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Un concierto

Un concierto

Esta noche hay concierto. Antes pasan algunas cosas.

La sala abre la puerta, pero todavía no hay nadie. Los del grupo están cenando noodles en el camerino.

Al poco, comienzan a llegar los solitarios. Son los que van solo por la música, o porque tienen una cita (primera, segunda, quinta, qué más da), o porque han quedado antes con su camella para que les pase porros, porque ella, la camella, se va a otro concierto, en la otra punta de la ciudad. Con otra gente, bastante diferente.

Caen los asistentes. En esferas o espirales de tres, cuatro, hasta seis personas. Rebotan y se tocan entre sí, caen hacia el fondo. También hay parejas. Mal lugar para una cita. O quizá el mejor, si la otra persona es la adecuada. Se recogen las entradas, se cortan los tickets con la mano. Muchos fuman, fuera y dentro, antes y después. Durante, incluso. No paran de fumar. Cosas del rock.

El tiempo pasa demasiado lento hasta que empieza la música. La de verdad, no la que ameniza la espera. Esas son las mejores canciones que has oído nunca en un pub o discoteca, pero no les prestas atención. Porque viene the real deal. Va a venir la verdad, no el sucedáneo. El organismo, no el aura. Músicos usando sus dedos y sus bocas, ¡delante de ti!, para ti. Por el dinero, por ellos, para los demás, para que los demás les vean, pero también para ti.

No se apagan las luces, esto no es un cine. Hay gritos. De los buenos. Hay mucho amor en los conciertos de música popular. Muchísimo. Más que en ningún otro sitio del mundo actual, si descontamos las guarderías (donde también hay mucha frustración, que solo se libera con violencia) y las raves y otras celebraciones en torno a música electrónica.

No todos, pero sí muchos son felices.

Hasta que empieza el concierto. A partir de ahí, la felicidad variará. En el tiempo: a través de la línea habrá decepción, alegría, tristeza, recuerdos, bajones y subidones, explosiones, indiferencia, felicidad; en cada uno: depende de los recuerdos, de las esperanzas, del grado de postureo y del de sinceridad, de si le están mirando o no, de lo que haya dormido o tomado, de su edad, del momento en el que está su vida, a corto, medio y (“y”, no “o”) largo plazo; en el grupo: si todavía les gusta lo que hacen o no, si acaban de formarse o están unidos (quieran o no, ya) desde hace mucho, si recurren a distintos tópicos de la música popular y los recorren, si para bien o para mal tienen empatía con el público. Son buenos. Esto no es un hecho ni una opinión, es otra variable a la que he escogido no poner interrogaciones ni otro recurso que sugiera pregunta o duda. Buenos como grupo y como personas. Varias variables dentro.

Digamos que funciona.

Entonces, en algún momento, incluso en todos, durante y también después del concierto, hay un éxtasis. Bacantes con tatuajes y botellas de cristal levantan los brazos y enseñan los dientes, no para amenazar sino como manifestaciones de amor. Algunos saltan, otros navegan la multitud, por arriba tumbados o entre ellos. Otros golpean y son golpeados, y disfrutan, y en la frontera invisible que rodea el pogo la audiencia también es feliz, por la conjunción de la música y la visión de los cuerpos agarrándose. Y no solo la visión: el contacto. Por fin, el contacto. En los conciertos, en este concierto. Otros refunfuñan, los ancianos de alma, son los muertos. Los muertos hablan. Si hay suerte, se van. Aunque siempre vuelven. Puede que no esa noche, pero otra. Se volverán a infiltrar entre la multitud creyéndose parte de ella, pero no lo son. Y muchos de ellos ni lo saben (sí lo sabe la multitud, que en un concierto es sabia).

El público está vivo y la banda se diviniza, el ritmo (siempre es el ritmo) y las notas altas (siempre son esas) y repetitivas (si no, nadie entendería nada y nadie podría disfrutar). ¡Y aquí van muchos símbolos de exclamación y descripciones de movimientos espásticos y toques y tocamientos, y gritos y voces en cuello, y oídos que pitan y tan, tan pocos asistentes arrepentidos!

Y el concierto termina.

No: el concierto sigue. Y después pasan más cosas. Termina este texto. Porque quiero escribir sobre la catarsis y la violencia y el sexo de un concierto de música, pero no puedo hacerlo. No quiero porque me siento inútil. Lo hizo Cortázar en «Las Ménades». Cuando pueda igualarlo o superarlo, o cuando tenga un día de extraordinaria confianza, por ejemplo justo después de haber sido devorado por un concierto, en una de esas volveré a escribir sobre un concierto. Siento la referencia, pero en los conciertos pienso en Cortázar.

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