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una cafetería coreana

Una cafetería coreana

Chois Coffee es una cafetería coreana, una franquicia popular en China. Los sitios importados de Corea se caracterizan porque sus dulces son aún más dulces, y porque en cada esquina acechan estrellas del K-pop o de los culebrones coreanos. Por ejemplo, en la maquinita que te dan para que pite cuando esté listo tu pedido, que tiene una pantalla con trailers y anuncios; no sé distinguir ambos. O en las dos o tres televisiones desperdigadas por el local con vídeos en loops de 5 minutos, o junto al baño en una forma un tanto mística y que no puedo describir. También hay un coreano guapo, elegante según sus cánones (cada vez más los míos), en una figura de cartón de tamaño natural con la que las adolescentes chinas se hacen selfies.

En la cafetería además hay coreanos guapos de verdad. Estos sitios son frecuentados por ellos y por mamás japonesas.

Los coreanos guapos suelen ser de dos tipos: chicas solas, chicas en grupo o parejas de novios. Todos llevan MacBooks, muchos acompañados por libros de texto de inglés o chino. Las chicas solas llevan camisetas blancas o grises muy largas que les tapan los pantalones, y se suelen acomodar en los asientos poniendo una pierna doblada sobre otra, o una flexionada con el pie apoyado en la silla mientras la otra toca el suelo con la punta. Son poses muy molonas y que les salen de forma natural. Los coreanos, más que los autárquicos japoneses, son el Reich de lo cool en Asia Oriental y es por buenas razones.

Cuando van en grupo, nunca más de tres, las coreanas jóvenes hacen lo mismo que cuando están solas. La diferencia es que usan más el móvil que el MacBook, quizá porque al estar en una situación potencialmente social tienen ganas de mantener conversaciones. Casi nunca entre ellas. Al menos no con la boca. La realidad de los grupos de amigas o compañeras coreanas suele ser la permutación y la variación de conjuntos. Empieza una sola, luego llega otra, u otras dos, nadie sabe si habían quedado o no pero se sientan adyacentes en la mesa larga de ocho plazas, la ocupan entera, a veces en las esquinas hay dos hombres coreanos o chinos de mediana edad con su móvil y palabras intermitentes, que las miran con tanto disimulo que solo yo me doy cuenta. Ellas puede que también, no dirán nada. Luego una o dos se van, o las tres, y al final vuelve una de ellas y pasa a formar parte de la categoría de coreanas solas. En ese caso, sucede que se reencuentra con alguna vieja amiga o amigo que está de paso, hacia dentro o hacia fuera. Pero se sientan en puntos diferentes de la cafetería coreana.

Las parejas no siempre vienen juntas. Es frecuente que el ciclo empiece, una vez más, con una chica coreana sola y, tiempo después, aparezca su novio con pantalones cortos deportivos o elegantes, o rizando el rizo de vestir chándal con clase. Él sufre por no haber podido invitarla al café que ya se terminó, así que pide con su bebida una ensalada o una tarta o unos gofres. La chica no los come porque engordan, pero agradece en silencio el gesto. Tienen unos diecisiete años y aparentan veinticinco, por sus ropas y posturas; o tienen unos veinticuatro y aparentan dieciocho. Aunque no se miran demasiado, las parejas hablan más entre sí que las amigas. Hasta que se cansan y se hunden en sus móviles o sus MacBooks, o sus libros inundados de rosa y amarillo chillón. Apenas se tocan, si bien hay algunas manos furtivas que agarran brazos o rozan muslos, tan discretas como los hombres de mediana edad que observan (no solo miran) las piernas.

En cuanto a las japonesas, suelen acudir en bandadas de tres o cuatro, con un ratio mínimo de 0,5 niños por mujer. Sus maridos están trabajando, ganando mucho dinero, y ellas recogen al crío (casi siempre es chico) del autobús de la guardería internacional y se unen aquí, o en otra cafetería coreana más grande, más cerca de su casa. Comen y beben, y lo más sorprendente es que hablan mucho. Apenas atienden a sus móviles. Les gusta hablar. Se nota. Quizá los niños las mantienen más pegadas al mundo físico.

Una última categoría es la de los extranjeros. La mayoría son mujeres, de entre veinte y treinta y cinco años, con aspecto y acciones de estudiantes de chino. A veces solo leen o hacen cosas con su MacBook. Yo me encuentro en esta categoría, aunque tengo un Lenovo, si bien sospecho que muchos creen que es de Apple porque copia los colores, pero es más barato. Somos pocos sin Apple. Outsider forever. Los chicos solos no son parroquianos de este tipo de cafeterías; si acaso, de los Starbucks, donde no hay muchas coreanas y ninguna japonesa. En el Chois Coffee de mi barrio sí hay no obstante hombres extranjeros, indios o pakistaníes o turcos que viven por aquí. En grupos de dos o tres. No hablan entre sí y tienen muchos papeles, se comportan igual que sus homólogos chinos (también observando las piernas de las jovencitas). Se avistan a menudo viajeros, parejas de cincuenta hacia arriba, o duetos o ternas de hombres bien vestidos, con maletas y sudores. Conversan relajados y se van en cuanto terminan su café, a ganar dinero para el próximo. Con sus salarios tardan aproximadamente diez minutos en recuperar la inversión y ahorrar la siguiente. Los cafés en China son caros, y mediocres.

Suenan éxitos coreanos, ligeros y a bajo volumen. Se escucha el tráfico al otro lado de la puerta. Ahora son las ocho de la tarde y la música se ha apagado. Chaplin se mueve en una pared, una pantalla que no había visto nunca pese a que vengo una o dos veces por semana. En el local ya solo los seis trabajadores, un grupo mixto de tres coreanos, una extranjera con un libro y yo. Pero como si estuviera solo.

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