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Te dejo

—Te dejo.

—No.

—Sí.

No es la primera vez.

—Adiós…

Se va a andar. Ahora necesita estar sola. Pero aún tendrá que volver a casa, no se engaña, para resolver las consecuencias prácticas de la ruptura.

Pisa la calle, sube la cabeza, baja la vista desde la luna y se encuentra con unos hombres que trabajan en una zanja. Un foco de gran potencia apunta al agujero, ciega con solo caer en el borde del ojo. A los obreros no les importa.

Le da por pensar que todos esos hombres tienen una esposa, quizá a cientos o miles de kilómetros al norte de allí, mientras ellos malviven en los barracones de la empresa, entre bol y bol de fideos instantáneos y cigarros baratos y mandan todo su esquelético sueldo a la mujer para la educación de su hija. Dingchi ahora está soltera y es posible que ya nunca vaya a tener un hijo por el que sacrificarse.

Como los obreros, tampoco come bien, aunque ella podría permitírselo. A mediodía, en el trabajo, se alimenta de comida rápida. Por las noches tarda mucho en volver a casa, después de la media hora de metro y la hora de bus. Llega muy cansada y todavía tiene que hacer la cena para ella y su prometido. Corta alguna verdura y prepara metódicamente unos gramos de carne con harina, salsa de soja y azúcar, mientras el arroz se calienta en la máquina.

—¿Otra vez lo mismo? —dice siempre él.

—¿No puedes hacer algo con un poco más de técnica? Esto podría hacerlo yo mismo —también dice él. Ella no dice: «Pues hazlo». Aunque en los días malos lo piensa y tiembla un poco.

—No está bueno. Está aceitoso. Está salado. Está duro, blando, raro —dice su prometido y a veces es verdad.

Las caras de los obreros le recuerdan a la de él. Pragmáticas, un poco cobardes. Sigue su camino. Los trabajadores ven que una chica se da la vuelta y se marcha, la vestimenta indistinguible, su silueta difuminada entre una nube blanquecina por la tierra que flota del último palazo, amarilleada cuando cae cerca del foco. Deja atrás la salida de esa cueva en mitad de la semioscuridad de la calle china.

Cruza la carretera por el paso elevado. Allí ve a varias mujeres mayores haciendo fotos al tráfico nocturno. No parecen amigas entre sí, solo jubiladas con una afición común —las exposiciones largas— y trípodes de similar altura. Dos o tres maridos acompañan la escena, detrás de ellas, mirando con desinterés a la chica que tiene partículas de polvo sobre su cuerpo, aunque no pueden apreciarlas, Dingchi, la miran con las manos cruzadas detrás de la espalda y la boca entreabierta. Los dientes que se intuyen no son bonitos ni feos, no son más que el resultado de décadas de vida.

Dingchi se asoma y el tráfico la asombra. Van demasiado rápido. Cuando viaja dentro del autobús nunca se da cuenta de la velocidad, absorta en su móvil. Ahora, desde fuera, las luces rojas de los faros traseros parecen líneas estiradas en el espacio, la distorsión es perceptible a simple vista. Los faros delanteros llevan invariablemente encendidas las luces largas, que deslumbran y a nadie le importa porque nadie ha conocido otra cosa. Los coches están separados unos de otros por su carrocería.

Se siente sola, necesita estar sola y no le gusta, y baja las escaleras del puente para volver a la calle. Llama a su mejor amiga y confidente, su hermana pequeña. Sabe que no la apoyará en su decisión de dejar a Hong y cancelar la boda y el proyecto de vida, nadie la apoyará ahora como tampoco nadie lo ha hecho antes. Aun así, la llama.

—¿Pero crees que vas a encontrar a alguien mejor? Alguien que te quiera tanto.

—Es bueno. Pero no me demuestra que me quiere, está ahí y ya está.

—Cumples 28 este año.

—Ya lo sé. Lo pienso todo el rato. No podía dejar de pensarlo, cuando le estaba dejando.

—¿Y qué va a decir la familia? ¿Y la de Hong?

—No les va a gustar, pero nada. No sé si podré volver a casa. Hasta que encuentre a otro.

—Si lo encuentras. Con más de 28 años…

—¿Para qué he estudiado la carrera? ¿Para qué si vivo igual que los papás? Pero si Hong solo me quiere como criada, como papá a mamá, como su padre a su madre.

—Es lo que hay. Está organizado así por algo.

