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un buen día

Un buen día

Todo empezaba mal ese día. Podrías haberte quedado en la cama hasta tarde pero, ah, maldito reloj biológico. Ni siquiera cuando no tenías que madrugar te dejaba tranquilo, dormido. Terminaste por ceder y te levantaste, te duchaste, desayunaste. Anticipabas que sería otro día desperdiciado y de mal humor. Saliste, o no saliste hasta la mañana siguiente.

Todo mejoró. Fue un buen día. Porque mejoró y porque lo fue.

El día después fue como arañar la pizarra con las uñas, como lo fueron la mayoría de ese mes. Pero incluso durante ese año terrible aún hubo dos o tres días tan maravillosos como aquel.

Lo recordarás cuando recuerdes cosas. Cuando dediques una tarde a examinar («ordenar», te mentirás) todos los trastos y papeles que guardas en esa caja polvorienta, o en la carpeta sepultada en un CD que cada vez temes que será la última vez que un ordenador pueda leerlo, cuando te enfrentes a tu pasado o cuando tu pasado acuda a ti sin avisar, en esa tarde de domingo o en esa ducha, en ese paseo sin rumbo recordarás aquel día; uno de ellos. En el año bueno también viviste ocho o nueve días así, por lo menos.

La vida son esos días. Lo has sabido siempre, no es una sabiduría adquirida. Desde pequeño en los cumpleaños o en lo que fuera que hicieras de pequeño para ser feliz. Llegan sin haberlos llamado, o los esperas con muchas ganas, los preparas durante semanas y son perfectos, mejor que el mejor de tus planes. Eso pasa, lo sabes. Recuérdalo. Por favor. No hace falta que te lo diga.

Es la vida y por eso te resistes a que deje de gustarte vivir. Por esos días, por su memoria y por la esperanza de encontrarte pronto en el próximo. O la simple esperanza del momento del recuerdo, profundo y vívido, indudable.

Ese día tan bueno fue cuando fuiste al parque con ella, ella invitó, cuando él te llevó sin decírtelo antes a un restaurante con una cena overpriced que sacó de vosotros los mejores comentarios en bastante tiempo, y luego os obligó a comer en bares cutres durante una semana y eso ayudó a vuestra intimidad. Ese buen día que recordarás resultó de cuando os juntasteis todos otra vez, cuánto tiempo, cada uno llevó lo suyo, se hicieron fotos que solo se vieron esa noche y al día siguiente, y años después vieron la luz de nuevo y volvieron a traer aquel día tan bueno. Como si hubiera sido ayer, como si fuera a ser mañana. Casi parecía hoy.

Lo que comiste, lo que hiciste y lo que te hicieron, eso que viste, un olor que resurge una vez cada tres o cuatro años y lo invoca todo, el rayo de sol en la imagen a contraluz. La sombra, el mismo contraluz. El beso, el abrazo, lo que habías planeado y no pasó y derivó en algo inesperado. La plenitud tras la frustración y la frustración que sabías que vendría, pero no en ese día. La conversación, los grandes temas, aquello que compartisteis, eso que nunca le habías contado a nadie y decidiste contarlo ese día, o pensaste que mejor no, que seguirías sin decirlo y que no pasaría nada porque era perfecto igual.

Claro que fue un buen día, un día así no se duda de que fue bueno, es evidente por su intensidad o por su sutileza. Los hay, los días perfectos. Lo sabes porque lo viviste con tu madre en el museo, ese domingo ocioso, al mismo tiempo que fuiste con tu padre en tu coche, conducías tú, fuiste a un pueblo en la sierra a comer una carne gordísima en una cazuela de cerámica. Ese día estabas con tu hermana jugando a la consola y te ganó, te humilló tu hermano en la partida de Magic y eso te llevó a pensar en algunos asuntos de tu vida y en cómo acababas de darle a un amigo un gran consejo, que no seguiría pero que os hizo sentir cerca. Lo bueno de ese día fue el proceso, el compartir, el sentir que para ellos también sería un día memorable.

