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Vueltas

De noche damos vueltas por el camino de cemento que rodea el estadio abandonado. Desde los bordes de la calzada nos amenazan jardines asilvestrados, rebosantes de vida por las lluvias que caen casi a diario; tres bocas de metro cegadas, aunque los hemos visto salir por ellas a través de alguna abertura que se nos escapa; rampas de aparcamiento inundadas, infestadas de ratas y con los cuerpos de los más débiles de entre los nuestros flotando hinchados.

Hay un muro que aísla el recinto. Las grandes avenidas quedan al otro lado.

No dejamos de agradecer la luz inercial de las fachadas de los titanes, porque mantiene a raya la oscuridad que sigue al ocaso y nos otorga una fantasía de seguridad. Las secuencias de iluminación nocturna de los rascacielos, que cerdos ya muertos dejaron activadas, nos permiten mejorar nuestra capacidad de reacción cuando vienen, si es que vienen antes de las once.

La más alta de las construcciones, el Orgullo del Pueblo, presume aún de un flamante sinograma, caligrafiado con basalto como una grulla estilizada a lo largo de más de doscientos cincuenta metros de ventanales. Dice: “vida larga”.

Se escuchan, a distancia, chasquidos de los látigos hechos con eslabones de hierro. Seguirán restallando hasta la aurora. A veces suenan cerca y es entonces cuando empezamos a correr.

·

Son las once en punto. Los rascacielos se apagan en este momento, como hacían antes, como indica su programación eterna. Es lo único que no ha cambiado. En las noches sin nubes se revela la luz del firmamento, pero solo los más delirantes del grupo se despistan para maravillarse ante los destellos de las estrellas sobre la piel propia.

Siempre empieza con éxitos de cantopop seguidos de algunos consejos genéricos de seguridad. “Estén atentos”, dice una grabación en perfecto mandarín y esforzado inglés. “Vigilen sus pertenencias”, añade. Y después la voz recuerda su nombre, el del centro comercial del que fue robado el audio.

Más canciones y, de pronto, bajo las melodías, todos los sonidos se concentran en un lugar. Los motores apuntan hacia nosotros. Los látigos avanzan. Cerdos.

Los haces de los focos rebasan el último punto ciego del radio del camino y podemos verlos. Sopla un viento que nos trae su hedor a basura y humedad y las hojas de las palmeras proyectan sombras, agitadas por los requiebros de las nerviosas luces que portan como estandartes.

Y ya llegan.

El espacio se llena de gritos, tanto suyos como nuestros. Tropiezos, choques y golpes se suceden, nos atropellamos sin diferenciar entre amigo o enemigo.

No hay dónde esconderse. Es ínfima la ventaja que nos da el continuo caminar en grupo alrededor del estadio. Pero debemos seguir. Todos recordamos lo que pasó durante aquellas terribles dos horas en las que decidimos detenernos. No volverá a ocurrir.

Veo a una mujer que se acerca a las taquillas porque los vehículos la acorralan y no le han dejado otra opción; mira atrás con desesperación. Cuando solo te queda un único camino es cuando sabes (cuando los demás sabemos) que estás perdido. Que ya te tienen. También lo saben ellos, y lo saben mejor que nosotros y por eso restallan mucho más veloces los látigos, con fervor, con hambre, raspan el suelo como restregando clavos por él. La persona atrapada acepta su fin tras las primeras sangres.

La cogen. La colocan arriba, junto a los focos. Deben de desprender tanto calor. La mujer ahora tendrá el cuerpo caliente, casi ardiendo. Se marchan con ella bien asentada en la hornacina y se relajan. Suben el volumen de los altavoces y aún los escucharemos hasta que salga el sol. En cuanto se van, arranca de nuevo la fase del duelo desgarrado. Nunca conseguimos reprimirnos.

Una vieja llora y le explica al rascacielos que la que se han llevado era su madre. Le cuenta al infinito ventanal vertical que no espera su misericordia y que depende de ella misma salvarla, que puede rescatarla si quiere y que podría empezar a perseguirlos y de hecho lo hace, no soporta la pena, se lanza en la dirección por la que se fueron y la sujetamos entre varios. Todo ha sucedido ya en otras ocasiones. Se tira al asfalto, patalea, levanta los puños, me golpea. Pero debo resistir. Debemos resistir juntos. La mujer también lo entiende, aunque su comprensión no implica su silencio. Volvemos a andar.

·

Llega la mañana y con ella el sueño. Me tumbo con los demás en uno de los dos tramos largos de la elipse. Logramos descansar pese a estar a horas o, con suerte, semanas de distancia de una muerte segura.