—¿Y por qué? Dime. De verdad no lo sé.

—Siempre ha sido así y es lo mejor. Otras cosas pueden ser peores. Puedes no encontrar a otro. Es probable que estés sola el resto de tu vida. No le dejes, aún puedes volver. Vas a quedarte sola.

Se siente sola. Realmente está sola. La vida es así, a veces.

Vuelve a casa.

Llega y él sigue allí, esperándola para que le haga la cena.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué has tardado tanto? Vengo cansadísimo del trabajo y no hay nada que comer.

Dingchi no sabe qué decir. Ya le ha hecho la cena unas horas antes y no le ha gustado y se ha quejado. De hecho, ha sido el desencadenante de la ruptura.

—¿Por qué te quedas ahí, parada? Cariño, ven. Creo que queda cerdo y calabaza. Haz algo de cenar. ¿No tienes hambre?

—¿Para qué quieres cenar otra vez?

Ahora es él quien se queda mudo. Se miran como si hablaran idiomas diferentes, incluso compartiendo gramática y pronunciación.

—Te estoy diciendo que por qué quieres cenar otra vez. ¿Cariño?

—¿Otra vez? Cariño…

—Te estoy preguntando por qué me llamas cariño.

Otro momento de silencio. Ambos son incapaces de cerrar por completo sus bocas, y cada uno mantiene una mano en alto, mostrando la palma, con el brazo congelado en el gesto de la explicación interrumpida. No dejan de mirarse a los ojos. Ella piensa que la nariz de él aparenta más relieve del que tiene en realidad, debido a las sombras causadas por el neón de la cocina.

—Toma, te ayudo.

Él saca algo de comida de la nevera y la pone sobre la tabla de cortar redonda, que está mojada, como siempre. Se va al sofá y coge su móvil.

Dingchi empieza a temblar y se lleva las manos a la cara. No sabe por qué se tapa, hubiera preferido que él viera su rostro sufrir, para que lo entendiera de una vez. Hong casi nunca comprende nada de ella.

—¿Cariño? —dice una voz indiferente desde el sofá.

Silencio.

—Me voy. No te entiendo. Ya hablamos mañana. O pasado. Pero lo de antes sigue en pie, que sepas que no cambio de idea.

—¿Pero qué dices?

—¡Me voy!

—¿Lo de antes? —se levanta y se acerca a Dingchi, sin ademán de intentar tocarla. Es primordial mantener la distancia.

—¡Va en serio! ¡Te dejo! —Dingchi se va corriendo hacia la puerta, sale tan rápido que parece haberla cerrado antes incluso de abrirla.

Trota hacia abajo, salta los escalones de dos en dos. Piensa que no bajaba así unas escaleras desde que era niña y llega a reír. No oye ninguna puerta abriéndose, no parece dispuesto a seguirla. Su falta de acción puede significar que lo entiende todo por fin, o que continúa sin entender nada.

Pisa con fuerza sobre la acera. La luna sigue en el mismo sitio.

La primera vez que se ha ido se ha fijado en la luna, es una de esas raras noches despejadas en la ciudad y está grande y redonda, brilla como un foco de teatro y hace equilibrios sobre la punta de la antena de un rascacielos. Sigue en el mismo sitio. No ha bajado, no ha subido.

Los obreros siguen en la calle. Da comienzo la misma secuencia de pensamientos: todos esos hombres tienen una esposa, etc. Pero la corta. Se siente fuerte y se marcha sin mirar atrás, sin darse cuenta de que los obreros observan su silueta a contraluz, sin ningún interés. Se tocan los cascos y vuelven a picar.

Llega al puente y se detiene a escuchar los clics de los obturadores, antes de cruzar el escalón que le permita ver a las mujeres con sus cámaras.

Sus maridos han estado allí siempre, de fondo. Comiendo y callando. Escuchando a sus mujeres decir que salen a hacer taichi, escuchándolas ensayar en casa las canciones que cantan en el parque, practicar los bailes que ejecutarán en las plazas. Ellos pasean y juegan al mahjong y comen, sin disfrutar, lo que se materializa en los platos. Un día tras otro. Un día sin huir, sin divorciarse tras otro. Un día que solo acabará con la muerte de uno de los dos cónyuges.

Dingchi está sola, pero ellos también lo estarán un día y eso la reafirma en su decisión de dejar a Hong. Vuelve a llamar a su hermana, esta vez sin moverse del paso elevado, lo hace sin apartar la vista de esos matrimonios sostenidos por la inercia y el mirar a otro lado.

