared habría sido sangre y la misma y la limpiadora la habría limpiado a las siete de la mañana del domingo, como hizo.

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