Lo bueno de ese día terminaron siendo las conclusiones. O lo mejor fue lo que pasó, que no hubo necesidad de reflexionar sobre ello. Estaba todo tan claro que lo sigue estando.

Había brisa y un sol puro y azul, o un sol de lluvia, doloroso y bello, una gama de verdes salvajes y cantares de aves o asfalto y cemento rebosantes de humanidad, tierra, tierra infinita. Fue en el interior de una estancia con aire acondicionado, ventiladores, chimenea. Fue al principio fuera y luego dentro.

Los demás, la gente en la calle, alrededor, todos se daban cuenta de tu sonrisa. No era exagerada ni excesiva, simplemente era auténtica. Tus ojos decían: «hoy es un buen día». En cada gesto tenías la seguridad de estar pasándolo de muerte y la torpeza de quien no puede controlarse porque está demasiado ocupado siendo feliz.

Tú solo, con ellos o solo, en la cama, eras consciente ya de lo perfecto que había sido. Veías venir que en adelante no habría muchos días así como no habían abundado antes, no los habría en absoluto en las siguientes tres semanas y sabías que no volvería a haber otro igual, pasara lo que pasara. Son la vida y lo demás es la espera, los tiempos muertos entre un buen día y otro.

Lo recordarás cuando seas viejo, si llegas a serlo. Como anciano todavía tendrás buenos días, aunque mucho más dispersos y muchas veces basados en la nostalgia, en ecos de olvidados días buenos. Un sonido, una comida, el tacto del sillón por debajo del apoyabrazos, la animada discusión a grandes voces con un antiguo compañero o la hermana de la madre de tus hijos o la hermana de tu esposo fallecido, un pelo del animal al que tanto quisiste y que murió hace años dejándote aún más solo, o más libre, qué día cuando lo sacaste de casa y pasó toda aquella historia, un pelo que había permanecido lejos de las limpiezas en el rincón de un armario, una foto un interruptor que no funciona una playa ahora vallada algo te traerá a la memoria aquel día tan agradable, ese día en el que el mundo pareció encajar contigo. No: tú encajaste en el mundo. Y otros te acompañaban y recuerdan ahora.

Quizá eres viejo y no recuerdas nada porque estás senil. Si tuvieras lucidez sabrías que el olvido es la peor tortura, pero estás idiotizado y no sabes de dónde te viene todo este dolor. El haber vivido esos días buenos, esos que todos tenemos dispersos a lo largo de nuestra vida, durante toda nuestra vida, hasta el final siempre y cuando se mantenga la memoria, el haberlos vivido y no recordarlos es la carencia de humanidad. La gran pérdida.

Todavía falta mucho para que eso llegue, si llega. Todavía te quedan un buen puñado de días buenos por vivir. Al menos un par al año aunque lo demás vaya mal. Días realmente buenos.

Dijo Rilke en el prólogo de Mitsou, historia de un gato, como si lo hubiera escrito para ti, para cuando puedas leer despacio: «Encontrar. Perder. ¿Acaso han reflexionado detenidamente acerca de qué es la pérdida? No es la simple negación de ese instante generoso que vino a colmar una espera que ni siquiera ustedes mismos sospechaban. Porque entre ese instante y la pérdida hay siempre lo que se llama –reconozco que con bastante torpeza– la posesión. Ahora bien, la pérdida, por muy cruel que sea, no puede nada contra la posesión, termina con ella, si quieren; la afirma; en el fondo, no es sino una segunda adquisición, ahora interior y de una intensidad distinta».

Perder un buen día significa que se ha vivido. Un día así es muy difícil de olvidar. Lo malo, lo peor tiende a borrarse de la memoria, al menos en sus detalles. Lo bueno, lo mejor es casi imposible no evocarlo de tanto en tanto. Especialmente en sus detalles. En la grandeza de lo pequeño, del día perfecto que pasa y no se repetirá.

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