Dormimos en tandas de unos cuarenta minutos, entre cinco y diez por jornada. Nos situamos en mitad de la calzada, en el punto exactamente más alejado de los arbustos de ambos lados. Apenas vienen de día, pero ocurre y en esos casos saltan de repente desde el verde. Por eso siempre debe haber alguien vigilando: mientras un grupo se recuesta sobre el cemento helado, otros permanecen atentos a cualquier anomalía. Los que están de guardia forman en corro alrededor de los durmientes, como si estos fueran un tótem. Como si los que sueñan, aquellos lejos de la realidad, fueran la única esperanza, chamanes que podrían volver del sueño con una revelación capaz de salvarnos a todos.

En la carretera hay restos de carbón de rudimentarios hogares, tan negros como los restos de los charcos donde cayeron botellas de fuego. Un claro de arena hace el papel de baño público. La capa orgánica de heces y orina del suelo no suele acumularse, sino que es borrada por las lluvias. Pero llueve menos en invierno y últimamente hiede. Y, aunque no sudamos, nuestros cuerpos sucios aportan al desagradable ambiente. El viento es frío y firme y esparce la peste.

Mi turno de arrastrar uno de los carros de provisiones no llegará hasta dentro de tres días. Siguen llenos de comida en lata, bolsas de aperitivos y dulces; pero cada vez pesan menos. Claro que también nosotros somos menos.

La cisterna del camión desvencijado está a media capacidad. En su momento decidimos que tocamos a rellenar una botella diaria. Hay además desperdigados recipientes para recoger la lluvia que pueda caer del cielo. Las tormentas son más impredecibles que antes; es una de las secuelas de lo que pasó. El aire de la ciudad, sin embargo, parece más puro ahora.

Se acaba mi guardia y vuelvo a descansar. Hoy he tenido un calambre, son más y más frecuentes. En los gemelos, en el estómago. A veces sufro de jaquecas. Disminuyen las eyaculaciones en sueños. Me duermo acunado por los cánticos de los que continúan dando vueltas. Quizá sea yo el que una tarde cualquiera tenga la visión.

Despierto por enésima vez. La luz natural de otra jornada idéntica se apaga. Espero llegar a ver el siguiente amanecer.

Suele haber momentos de duda cuando se encienden las fachadas de los rascacielos. Nos miramos: ¿de verdad son tan superiores? De nuevo la luna llena. La admiro. Y a oscuras se repiten los focos, los látigos, las grabaciones de una megafonía que suena desde un pasado irrecuperable. Un pasado cercano y que también es el nuestro.

Esta noche se llevan al último que vino. Apenas se nos suma gente nueva ya y, además, tampoco traen ninguna información.

No sabemos qué hacen con los que secuestran, pero algunos parecen muertos antes de que los perdamos de vista. No sabemos qué somos nosotros para ellos, pero es evidente lo que ellos son para nosotros.

·

¿Cuándo me tocará? Todo se reduce a eso.

Pienso en mi final, o acaso solo sea mi partida. Pienso en cómo sería (será) ir arriba de su vehículo, encadenado y molido a palos, chorreante de cortes que reflejaran en rojo la luz lunar. Lo pienso mientras los veo alejarse con el que se llevan hoy. A veces casi deseo ser yo el arrebatado al cemento, porque odio este sucedáneo de existencia. Podría tal vez alcanzar el éxtasis en esos minutos a dos metros por encima del motor, con la certeza del dolor y de que ya está, ya ha llegado mi momento, beber las corrientes heladas y desplazarme sin esfuerzo, sin tener que caminar, por la elipse y más allá. Arriba, descansando al fin.

Pero aún mejor sería salir de aquí por mí mismo.

Escapar.

Hay un edificio.

Correr hacia ese edificio.

En cada vuelta me fijo en él, desde hace tiempo.

Entrar en ese edificio, ese que miro con creciente intensidad con el paso de los días, situado dentro del recinto en uno de los giros, en la cara exterior de la calzada. Quizá lanzarme contra la puerta esperando que ceda ante mi ahora exiguo peso y confiando en que exista una salida en el lado opuesto y pueda verla con rapidez, antes de que ellos me atrapen y aguantar hasta encontrar un lugar al que no vayan ellos. Salir a lo que quede. A lo que haya surgido.

·

Y ya es mañana y estoy preparado para escapar.