—¡Te he dicho tantas veces que no es buena idea que le dejes!

—Te he oído antes, ya lo sé. Pero no lo entiendes.

—Antes. ¿Antes? Hace dos semanas que no me llamas. Pues claro que lo entiendo, por eso te digo que te estás equivocando. Aguanta, apóyate en él. Apóyate en nosotros.

—¿Dos semanas? ¿Ignorando la conversación de antes vas a hacer que no exista?

—Pero qué estás diciendo. Llámame más tarde, desde vuestra casa. Estás muy alterada.

Cuelga, o le cuelgan. Baja del puente y le parece absurdo seguir andando sin rumbo.

Vuelve a casa, sin querer hacerlo. Sin tener otro sitio al que volver.

Se meterá en la habitación y le obligará a dormir en el sofá. Ella no dormirá pensando en lo que hará al día siguiente, durante todos los días siguientes, durante el resto de su vida posiblemente en soledad, arrepentida. Se arrepentirá, ya lo sabe. Pero ha tenido que hacerlo. ¿Se arrepentirá? ¿Qué sabe, qué sabe ella?

Abre la puerta de casa. Aspira el olor de las algas secas. Pero si él no las aguanta, ¿por qué las come? ¿Tanta hambre tiene? ¿Es algún tipo de venganza porque no le ha hecho la cena? Comerá muy mal sin ella, ¿enfermará? Le cuesta pensar que ya no será su problema, pero así es.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué has tardado tanto? Vengo cansadísimo del trabajo y no hay nada que comer.

No está comiendo algas, claro que no. El olor es de las que ella ha comido, varias horas antes, justo antes de que él llegara. ¿Por qué el olor es tan persistente?

Porque no han pasado horas. Mira por la ventana y ve de nuevo la luna anclada al pico del rascacielos. Se asusta y sale corriendo del piso, dejándole con la palabra en la boca entre el hedor a salitre y papel mojado.

—¿Adónde vas? —se pregunta ella misma.

No sabe adónde va. Toca la calle y los obreros están de nuevo, todavía, por primera vez en la misma posición. Se para sin saber por qué. Llega al puente y las mujeres están sacando las mismas fotos que antes, a los mismos vehículos que les mandan idénticas luces rojas a sus rostros arrugados, luces que se estiran hasta encajar en los surcos de la piel. Gira la cabeza y allí siguen los maridos, espantapájaros de manos cruzadas a la espalda.

—¿Pero qué dices? —dice su hermana.

—Te lo estoy contando otra vez, pero tú no lo sabes. No lo sabes.

—¿Por qué le dejas? ¡Te he dicho tantas veces que no es buena idea que…!

Cuelga y ríe. Un macetero de piedra recubre un árbol de mango y se sienta en él, bajo las frutas, la superficie está húmeda y lo nota y decide no levantarse.

Piensa que le ha dejado, que él lo sabe y que él no lo va a aceptar. No le importa. Le ha dejado y le volverá a dejar. Tantas veces como haga falta. Piensa que está empezando a disfrutar de la repetición del tiempo, porque el momento de dejarle le da fuerza y confianza en sí misma. Si lo hace varias veces más, si tiene que hacerlo durante el resto de la eternidad, se convertirá en la persona con más confianza y voluntad que jamás haya existido. ¡Ella, la mediocre, la alumna del último tercio de la lista, será el ser más importante del universo!

Y él no será nada.

Vuelve cabizbaja a casa, con la mente acelerada, embotada por exceso de actividad y estímulos y las pupilas a punto de explotar. No duda. Pero es demasiado, sea lo que sea es demasiado.

—¿Dónde estabas?

—¡Estoy aquí, aquí, siempre aquí! ¡Siempre a tu lado! ¡Te quiero! Nunca te dejaré. ¿Estás contento?

—¿Pero qué dices? Pues claro que nunca me vas a dejar. Nunca me vas a dejar, yo a ti tampoco. Ven, cariño.

—Te quiero, te quiero. No te dejaré.

Le abraza y vuelve a salir corriendo. Él se queda esperándola. Vuelve, dice las mismas frases, con idéntica entonación, a un hombre que las oye por primera vez y que nunca más la vuelve a ver. Ella nunca vuelve pero le sigue viendo, por todas partes, en todo momento. Está segura de que es él.

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