Vienen antes del atardecer y roban al penúltimo de los niños. Aprovecho el desconcierto y corro, no lejos de ellos sino hacia ellos porque unos metros detrás de sus látigos feroces está la puerta. Paso a su lado, uno se da cuenta y me arroja su propio cuerpo, pero lo esquivo. Me llevo un corte en el muslo que me hace con un cortaplumas cuando cae, oigo un ruido: oigo cómo revienta su nariz al impactar con un pilón.

De reojo veo mi bota ensangrentada. Veo también la entrada, muy cerca, casi la toco y, en mi urgencia, dejo de correr y doy un salto, me estiro en el aire, he calculado mal, choco contra el vano metálico de la puerta y duele. Enseguida reacciono y mi mano alcanza la manilla y resbala pero la consigue bajar aunque no se abre, no se abre. No se abre. ¡No se abre!

Mientras dos colocan al niño sobre el vehículo, los demás se abalanzan sobre mí. Recibo un latigazo en el cuello en el preciso instante en el que por fin el truco para abrir irrumpo cierro. Fuera golpean, gritos no sé de quién pero son inútiles porque no pueden, después de mí nadie puede entrar.

·

Estoy dentro. Mareado, herido. Solo. Pero ya no camino.

Se filtra algo de luz por una ventanita al otro lado del vestíbulo, a varios metros de altura y protegida por barrotes. No hay más salidas: estoy atrapado. Ellos, incapaces de entrar, van a esperarme.

Puñetazos constantes hacen temblar el portón metálico. Sus manos se romperán pero seguirán estrellándolas contra el edificio, como si la fachada fuera mi cara.

Dentro apesta. ¿Acaso viven aquí? Quizá era un almacén y hay comida podrida. Escucho todavía el escándalo del caos del exterior. Mis ojos se acostumbran y descubren en la parte oscura unas escaleras que suben. Las abordo con calma y poco a poco va desapareciendo el ruido. También la luz.

Estoy arriba. Es una sala iluminada, afortunadamente. Aquí había una oficina. Entro, dispuesto a hacerme fuerte.

Estoy aún tapándome boca y nariz por el mal olor y tratando de ubicar cada objeto de la estancia para poder moverme por ella cuando algo, será la puerta de abajo, es derribado y su impacto retumba. Oigo cómo ellos desechan los escalones bajo la furia de sus botas. Me doy prisa, las llaves colgaban de la cerradura y solo he tenido que girarlas. Empujo escritorios y ficheros para bloquear el acceso por completo. Resulta tan sencillo aislarme.

Aúllan en el pasillo. Siento su odio como una presencia física. Intentan tirar la pared, pero la construcción es sólida. ¿O es que son más débiles de lo que su espectáculo nos había hecho creer?

Después nada. Silencio. Se marchan; deben de haberse marchado. Saben que no podré salir. Turnos de vigilancia serán suficientes para cazarme si se me ocurre intentar huir de nuevo o, al contrario, para no dejar que me escape y así matarme de sed o hambre. No hay víveres en la oficina. Quizá estén pensando en un plan para entrar por el techo.

Pienso en muchas cosas, pero no puedo hacer nada.

·

Pasa un día y no han entrado.

Pasan más días. La herida en mi pierna palpita. Me pica la rasgadura marcada por el látigo en mi cuello.

No es posible abrir una vía por las ventanas enrejadas, pero tampoco me serviría porque, aunque este edificio es minúsculo en comparación con los rascacielos que lo escoltan, es seguro que moriría si cayera desde esta altura.

Por las noches, antes de las once, las paredes acogen la luz roja del Orgullo del Pueblo.

Apostado aquí arriba los observo. Nos veo durmiendo aterrados o cuando damos vueltas. A veces despacio y a veces, cuando resuenan los latigazos, más rápido. Uno menos y otro menos y otro y no vienen nuevos. ¿Quedará alguien además de nosotros y ellos?

·

Mis labios se secan, los calambres intestinales se agudizan y no me dejan descansar.

De día sueño con la luz roja. ¿O acaso la estoy viendo de verdad? ¿Está aquí, conmigo?

En las horas muertas vuelvo a caminar para centrarme en el dolor del muslo y olvidarme del resto. Voy a la ventana más grande y después hacia la esquina a su izquierda, sigo andando hasta llegar al vértice opuesto de la habitación, paso por delante de la puerta cerrada, será imposible de abrir, pienso cada vez, también la habrán bloqueado desde fuera, recorro las otras dos esquinas y de nuevo estoy ante el cristal, mirando a los que circundan el estadio. No me detengo. A veces despacio y a veces, sin motivo, camino más rápido por la sala y termino antes las vueltas.

Los hombres dan otro paso